En un mundo donde hombres lobo, vampiros y humanos conviven bajo una alianza sagrada, Lyra creció sin saber quién era realmente. Criada entre humanos, ella es mucho más especial de lo que imagina: es una híbrida, la mezcla perfecta entre la fuerza del lobo y la magia del vampiro, dotada de poderes únicos: puede leer la mente, ver el futuro y controlar las emociones, tal como lo anunció una antigua profecía.
Todo cambia el día que conoce al Alfa Cael, el líder más poderoso de todos los lobos. Desde el primer instante, el destino los une: ella es su pareja predestinada, su otra mitad, el amor que esperó toda su vida. Pero no todo es paz. Existen clanes oscuros de vampiros y lobos malvados que odian la alianza y quieren apoderarse del inmenso poder de Lyra para dominar todo el mundo.
Ahora, juntos deberán enfrentar traiciones, peligros y guerras, mientras viven un amor épico, intenso e irrompible que nada podrá romper. ¿Podrán proteger su amor y su destino, o la oscuridad logrará separa
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Promesa eterna
Pasaron ya muchos días desde que volvieron al reino, y todo seguía siendo alegría, paz y luz en cada rincón. La noticia de lo que habían hecho Vlad, Elara y los guerreros había llegado a todos lados, y la gente vivía tranquila, feliz, sin miedo, sabiendo que el peligro se había ido para siempre. Las calles estaban llenas de risas, los campos llenos de cosechas hermosas, el cielo siempre estaba claro y brillante, y se sentía en el aire una energía buena, dulce, como si la magia de la Piedra del Infinito estuviera ahí, cuidando todo, protegiendo a todos.
Vlad caminaba ahora por los jardines del palacio, despacio, disfrutando del sol, del aire fresco, de la paz que se respiraba en todas partes. Ya no llevaba la armadura pesada que usaba en el viaje, ni la espada lista para pelear; vestía ropas suaves, cómodas, y caminaba tranquilo, con una sonrisa siempre en la cara. Había cambiado mucho desde que empezó esta aventura: ya no era solo un guerrero valiente, ahora era también un hombre sabio, bueno, que entendía lo que de verdad importaba en la vida, que sabía que la fuerza más grande no está en las armas, sino en el corazón, en el amor, en estar unidos a los demás.
Mientras caminaba, vio a lo lejos a Elara, parada cerca de un árbol muy grande y hermoso, que estaba lleno de flores blancas que brillaban suavemente al sol. Ella estaba ahí parada, muy erguida, muy tranquila, mirando hacia el horizonte, hacia donde se veía a lo lejos la Montaña Olvidada, que ahora ya no parecía oscura ni mala, sino grande, noble, cubierta de luz, como un guardián que ya había cumplido su misión y descansaba orgulloso.
Vlad se acercó despacio, sin hacer ruido, y cuando ella se dio vuelta para mirarlo, vio que tenía una sonrisa muy dulce, muy serena, como si ya supiera que él iba a venir, como si siempre supiera todo lo que iba a pasar.
—Hola, hijo mío —le dijo ella con voz suave, llena de amor—. Te estaba esperando. Sabía que vendrías a buscarme hoy.
Vlad se inclinó con mucho respeto, le tomó las manos entre las suyas, y le respondió con cariño:
—Siempre vengo a buscarte, Elara. Siempre me gusta estar con vos, escucharte, aprender de vos. Sos la madre que el destino me dio, la maestra que me enseñó todo lo bueno, la amiga que siempre está ahí. ¿Cómo te sentís hoy? ¿Estás bien?
Ella asintió despacio, y sus ojos brillaron con una luz hermosa, más brillante de lo normal, más fuerte, más pura.
—Estoy muy bien, Vlad —le dijo ella—. Más feliz y más tranquila que nunca en toda mi larga vida. Porque ya cumplí todo lo que tenía que hacer. Ya hice lo que tenía que hacer en este mundo. Ya te enseñé todo lo que tenía que enseñarte. Ya vi con mis propios ojos que la luz volvió, que la paz volvió, que el mal se fue para siempre. Ya vi que hay gente buena, valiente y leal, que va a cuidar todo esto mucho mejor de lo que yo lo hice jamás. Ya no me queda nada más por hacer acá… nada más que darte las gracias, y decirte adiós.
Vlad sintió que se le apretaba el corazón, que se le llenaban los ojos de lágrimas, y le apretó las manos con más fuerza, como si quisiera retenerla, como si quisiera decirle que no se vaya nunca.
—¿Adiós? —le preguntó él, con la voz entrecortada—. ¿Cómo decís adiós, Elara? ¿A dónde te vas? ¿Te tenés que ir? ¿No te podés quedar con nosotros para siempre? Te necesitamos, te queremos, sos parte de nuestra familia, de nuestra historia, de nuestro corazón. ¿Cómo vamos a estar sin vos?
Ella le acarició la cara con su mano suave y cálida, y le habló con mucha calma, con mucha dulzura, para que él entendiera, para que no sufriera.
—No te pongas triste, mi niño —le dijo ella—. No es un adiós para siempre, ni es irme lejos de verdad. Solo es que mi tiempo acá se terminó, que ya cumplí mi ciclo, que ya hice todo lo que tenía que hacer. Pero no me voy a ir lejos, no voy a desaparecer, no voy a dejarte solo nunca. Porque ahora soy parte de la luz, soy parte de la paz, soy parte de todo lo bueno que hay en este reino, en esta tierra, en cada uno de ustedes. Voy a estar en el sol que te calienta, en el viento que te acaricia, en las flores que te alegran, en la luz que brilla en tu corazón y en el corazón de todos los que son buenos. Siempre voy a estar con vos, siempre voy a cuidarte, siempre voy a estar ahí, escuchándote, acompañándote, ayudándote cuando me necesites. Nunca me vas a perder, porque lo que nos unió, lo que aprendimos juntos, lo que sentimos… eso es eterno, eso nunca se termina, eso nunca se va.
Vlad escuchaba, y aunque le dolía el alma porque sabía que no la iba a ver más con sus ojos, entendía en el fondo de su corazón que lo que ella decía era verdad, que su esencia, su amor, su sabiduría iban a estar siempre ahí, con ellos.
—Y ahora —siguió diciendo ella, mirándolo a los ojos muy fijo, muy seria, pero muy llena de amor—, ahora te toca a vos, mi querido hijo. Ahora te toca a vos ser lo que yo fui. Ahora te toca a vos cuidar todo esto, enseñar todo esto, transmitir todo esto. Ahora vos sos el guardián, ahora vos sos el que tiene que recordar, el que tiene que guiar, el que tiene que cuidar que nunca se pierda lo que aprendimos, lo que logramos, lo que prometimos.
Le apretó las manos con fuerza, como si le pasara todo lo que tenía, todo lo que sabía, todo su poder y su amor, directo al corazón.
—Recordá siempre lo que te enseñé: que el amor es lo más fuerte, que la verdad nunca falla, que estar unidos es lo que nos hace invencibles. Nunca te olvides de lo que pasó en la Montaña Olvidada, nunca te olvides de las pruebas que pasaron, nunca te olvides de lo que sintieron cuando ganaron, cuando vieron la luz volver. Eso es lo que te va a guiar siempre, eso es lo que te va a dar fuerza cuando la necesites, eso es lo que te va a hacer siempre bueno y justo. Prometeme que nunca te vas a olvidar. Prometeme que lo vas a enseñar a todos, a tus amigos, a tu gente, a tus hijos, a los hijos de tus hijos, para que pase de generación en generación, para que la luz nunca, nunca se apague.
Vlad tenía las lágrimas corriendo por su cara, pero ahora eran lágrimas de amor, de gratitud, de orgullo. Se inclinó más, y le respondió con voz firme, segura, como la promesa más grande de su vida:
—Te lo prometo, Elara. Te lo prometo por todo lo que soy, por todo lo que fuimos, por todo lo que amamos. Nunca me voy a olvidar. Siempre voy a llevar todo esto en el corazón. Siempre voy a cuidarlo, siempre voy a enseñarlo, siempre voy a defenderlo. Y voy a hacer que todos lo sepan, que todos lo recuerden, que todos vivan así, unidos, con amor, con verdad, tal como vos nos enseñaste. Tu vida, tu historia, tu sabiduría… van a vivir para siempre en nosotros, y a través de nosotros, van a vivir en todo el mundo. Nunca te vamos a dejar ir, porque sos parte de nosotros, sos parte de nuestra luz.
Ella sonrió entonces, la sonrisa más hermosa, más brillante, más feliz que él le había visto jamás. Y de golpe, su cuerpo empezó a brillar, despacio, suavemente, con una luz blanca, dorada, pura, que salía de adentro de ella, que crecía y crecía, llenando todo el jardín, todo el palacio, todo lo que se veía. No daba miedo, al contrario: daba paz, daba amor, daba alegría.
—Gracias, mi hijo —dijo ella, y su voz ya no sonaba como antes, sino como el viento, como el agua, como el canto de los pájaros, como todo lo bueno del mundo—. Gracias por todo. Ahora sí… ahora puedo irme tranquila, feliz, sabiendo que todo está bien, que todo va a estar bien para siempre.
Y poco a poco, muy despacio, se fue haciendo más luz, más suave, más etérea, hasta que se transformó completamente en luz pura, en una brilla hermosa que subió despacio hacia el cielo, muy alto, muy lejos, hasta que se mezcló con el sol, con las nubes, con todo lo hermoso que hay arriba. Y ya no estaba ahí como persona… pero se sentía más presente que nunca, en cada cosa, en cada rincón, en cada corazón.
Vlad se quedó parado ahí un buen rato, mirando hacia arriba, con la mano en el pecho, sintiendo todo ese amor, toda esa paz, toda esa luz que ahora vivía en él, en todos, en todo el lugar. No estaba triste, al contrario: sentía un orgullo inmenso, una gratitud infinita, una fuerza nueva que le llenaba todo el cuerpo.
Al rato, escuchó pasos detrás de él. Se dio vuelta, y vio que venían todos: la Reina Lyra, los diez guerreros, mucha gente buena, todos caminando despacio, con respeto, con amor, sabiendo lo que había pasado, sintiendo lo mismo que él sentía.
La Reina se acercó, le puso la mano en el hombro, y le dijo suavemente:
—Lo sentimos, Vlad. Todos lo sentimos. Pero sabemos que no se fue, que sigue acá, con nosotros, más viva que nunca. Y sabemos que nos dejó lo más grande de todos los regalos: su sabiduría, su amor, su ejemplo.
Vlad asintió, se secó las lágrimas, y miró a todos, uno por uno, con una sonrisa serena y fuerte.
—Sí, mi Reina —respondió él—. Ella sigue acá. Y siempre va a estar. Y ahora nos toca a nosotros, tal como ella nos pidió. Ahora nos toca a nosotros ser los guardianes de la luz, los guardianes de la paz, los guardianes de todo lo bueno que aprendimos. Y lo vamos a hacer, lo prometo. Lo vamos a hacer juntos, tal como siempre lo hicimos.
Pasaron los años, pasaron los siglos… y la historia de Vlad, de Elara, de los guerreros, de la Piedra del Infinito, se siguió contando, se siguió cantando, se siguió enseñando a todos los niños, en todas las escuelas, en todas las plazas. Nunca se olvidó. Y el reino siguió viviendo en paz, en luz, en amor, tal como lo habían prometido.
Y dicen que, en las noches más claras, cuando la luna brilla fuerte y hermosa, se puede ver una luz suave, dorada, que baja del cielo y toca la Montaña Olvidada, y que esa luz es Elara, que sigue cuidando, siguiendo acompañando, sigue amando, tal como lo hizo siempre.
Y así, la luz nunca se apagó. La promesa nunca se rompió. Y el amor, la verdad y la unión… siguieron siendo, por siempre, las fuerzas más grandes y hermosas que existen en el mundo.