En la ciudad de las sombras de neón, el valor de una persona se mide por su capacidad de someter o su utilidad para ser sometida. Para Fah, la balanza siempre se había inclinado hacia lo segundo. Con su silueta andrógina, sus hombros rectos y ese corte wolf cut que le otorgaba una fortaleza visual que su corazón se negaba a sostener, Fah se había convertido en el accesorio perfecto para la crueldad. En los pasillos de la escuela, ella no era una joven con sueños; era un escudo, un cargador de bolsos caros, una billetera abierta y una dignidad pisoteada por quienes confundían su nobleza con debilidad.
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El precio de la Nobleza
El sol de la tarde se filtraba por las ventanas del instituto, pero para Fah, el día carecía de luz. Ella siempre había sido la primera en ofrecer ayuda; era la que explicaba los ejercicios de matemáticas a quien no entendía y la que rescataba gatos abandonados en el patio trasero. Sin embargo, su buen corazón era su mayor debilidad en un entorno de tiburones.
En los pasillos, el grupo de Mina, la chica más popular, la interceptó. Fah, con su complexión atlética y su característico wolf cut, proyectaba una imagen de fortaleza que las chicas explotaban para su propia estética.
—Fah, cariño, mira mis botas —dijo Mina, señalando un calzado de diseñador manchado con un poco de lodo—. Me da asco caminar así. Límpiame.
Fah apretó los puños. Sabía que si se negaba, vendrían los empujones o el vacío social. Se arrodilló lentamente. Mientras limpiaba el cuero caro con su propio pañuelo, escuchaba las risas de las demás.
—Es tan útil tener a alguien que parezca un chico pero que sea tan dócil —susurró una de las seguidoras—. Mañana sale el nuevo bolso de edición limitada. Ya sabes qué hacer, Fah. Si no lo compras, recordaremos a todos en la escuela por qué nadie quiere ser tu amiga de verdad.
Fah entregó los últimos ahorros que tenía para su almuerzo. Se quedó ahí, de pie, viendo cómo se alejaban. Su bondad se sentía como una cadena pesada que solo servía para que otros la arrastraran.
Horas más tarde, el sonido de las olas chocando contra los pilares del puente era lo único que Fah podía soportar. Ya no quería ser el "accesorio" de nadie. No quería que su apariencia fuera una herramienta de estatus para personas que la despreciaban.
Se subió a la barandilla fría. El viento marino despeinaba su cabello corto. Justo cuando sus pies perdían contacto con el metal, el aire se llenó de un estruendo metálico: ¡Bang! ¡Bang!
A unos metros, en la zona baja del muelle, una persecución de autos negros terminaba en una lluvia de fuego. Fah cerró los ojos. Aquellos disparos eran el réquiem perfecto para su final. Se lanzó al vacío, esperando el impacto frío del agua.
El encuentro con la oscuridad
Pero el agua nunca llegó.
Un brazo envuelto en tela negra y táctica la rodeó por la cintura con la fuerza de un depredador. El tirón fue tan violento que Fah sintió un crujido en sus costillas. Fue lanzada de regreso al pavimento del puente, rebotando contra el asfalto.
—¡Maldita sea, quédate en el suelo! —gruñó una voz femenina, profunda y cargada de una autoridad gélida.
Fah sollozó de dolor, intentando respirar. A través de su vista nublada por las lágrimas, vio a una mujer cuya presencia borraba todo lo demás. Estaba vestida de negro de pies a cabeza, con una funda de arma en el muslo y los nudillos manchados de algo que no era pintura. Era Dará.
Dará ni siquiera la miró con lástima; la sujetó del mentón con guantes de cuero, obligándola a sostenerle la mirada un segundo antes de que Fah perdiera el conocimiento por el choque emocional y el impacto.
—No te salvé para que te mueras ahora —fue lo último que escuchó Fah antes de que todo se volviera negro.