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Notas Y Colores Del Destino

Notas Y Colores Del Destino

Status: Terminada
Genre:Reencarnación / Romance / BL / Completas
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Annyaeliza

Dos genios.
Una rivalidad que duele.
Un amor que se repite en cada vida.
Cuando él gana, yo recuerdo.
Cuando yo brillo, él tiembla.
Esta vez… ¿podremos elegirnos antes de volver a perdernos?

NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2: Lo que el alma recuerda

El boceto parecía latir entre ellos.

Ren no supo en qué momento pensó eso. El papel estaba quieto sobre la mesa: tinta seca, líneas firmes. Nada se movía. Y aun así no podía apartar la mirada. Era como si algo en ese dibujo estuviera a punto de romperse —o de romperlo a él.

Una presión incómoda le apretó el pecho. Desvió la vista y se pasó la mano por el cabello. —Esto no tiene sentido. —Su voz salió más brusca de lo que pretendía—. Nunca he dibujado algo así.

El silencio se estiró. Ren bajó la mirada un segundo y dudó. —Y… aun así… siento que lo perdí.

No dijo qué. No lo sabía. No era un “algo”. Era alguien.

Aiden seguía arrodillado frente a la mesa. Sus dedos permanecían cerca del borde del papel, tensos, como si al retirarlos el dibujo fuera a desvanecerse. No lo tocaba. Pero lo sentía suyo. El salón había cambiado: no más oscuro, no más frío; solo distinto, como si algo más estuviese presente. La luz del atardecer se filtraba en diagonal. El piano, en el rincón, parecía más grande, como si estuviera escuchando.

—Cuando estaba tocando… —dijo Aiden sin mirarlo— sentí que no estaba solo.

Ren levantó la vista lentamente. —Yo también. —Dudó—. Cuando dibujaba… era como si alguien guiara mi mano.

El silencio volvió, incómodo. —No estaba pensando en nada —añadió Ren—. Simplemente… pasó.

Aiden se puso de pie despacio. El peso en la sala no era físico. —Quizá es sugestión —propuso—. Estábamos cansados.

Ren soltó una risa corta, sin humor. —No me mires así si vas a decir eso.

Aiden lo miró directo. —¿Así cómo?

—Como si supieras que estás mintiendo.

El aire se volvió denso. Ren, con voz baja: —Cuando me miraste… sentí que me iba a poner a llorar.

Aiden parpadeó. —¿Por qué?

—No sé —respondió Ren—. Ese es el problema. No pasó nada… y aun así… sentí que te conocía.

Aiden tragó saliva. —A mí me pasa algo parecido. Desde hace años sueño y siempre despierto con la sensación de haber perdido a alguien. Alguien importante.

—Yo también sueño —dijo Ren—. Con un piano… con una melodía que nunca termina. Y con alguien a mi lado… sé que está ahí, pero nunca logro verlo.

Aiden sintió un escalofrío. —Yo sueño con pintura en las manos. Azul. Siempre azul.

Se miraron. No era un dramatismo forzado; era algo real y persistente.

—Esto suena mal —murmuró Ren—. Como si estuviéramos inventando cosas.

—Sí —admitió Aiden—. Pero no se siente inventado.

Una ráfaga de viento entró por la ventana. El boceto se levantó apenas; Aiden lo sostuvo antes de que cayera, demasiado rápido, demasiado instintivo. —No digamos nada —propuso—. ¿A nadie?

—A nadie. —Ren asintió—. Se reirían. O pensarían que exageramos.

Aiden cubrió el dibujo con un paño, como si eso pudiera contenerlo. —Sea lo que sea esto… no creo que sea buena idea seguir tirando del hilo.

—¿Por qué? —preguntó Ren.

—Porque tengo la sensación de que si lo hacemos, no vamos a poder deshacer lo que aparezca.

Ren guardó silencio. El malestar no desapareció. Esa noche Aiden no pudo dormir. Dio vueltas más de lo habitual; el boceto seguía en su mente, y la forma en que Ren lo había mirado también. Cuando por fin cerró los párpados, el sueño lo atrapó sin aviso.

Estaba en un salón amplio y antiguo. La luz entraba por ventanales altos. El piano estaba frente a él; sus manos tocaban y la melodía fluía sola. Alguien estaba ahí, cerca: un joven de cabello oscuro, con los dedos manchados de azul. Sonreía con una cercanía que dolía.

—Tocas cuando estás triste —dijo el joven—, pero es cuando más me gusta escucharte.

Aiden quiso responder. No pudo. El sueño avanzó sin control. El otro se acercó con una certeza devastadora: se amaban. Un ruido rompió todo. Algo se quebró. El salón se deshizo.

—No me olvides —dijo el joven, ahora con miedo.

Aiden intentó alcanzarlo, pero desapareció. Despertó de golpe; el corazón le latía con violencia. La habitación parecía demasiado real. Se pasó la mano por el rostro húmedo. —…Ren, —susurró el nombre y sonó extraño, peligroso—. ¿Quién eres… para mí?

El silencio no respondió. La sensación quedó, firme. Algo ya se había perdido antes. Y ahora… empezaba a regresar.

Mientras Aiden se incorporaba, un golpe seco sonó en la puerta del salón: único, preciso, como si alguien llamara desde otro tiempo.

Ren cerró los ojos un segundo, como si el sonido fuera un punto de sutura que intentaba recomponer la herida abierta entre ellos. —¿Quién a estas horas? —murmuró, más para sí que para Aiden.

Aiden fue a la puerta con pasos que no hizo ruido; la madera crujió apenas. Desde el umbral, la galería se veía distinta: los cuadros lanzaban sombras largas, y el viento que todavía jugaba con las cortinas traía un olor a trementina mezclado con algo que Aiden no supo nombrar —una memoria fermentada, dulce y amarga a la vez.

Abrió. En el rellano no había nadie. Solo una hoja doblada, clavada por una chincheta en el tablón de anuncios de madera: la nota era pequeña, con caligrafía apurada.

Ren se acercó, curioso y a la vez temblando, como si cada paso lo acercara a un borde invisible. Aiden descolgó la nota con dedos que no le parecían suyos y la leyó en voz baja.

“Si esta vez vuelves, no huyas. —M.”

El silencio se hizo una vez más hogar entre ellos. Las tres letras al final no ofrecían certezas, solo un eco. Milo. El nombre se filtró en la habitación como un gas helado. Ren recordó, de pronto, un rostro en un rincón del pasado: sonrisa afilada, sarcasmo como delación. Pero la nota no gritaba burla; tenía prisa, miedo y algo parecido a súplica.

—Milo —repitió Ren, sin saber por qué le ardía la garganta—. ¿Qué querrá decir con eso?

Aiden dobló la hoja lentamente, como quien maneja una llama. —Que alguien más sabe —dijo—. O lo supo alguna vez.

Ren puso la mano sobre el paño que cubría el boceto, notando la textura de la tela, la tibieza que aún conservaba. A su lado, Aiden respiró hondo. —Si hay algo que nos empuja a recordar, —murmuró—, tal vez no podemos enterrarlo para siempre.

Ren miró el piano en el rincón, sus teclas mudas bajo la luz que caía. Una idea, pequeña e incómoda, se plantó en su mente: tal vez la música y la pintura hubieran sido dos caras de la misma noche, un mismo acto que se repitió hasta romperse. Tal vez el “alguien” que ambos sentían era el mismo. Tal vez la pérdida no era únicamente de ellos, sino de un tercero que dejó una marca indeleble.

—¿Y si lo que recuerdo no fue solo algo bonito? —dijo Ren—. ¿Y si fue terrible?

Aiden cerró los ojos un segundo, como quien repasa una herida para saber cuánto duele. —Lo que veo en mis sueños no siempre es puro —admitió—. Hay fragmentos borrosos: risas, gritos apagados, manos que se niegan a soltar el pincel o la tecla. Pero hay una certeza: te vi. Y no quiero que eso sea solo un fantasma.

Ren dejó escapar una risa—esta vez sin ironía, apenas una exhalación. —Entonces somos dos fantasmas que no se reconocen.

Aiden sonrió, un gesto pequeño, casi disculpándose por la ternura que asomaba. —O dos recuerdos con trabajo por hacer.

Al otro lado del salón, el paño no estaba totalmente extendido; por un borde, la punta del papel asomaba, como si el boceto quisiera airearse. Ren no lo tocó. No todavía. Miró a Aiden y, por primera vez esa tarde, determinó algo con claridad: no quería huir de aquello, aunque asustara. No por completo.

—Mañana voy a revisar los archivos —dijo finalmente Ren—. Tal vez encontremos algo de Milo, o de… lo que sea esto.

—Y yo escucharé la melodía otra vez —contestó Aiden—. Si vuelve, la seguiré hasta donde nos lleve.

Se quedaron en esa especie de pacto silencioso; no prometían soluciones, solo compromiso. Afuera, la ciudad se arremolinaba con luces y pasos ajenos. Adentro, la sala retuvo su calma tensa, esa que precede a los movimientos que cambian el curso de las cosas.

Ren despegó el paño con dedos más decididos. El boceto no latía más fuerte, pero la impresión de vida persistía. Aiden apoyó las manos sobre el borde de la mesa, listo para cualquier cosa.

Mientras miraban el dibujo, la tinta azul en una de las sombras pareció brillar un instante. Ninguno de los dos lo dijo en voz alta, porque las palabras podían acelerar lo que aún no controlaban. En vez de eso, se acercaron, casi en sincronía, y la habitación pareció contener la respiración.

Un susurro, como una nota sostenida, se escapó del piano. No era música con forma humana, sino un hilo de sonido que invitaba: ven.

Ren y Aiden se miraron y, esta vez sin huir, dieron un paso hacia aquello que les pedía recuerdo.

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Annyely
💛 Si te está gustando la historia…
un ❤️ me ayuda muchísimo a seguir escribiendo ✨
Annyely
🥰🥰🥰🥰
Esmeralda Johner
Excelente
Annyely: Muchas gracias por tu comentario y las estrellas ⭐🥰 me motiva mucho seguir escribiendo.
total 1 replies
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