“Mi amor: El guachimán” es una historia de amor intensa entre un humilde guachimán (guardia de seguridad) y una joven millonaria que vive rodeada de lujos pero se siente vacía y sola.
A pesar de venir de mundos totalmente distintos, ambos se enamoran profundamente. Sin embargo, la madre de la chica se opone a la relación y hace todo lo posible para separarlos, creyendo que él no es digno de su hija.
Con el tiempo, el amor entre ellos se vuelve más fuerte y deciden luchar por estar juntos. Cuando finalmente llega el día de su boda, todo cambia drásticamente: ocurre un ataque inesperado y la chica termina herida al protegerlo a él, lo que provoca que pierda la memoria.
Desde ese momento, ella ya no lo recuerda. Él, roto por el dolor pero lleno de amor, hace todo lo posible por ayudarla a recuperar sus recuerdos y volver a enamorarla, demostrando que su amor puede resistir incluso la tragedia y el olvido.
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Capítulo 1: Mi vida en Santa Marta, mi llave
Hola, mi llave, yo soy Gregorio Giraldo, tengo 21 años. Nací en Colombia, en la hermosa Santa Marta, el 27 de mayo del 2005. Soy de esa tierrita costeña donde el sol pega fuerte, la brisa del mar calma el alma y la gente, aunque no tenga mucho, siempre tiene una sonrisa pa’ dar.
Yo soy un muchacho humilde, de esos que hablan sabroso, que saludan con cariño y que creen en salir adelante con esfuerzo. Mi vida no ha sido fácil, pero sí ha sido de aprendizaje, de familia y de amor verdadero.
Mi familia es lo más importante que tengo en este mundo, mi llave.
Mi papá se llama Luis Giraldo, tiene 49 años, nació en 1977 aquí mismo en Santa Marta. Es un hombre serio, trabajador y muy responsable. Él no es de muchas palabras, pero cuando habla, uno lo escucha porque siempre tiene razón. Me enseñó que en la vida uno no puede rendirse, que aunque no haya plata, sí debe haber dignidad y respeto.
Mi mamá se llama Rosa María Díaz, tiene 46 años, nació en 1980. Ella es el corazón de la casa, la que siempre está pendiente de todo. Es una mujer amorosa, fuerte y luchadora. Siempre nos dice que mientras haya unión en la familia, nunca nos va a faltar nada. Ella es la que mantiene todo en equilibrio cuando las cosas se ponen difíciles.
Y también tengo una hermana menor, que es mi adoración.
Ella se llama Laura Giraldo, tiene 15 años, nació en el 2011, es 6 años menor que yo. Es una pelaita alegre, humilde, soñadora y muy cariñosa. A veces es necia y me saca la rabia, pero yo la amo con el alma. Yo siempre la cuido porque sé que el mundo puede ser duro, y ella es mi responsabilidad y mi orgullo.
Nosotros vivimos en Santa Marta, en un barrio humilde pero lleno de vida. Aquí todos se conocen, aquí el vecino saluda sin importar nada, aquí uno crece viendo lucha, pero también viendo unión. El calor es fuerte, pero la gente tiene un corazón más fuerte todavía.
En este momento de mi vida no tengo un trabajo fijo, mi llave. A veces hago trabajos en lo que salga: ayudando en tiendas, descargando cosas, haciendo mandados o lo que aparezca en el día. No es fácil, pero uno no se queda quieto porque sabe que en la vida hay que rebuscarse. Yo no me rindo, porque sé que esto es solo una etapa y que algún día todo va a cambiar.
Aunque la vida sea dura, yo sigo soñando.
Pero si hay algo que me llena el alma, es el amor.
Yo tengo una mujer que me tiene el corazón completo. Ella se llama Mariana Campo, un nombre sencillo, bonito y humilde, como ella misma. Tiene 20 años, nació el 14 de octubre del 2006. Ella no es de lujos ni de riqueza, ella también es humilde, de barrio, de lucha, de esas personas que saben lo que cuesta ganarse la vida.
Por eso nos entendemos tan bien.
Yo la conocí en Santa Marta, sin esperarlo. La vi por primera vez y sentí algo raro, como una conexión inmediata. No era solo su forma de ser, sino su forma de mirar la vida. Tenía una mirada tranquila, pero también con sueños grandes.
Al principio solo nos saludábamos. Un “buenas”, un “hola”, nada más. Pero poco a poco empezamos a hablar más. Nos contábamos cosas simples, nuestras vidas, nuestros sueños, nuestras dificultades.
Y sin darnos cuenta, el cariño fue creciendo.
Mariana me decía que su vida no era fácil, que también le tocaba luchar. Yo le decía lo mismo. Y ahí nos dimos cuenta de que éramos iguales en lo más importante: el corazón.
No había lujo, no había dinero, pero sí había amor verdadero.
Ella es humilde como yo, no busca apariencias, no busca riqueza. Solo busca alguien que la respete y la quiera de verdad. Y yo soy ese hombre para ella.
Mi familia la quiere porque es sencilla. Mi mamá dice que es una muchacha de buen corazón. Mi papá la respeta porque ve que es trabajadora y honesta. Y mi hermana Laura hasta la quiere como una amiga, porque dice que es tranquila y buena gente.
Nosotros no tenemos una vida perfecta, pero sí tenemos algo muy valioso: amor real.
A veces nos vemos en las tardes, caminamos por el barrio, hablamos de la vida, de lo que queremos ser. Soñamos con salir adelante juntos, con tener una vida mejor, sin olvidar nunca de dónde venimos.
Yo sueño con poder ayudar a mi familia algún día, con tener estabilidad, con darle a mi mamá tranquilidad y a mi papá descanso. Sueño con que mi hermana estudie y tenga un futuro diferente.
Y sueño con Mariana a mi lado.
Pero también sé algo, mi llave…
La vida en Santa Marta no es fácil, y aunque ahora todo se siente tranquilo, uno nunca sabe qué puede pasar mañana. Porque a veces el destino cambia todo en un segundo… y lo que hoy es felicidad, mañana puede convertirse en prueba.