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Eres Mi Error Mas Caro CEO

Eres Mi Error Mas Caro CEO

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Reencuentro / Mujer fuerte/hombre frágil / Amor-odio
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Pluma Magna

Para salvar a su familia, ella firmó un contrato con el hombre más poderoso de la ciudad… sin imaginar que estaba vendiendo su libertad.
Frío, dominante y peligroso, él no cree en el amor, pero sí en la posesión.
Lo que empezó como un acuerdo se convierte en una relación marcada por el control, los celos y una atracción imposible de romper.
Porque en su mundo, amar no es proteger… es destruir.
Y ahora que la tiene, no piensa dejarla ir… aunque eso la rompa por completo.

NovelToon tiene autorización de Pluma Magna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La primera cadena

Valeria salió de la oficina con la sensación de que el mundo seguía funcionando por una crueldad absurda.

Los ascensores bajaban, los teléfonos sonaban y los empleados cruzaban los pasillos hablando de cifras y contratos. Nadie sabía que ella acababa de dejar su vida firmada sobre una mesa de vidrio.

En el ascensor vio su reflejo: ojos brillantes, boca apretada, rostro pálido, manos temblando como si la pluma siguiera entre sus dedos.

No llores. No aquí.

Al llegar al vestíbulo, caminó hacia la salida con la espalda recta.

—Señorita Montenegro.

La voz de Damián la detuvo antes de alcanzar la puerta giratoria.

Valeria cerró los ojos, respiró y se giró. Él estaba allí, impecable, oscuro, con ese traje que parecía una advertencia. Sus ojos bajaron a sus manos cerradas, a sus labios pálidos, a la lágrima que ella todavía no dejaba caer.

—¿Qué quiere ahora? Hace unos minutos podía entregar mi vida sin compañía, firmar un contrato que decide dónde voy a vivir y cuánto tiempo debo fingir una mentira con su apellido; pero ahora, de pronto, no puedo cruzar una puerta sola. Dígame, señor Ortega, ¿también va a decidir cómo camino o cómo debo sostener la cabeza para que su contrato no se vea manchado por mi vergüenza?

La mandíbula de Damián se tensó apenas.

—No puede irse sola. Lo que acaba de firmar la coloca en un lugar donde cada movimiento suyo puede ser usado o convertido en una debilidad pública. Usted todavía está pensando en esta firma como una herida personal, pero desde este momento también es una grieta posible en mi mundo.

Valeria soltó una risa seca. Una lágrima se le escapó y la limpió con rabia.

—Qué mundo tan perfecto el suyo, Damián Ortega. Puede destruir una vida, pero sin escándalos. Puede comprar una esposa, pero que no llore en el vestíbulo. No use palabras elegantes para convertir mi dolor en un problema de reputación. Soy una persona, aunque a usted le resulte más cómodo olvidarlo.

Algo cruzó el rostro de Damián: una tensión mínima en los dedos.

—No use esa palabra. No la reduzca a una transacción vulgar solo porque necesita odiarme para seguir de pie. Yo no la obligué a cruzar esa puerta, Valeria. Usted vino a buscar una salida y yo se la di, aunque no sea la salida que quería.

Valeria dio un paso hacia él. Le temblaban las manos, pero la voz le salió firme.

—No me diga que vine libremente como si eso limpiara lo que hizo. Usted no me dio una salida, me puso precio. Me sentó frente a la ruina de mi familia y me pidió que firmara como quien firma una compra. Si necesito odiarlo para seguir respirando, déjeme odiarlo, porque es lo único mío que todavía no está escrito en sus cláusulas.

Damián endureció la expresión.

—Suba al auto. La llevaré al hospital. Necesita llegar entera, mirarle la cara a su madre y mentir sin que ella descubra que algo se rompió. Necesita respirar antes de entrar a esa habitación. Y aunque le enfurezca admitirlo, necesita que yo cumpla mi parte antes de que su familia pierda lo poco que conserva.

Valeria sintió que esas palabras le arrancaban el aire. Eran crueles y ciertas. Bajó la mirada; sus pestañas temblaron.

—No confunda mi cansancio con obediencia. Acepté su contrato, no su dominio absoluto. Mi firma no le compró mi alma, ni mi silencio, ni mi derecho a recordarle que esto no es generosidad. Es poder usado contra alguien que no tenía cómo defenderse.

Damián se quedó inmóvil al escuchar su nombre en su boca.

—Cuidado con creer que puede desafiarme en cada frase. Mi paciencia no es infinita, y mi nombre no es una invitación para cruzar límites que todavía no entiende.

Valeria sostuvo su mirada, aunque sentía las rodillas flojas.

—El mío tampoco es una propiedad. No vuelva a pronunciarlo como si ya le perteneciera.

El auto negro esperaba afuera. Valeria entró sin aceptar ayuda. Damián se sentó a su lado. Durante varios minutos solo existió el ruido apagado de la ciudad.

—¿Cuándo pagará la deuda?

—Ya está en proceso. Mientras usted leía el contrato, mi equipo preparaba las transferencias. No esperaba que se negara. Esperaba que eligiera a su familia, porque eso hacen las personas como usted: se rompen primero para que otros no tengan que caer.

El alivio le subió al pecho mezclado con una humillación insoportable.

—Eso no es conocerme. Eso es usarme. Usted vio mi miedo, mi familia, mi urgencia, y decidió que todo eso me hacía útil. No me hable como si hubiera entendido mi sacrificio cuando lo convirtió en una herramienta.

Damián la miró. Sus ojos eran duros, pero debajo había algo encerrado.

—Todos usamos algo de alguien, Valeria. La diferencia es que yo no lo disfrazo de bondad. Y quizá por eso me odia tanto: porque no le doy una mentira bonita donde esconder el precio.

El auto se detuvo frente al hospital. Valeria miró la entrada y sintió que el pecho se le partía.

—Mañana a las ocho vendrán por usted. Debe mudarse a mi casa.

Valeria giró hacia él, pálida.

—No. No me pida eso como si fuera un trámite más. ¿Ni siquiera puedo dormir una noche en mi casa? ¿Una sola noche para despedirme de mi cuarto, de mis cosas, de la vida que usted acaba de arrancarme?

Damián apretó la mandíbula. Sus ojos bajaron a las lágrimas que ella ya no pudo contener.

—Tiene hasta mañana. Una noche.

Valeria abrió la puerta con brusquedad. Antes de bajar, lo miró con odio y dolor.

—No lo diga como si fuera misericordia. Usted no sabe lo que significa esa palabra.

Damián sostuvo su mirada.

—No. Pero estoy aprendiendo el precio de no tenerla.

Valeria bajó del auto y caminó hacia el hospital sin mirar atrás.

Damián la siguió con los ojos hasta que desapareció. Solo entonces bajó la vista a sus manos.

Tenía los nudillos blancos.

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Marta Ndong mansuy
Masssss
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