Esta historia habla de una chica que se embarazó muy joven y tuvo que aprender a sobrevivir en un mundo lleno de dificultades. Sin apoyo suficiente y con pocas oportunidades, se vio obligada a “buscarse la vida” como pudo, enfrentando la realidad desde muy temprano. Por amor a su hija, dejó los estudios y sacrificó sus sueños personales para dedicarse por completo a su crianza, creciendo de golpe y convirtiéndose en madre antes de tiempo.
Sin embargo, su vida da un giro inesperado cuando conoce a un chico millonario, alguien que no la juzga por su pasado ni por ser madre soltera. A diferencia de muchas personas, él la trata con respeto, la escucha y ve en ella algo más allá de sus dificultades: una mujer fuerte, valiente y luchadora.
A partir de ese encuentro, ambos comienzan a construir una relación marcada por la confianza, el apoyo y la superación de prejuicios. Ella empieza a recuperar la esperanza en su futuro, mientras aprende que aún puede soñar y volver a levantarse,
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Capítulo 12: “La noticia que lo cambió todo”
Hoy han pasado ya tres meses desde que Brando estuvo en la cárcel… y desde que todo entre nosotros volvió a intentar arreglarse.
Pero la verdad… yo no me sentía bien.
Empecé a sentirme rara sin razón.
Primero fueron las náuseas.
Me levantaba en las mañanas y sentía el estómago revuelto, como si algo no me cayera bien aunque no hubiera comido nada.
Después vinieron los mareos.
A veces estaba normal y de un momento a otro sentía que todo me daba vueltas.
Y lo más raro… los antojos.
Un día quería cosas dulces, al otro día cosas saladas, y a veces las dos cosas al mismo tiempo.
Yo decía: “Violeta, usted está mal de la cabeza”.
Pero no era eso.
Era otra cosa.
Un día ya no pude más y llamé a mi mejor amiga.
Ella ya me había estado escribiendo y todo, porque nosotras no podemos estar mucho tiempo sin hablarnos. Somos inseparables, de esas amigas que aunque peleen, siempre vuelven.
Cuando me contestó le dije de una:
—Amiga… yo estoy rara.
Ella se rió.
—¿Cómo así rara, Violeta?
Yo me senté en la cama.
—Tengo náuseas… mareos… y antojos muy raros —le dije—. A veces quiero dulce, a veces salado, no sé qué me está pasando.
Hubo un silencio del otro lado.
Y luego ella cambió el tono.
—Violeta… ¿vos has estado con Brando?
Yo me quedé callada un segundo.
—Sí… —respondí bajito.
Ella suspiró fuerte.
—Ay no, mami… ya entiendo.
Yo fruncí el ceño.
—¿Entiende qué?
—Hágase una prueba —me dijo directa.
Yo me quedé fría.
—¿Qué prueba? —pregunté.
—De embarazo, Violeta —me respondió.
En ese momento sentí un vacío en el estómago.
—No… no creo —le dije rápido—. No creo.
Pero mi voz no estaba segura.
Ella insistió:
—Hágala.
Y la hice.
Fui a la farmacia, compré la prueba sin mirar a nadie. Me sentía nerviosa, como si todo el mundo supiera lo que estaba pasando conmigo.
Llegué a la casa, me encerré en el baño y la hice.
Y esperé.
Esos minutos fueron eternos.
Yo caminaba de un lado a otro, respirando rápido, con la cabeza llena de pensamientos.
Brando…
mi vida…
todo lo que habíamos pasado…
todo lo que podía venir…
Cuando vi el resultado…
me quedé quieta.
Positiva.
Sentí que el mundo se me detuvo.
No lloré de una.
Solo me quedé mirando eso sin poder creerlo.
Como si fuera una equivocación.
Pero no lo era.
Me senté en la cama y me quedé en silencio.
No sabía qué hacer.
No sabía cómo reaccionar.
Lo único que hice fue llamar a mi amiga otra vez.
Ella llegó rápido a mi casa.
Cuando entró me miró la cara y ya supo que algo pasaba.
—Violeta… ¿qué pasó? —me dijo.
Yo no dije nada.
Solo le mostré la prueba.
Ella la miró.
Y se quedó en silencio.
Después explotó.
—¡Violeta! —dijo fuerte—. ¿usted está embarazada en serio?
Yo bajé la cabeza.
—Sí… —respondí bajito.
Ella se llevó la mano a la cabeza.
—Ay no… mami… —dijo—. ¿y Brando?
Yo la miré.
—Es de él…
Ella se quedó seria.
—Violeta… usted sabe cómo es ese man —me dijo—. Cualquier rato le da chumbimba a usted, y usted aquí embarazada, sola…
Yo levanté la cara de una.
—No hable así de él… —le dije.
Ella suspiró.
—Mami, es la verdad —me respondió—. Usted sabe en qué se mete Brando, usted sabe cómo es su vida.
Yo me senté otra vez en la cama.
—Yo no sé qué hacer… —le dije.
Ella se sentó al lado mío.
—Usted tiene que hablar con él —me dijo firme.
Yo asentí lento.
—Sí… —le respondí—. Pero tengo miedo.
Ella me miró seria.
—Miedo es quedarse callada —me dijo—. Esto ya no es solo suyo.
Yo me quedé en silencio.
Porque tenía razón.
—Yo lo quiero… —le dije bajito.
Ella me miró más suave.
—Yo sé… —respondió—. Pero esto es serio, Violeta.
Yo respiré hondo.
—Yo no sé cómo va a reaccionar Brando… —le dije.
Ella negó con la cabeza.
—Tiene que decírselo ya —me respondió.
Yo tragué saliva.
Y me quedé pensando.
Porque en ese momento entendí algo:
ya no era solo amor.
Ya era una vida cambiando todo.