Sin loba. Sin linaje. Sin lugar en el mundo.
Criada como sirvienta en la manada más despiadada del reino, Lyra ha sobrevivido dieciocho años de desprecio ocultando lo único que la hace diferente: un cabello blanco como la luna que tiñe de negro cada noche, y un poder latente que ni ella misma comprende.
Cuando el Alfa Vane —el hombre que debería ser su compañero destinado— la rechaza públicamente para coronar a otra como su Luna, Lyra hace lo impensable: lo rechaza de vuelta. Las palabras de ruptura le destrozan el alma, pero también encienden algo antiguo en su sangre.
Y entonces aparece él.
Aron. El Soberano.
Un ser milenario de ojos negros como el abismo, tan letal como seductor, que ha esperado siglos por una mujer con aroma a madreselva y ojos que guardan tormentas. Desde el momento en que la atrapa entre sus brazos, Aron no piensa soltarla. Nunca.
Pero el nuevo vínculo que los une despierta fuerzas que llevaban generaciones dormidas. Lyra descubre que su linaje no está extinto... y que el hombre que la reclama como suya guarda un secreto capaz de destruirlo todo.
Mientras conspiraciones ancestrales, traiciones políticas y un enemigo que devora almas cierran el cerco, Lyra deberá elegir entre el amor que la hace invencible y la verdad que podría convertir a su compañero en su peor enemigo.
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El banquete de sangre y plata
Dos días después, el salón rugía.
Intentaba ser una sombra entre las mesas, ajustando el pañuelo de lino oscuro que me cubría el cabello para esconder la raíz plateada que insistía en brillar.
Pero lo que no podía esconder era mi propio cuerpo.
Desde que desperté de aquel sueño, un calor persistente pulsaba en mi centro, una excitación que trataba de aplastar con cada paso a lo largo de los días.
Pero entre más intentaba controlarme, más parecía expandirse mi aroma, volviéndose dulce y embriagador bajo el efecto de la luna de solsticio.
En el estrado, Vane estaba inmóvil.
Sus fosas nasales se dilataron violentamente.
Apretó los brazos del trono, la mandíbula tan tensa que parecía a punto de quebrarse.
Lo sentía.
Sabía que aquel olor venía de la sirvienta que tanto despreciaba.
De pronto, una voz que no era la mía —una vibración ancestral y poderosa— resonó dentro de mi mente, haciendo que me flaquearan las piernas:
— Compañera... Por fin. — Me detuve en medio del salón, la bandeja de plata temblando en mis manos.
No puede ser, pensé, el pánico subiéndome por la garganta.
Él no.
El monstruo no.
Vane se puso de pie bruscamente.
Me miró directo, y por un segundo, vi la lucha brutal en los ojos de Fenris.
Pero entonces, el Alfa recuperó el control.
Desvió la mirada con un asco evidente, como si el destino hubiera cometido un error imperdonable.
— Esta noche — la voz de Vane tronó, ignorando el llamado del vínculo que gritaba en el salón—, oficializo mi unión. ¡La Sangre Negra saluda a su nueva Luna: Laila!
El salón estalló en vivas.
Laila se arrojó a sus brazos, sellando la promesa con un beso victorioso.
Sentí algo desgarrarse dentro de mi pecho.
No era solo tristeza; era un dolor físico, como si mi corazón estuviera siendo aserrado por la mitad.
El vínculo, recién descubierto, estaba sangrando.
Sin que nadie lo notara, dejé la bandeja sobre una mesa y salí sigilosa entre las sombras, huyendo hacia la terraza más lejana, donde la nieve caía silenciosa y el aire era lo bastante frío para anestesiar mi alma.
Necesitaba respirar. Necesitaba...
El silencio fue mi compañero no sé por cuánto tiempo...
— ¿Crees que puedes huir? — Su voz vino desde atrás, cargada de furia y deseo.
Antes de que pudiera girarme, Vane me aprisionó contra la balaustrada de piedra helada.
Sus manos grandes me apretaron con una fuerza que me dejó sin aire, y hundió el rostro en mi cuello, aspirando mi aroma con un hambre desesperada.
— Mía — siseó contra mi piel, antes de besarme.
No fue un beso de amor.
Fue un consumo.
Sus manos reclamaban mi cuerpo con una agresividad que me hacía temblar, mientras me apretaba contra él, demostrando que, a pesar de todo, no podía soltarme.
— No lo entiendes, Lyra — dijo, la voz ronca, apartándose apenas lo suficiente para mirarme con desprecio.
— Nunca te pondré a mi lado en el trono. Eres débil. Una loba que ni siquiera despierta. Pero el vínculo... el vínculo exige que te mantenga cerca. De ahora en adelante, me servirás directamente. En mi habitación. En mis términos.
El shock me dio fuerzas.
Con toda la rabia que sentía, mi mano voló y golpeó su rostro con un chasquido que retumbó en la noche.
Vane giró la cara con el impacto, pero en vez de gruñir, soltó una risa sombría y gélida.
Me sujetó la muñeca con una fuerza de acero, torciéndola levemente.
— Tienes suerte, lobita — murmuró, el brillo dorado de Fenris volviendo a sus ojos.
— Si rompo este vínculo ahora, mueres en agonía por ser tan frágil. Te estoy salvando la vida al mantenerte como mi sirvienta personal. Deberías agradecérmelo después.
Me soltó bruscamente y se alejó un poco, dejándome sola en el frío, con el corazón en pedazos y la marca de sus dedos quemándome la piel.