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Dos Lobos, Una Luna

Dos Lobos, Una Luna

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Mujer poderosa / Amor eterno / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: clau21

Elena una chica humana, se ve atrapada entre dos alfas: Kael, Príncipe de los lobos de Luna Plateada, y Roran, Alfa Supremo de la manada de Ceniza que todos daban por muerta/extinta. Ambos la reclaman, se enfrentan por ella, pero Elena se niega a elegir.

NovelToon tiene autorización de clau21 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 9

... Reconstrucción...

...****************...

Pasaron 7 días desde que el consejo de Luna Plateada se arrodilló en el valle.

Siete días sin ataques, sin alarmas, sin sangre. Solo el ruido de martillos, de voces organizando, de gente que por primera vez en 20 años no tenía miedo de decir el nombre “Ceniza” en voz alta.

Elena no volvió a la biblioteca. No podía. Su cara estaba en todos lados. “La Luna que detuvo la guerra”, decía el titular del periódico local que no tenía ni idea de lo que realmente pasó.

Así que se quedó en el refugio.

Y aprendió a ser Luna.

---

Las mañanas eran de Kael.

Él la entrenaba en control del vínculo, pero más suave que antes. Sin peleas, sin sangre. Solo respiración, enfoque, aprender a cerrar la conexión cuando necesitaba silencio en su cabeza.

“Si no aprendes a cerrar el vínculo cuando quieras”, le decía Kael mientras ella sudaba sentada en el círculo de piedra, “te vas a volver loca escuchándonos 24/7”.

Elena asentía, con los ojos cerrados. “Entonces no te pienses cosas raras cuando duermo”.

Kael se reía. “Demasiado tarde para eso”.

Las tardes eran de Roran.

Él le enseñaba historia. Historia real. No la versión del consejo. Le mostraba los diarios de su padre, las cartas de su madre, los mapas de Ceniza antes de la masacre.

“Tu madre era feroz”, le dijo Roran una tarde, pasándole una foto vieja. Una mujer de cabello negro y ojos grises, riendo con un bebé en brazos. Elena. “No tenía miedo de nada. Por eso el consejo la quería muerta”.

Elena tocó la foto con cuidado. “¿Se parece a mí?”.

“Más de lo que te gustaría”, dijo Roran. Y por primera vez su sonrisa no tenía filo.

Las noches… las noches eran de los tres.

Sin reglas. Sin entrenamiento. Solo hablar. Cenar en la mesa grande de la cocina, con el fuego encendido y el refugio por fin sintiéndose como un hogar y no como un búnker.

Elena se dio cuenta de algo en la tercera noche: no se sentía dividida entre ellos dos. No tenía que elegir.

El vínculo lo hacía imposible. Cuando estaba con Kael, sentía la calma de Roran en el fondo. Cuando estaba con Roran, sentía el calor de Kael. Eran un triángulo. Y si quitabas una punta, todo se caía.

“¿Tienen miedo?”, preguntó Elena una noche, mientras los tres estaban en el balcón mirando las montañas.

“¿De qué?”, dijo Kael.

“De que esto no funcione. De que un día me canse y me vaya”.

Roran se apoyó en la barandilla. “Sí”.

Kael asintió. “Todos los días”.

Elena los miró a los dos. “Yo también. Pero me quedo. Por ahora”.

No dijo más. No hacía falta.

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Dos semanas después llegó la primera delegación de Luna Plateada.

No venía Mireya. Venía un grupo de lobos jóvenes. Los mismos que habían peleado en la batalla final. Traían banderas blancas y caras de vergüenza.

“Venimos a pedir disculpas”, dijo el que iba al frente. Un chico de 22 años que Elena había curado con el vínculo durante la batalla. “Y a pedir un lugar en el nuevo consejo”.

Roran quería echarlos. Kael dudaba.

Elena los dejó entrar.

“Si quieren un lugar, lo ganan trabajando”, dijo. “No hay más privilegios por apellido. Hay trabajo. Para todos”.

Se quedaron.

Un mes después, el refugio de Ceniza ya no era solo de Ceniza. Era el centro de la nueva alianza.

Y Elena, la chica que hace un mes trabajaba en una biblioteca, firmaba tratados y mediaba entre alfas que antes se habrían matado por mirarla mal.

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Una noche, después de una reunión larguísima, Elena colapsó en su habitación.

No física. Mentalmente. Demasiadas decisiones, demasiada gente, demasiado peso.

Kael la encontró sentada en el suelo, con la espalda contra la cama, respirando entrecortado.

No dijo nada. Solo se sentó frente a ella y esperó.

Cuando pudo hablar, Elena susurró: “No sé si puedo con esto”.

“Sí puedes”, dijo Kael. “Porque no estás sola. Nunca más”.

La puerta se abrió. Roran entró con una taza de té. La dejó a su lado sin decir nada. Se sentó al otro lado.

No hablaron. No hacía falta.

El vínculo hizo lo que las palabras no podían. Calma. Fuerza. Presencia.

Elena se quedó dormida ahí, en el suelo, con uno a cada lado. Kael con la mano sobre la suya, Roran apoyado contra la cama, vigilando como siempre.

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La tensión entre ellos tres no desapareció. Cambió.

Se volvió algo más silencioso, más constante. Una mirada de más al servir la comida. Un hombro rozando al pasar en el pasillo estrecho. Una mano que se detenía medio segundo de más al entregarle un mapa.

Nadie lo nombraba. No hacía falta.

El vínculo ya lo decía todo.

Una noche, después de que los últimos enviados se fueron, Elena se quedó sola con Kael en la sala de mapas.

Roran había salido a revisar los perímetros. Dijo que tardaría.

El silencio se hizo pesado.

Kael cerró el mapa con cuidado. “No tienes que decir nada”.

Elena lo miró. “Pero quiero”.

Se acercó un paso. El aire entre ellos se cargó. No era solo deseo. Era alivio. Era la necesidad de tocar algo real después de semanas de decisiones y sangre.

Kael no se movió. Le dio el control.

Elena puso la mano en su pecho. Sentía el corazón de él latiendo fuerte, igual que el suyo.

“Si esto se rompe”, dijo ella, “me rompo yo también”.

Kael bajó la cabeza hasta quedar a un susurro de distancia. “Entonces no se rompe”.

No hubo prisa. No hubo palabras grandes. Solo la frente de él apoyada en la de ella, las respiraciones sincronizándose, y el vínculo entre los tres vibrando como si Roran estuviera ahí, aunque no lo estuviera.

Cuando la puerta se abrió, ninguno se apartó.

Roran se detuvo en el umbral, los vio, y entendió.

No dijo nada. Cerró la puerta con cuidado y dejó la chaqueta en la silla.

“¿Tardé mucho?”, preguntó.

Elena sonrió, todavía con la frente contra la de Kael. “Lo justo”.

Roran asintió. Se acercó y puso una mano en el hombro de Elena. No posesivo. Presente.

“Entonces nos quedamos así un rato”, dijo.

Y se quedaron. Los tres en un espacio pequeño, con el mundo afuera esperando, pero por una hora, nada importaba más que el calor de estar juntos sin tener que fingir.

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Los días siguientes fueron distintos.

No cambió la forma en que trabajaban. Elena seguía presidiendo las reuniones, Kael entrenaba a los jóvenes de las dos manadas, Roran reconstruía las defensas.

Pero cambió la forma en que se miraban.

En las reuniones, cuando Elena dudaba, sentía la mano de Kael rozando su espalda por debajo de la mesa. Un ancla.

Cuando Roran volvía exhausto de las patrullas, Elena le dejaba el té listo sin que él pidiera.

Y cuando los tres estaban juntos, ya no había distancia calculada. Había cercanía cómoda. Como si llevaran años así.

No hablaron de futuro. No hacía falta.

El vínculo hablaba por ellos.

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Tres meses después, se hizo la primera reunión del Nuevo Consejo de Monteluna.

En la mesa había 12 sillas. 6 de Luna Plateada, 6 de Ceniza.

Y en la cabecera, una silla más grande. Sin respaldo alto. Sin trono. Solo una silla para la Luna.

Elena se sentó.

Kael a su derecha. Roran a su izquierda.

“No soy su reina”, dijo Elena cuando todos estuvieron en silencio. “Soy su equilibrio. Si me fallan, yo les fallo. Si me mienten, yo me voy. ¿Queda claro?”.

“Queda claro, Luna”, dijeron todos al unísono.

Fuera de la sala, la nieve caía sobre Monteluna.

Dentro, por primera vez en 20 años, había paz.

Y Elena, Kael y Roran sabían que esto apenas empezaba.

---

Esa noche, los tres subieron a la azotea del refugio.

No había discurso. No había promesas grandilocuentes.

Solo silencio, el cielo estrellado, y el calor de estar cerca sin miedo.

Roran rompió el silencio primero. “Ceniza vuelve a respirar”.

Kael asintió. “Y no va a caer otra vez”.

Elena los miró a los dos. “Mientras estemos juntos, no va a caer”.

No se besaron. No hacía falta.

Se quedaron los tres mirando las estrellas, con las manos rozándose sin agarrarse, con el vínculo más fuerte que nunca.

Porque la guerra había terminado.

Y su historia apenas empezaba.

1
Rosa Pandui
Que suerte tiene
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