Premisa: Él es un hombre de negocios muy exitoso pero solitario, que necesita una pareja para cumplir con las expectativas familiares y cerrar un trato importante. Le propone a ella, una chica creativa y libre, fingir que sean esposos por un año a cambio de resolverle todos sus problemas económicos.
El problema: Las reglas eran claras: "prohibido enamorarse". Pero cuanto más fingen, más real se siente.
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Capítulo 14: Lo que el corazón no firmó
Cuando llegué a la casa esa tarde, algo dentro de mí estaba distinto. No era la misma emoción de antes, ni esa mezcla de nervios con curiosidad. Esta vez… venía triste.
Subí despacio las escaleras, sin saludar a nadie, sin mirar a los lados. Sentía un nudo en el pecho que no me dejaba respirar bien.
—Ya casi… —murmuré.
Ya casi se cumplía el año.
El contrato.
Ese papel que había empezado todo… y que ahora se sentía como una cuenta regresiva que no podía detener.
Entré a la sala y me dejé caer en el sillón. Ni siquiera me quité los tacones. Me quedé ahí, mirando al frente, perdida.
—¿Y después qué…? —susurré.
Porque por primera vez… no quería que se acabara.
Escuché pasos suaves acercándose.
—Señora… —era Martina.
No respondí de una.
—¿Señora, se siente bien?
Levanté la mirada despacio.
—Martina…
Ella se acercó más.
—¿Qué tiene?
Y ahí… no aguanté más.
—Ay, Martina… —dije, bajando la mirada—. ya no más… se termina todo este show.
Ella frunció un poco el ceño.
—¿Cómo así?
Respiré profundo.
—El contrato… —dije—. ya casi se cumple el año.
Se hizo un silencio.
—Y después… cada quien por su lado.
Martina me miró con atención.
—¿Y eso es lo que le duele?
Tragué saliva.
—No pensé que me iba a afectar… —confesé—. al principio era solo un acuerdo… algo temporal.
—Pero ya no.
Negué despacio.
—No… ya no.
Se sentó a mi lado.
—Dígame la verdad, señora…
Me quedé callada unos segundos.
—Estoy enamorada… —susurré.
El silencio que siguió fue pesado… pero necesario.
Martina no se sorprendió tanto como pensé.
—Lo imaginaba —dijo.
La miré.
—¿En serio?
—Sí… la forma en que lo mira… la forma en que lo espera… eso no es actuación.
Bajé la mirada.
—Desde el principio… —dije—. desde el primer día.
—¿Desde el primer día?
Asentí.
—Desde que casi me atropella… —solté una pequeña risa triste—. ahí empezó todo.
Martina sonrió leve.
—Y él… ¿sabe?
Negué.
—No… ni idea.
—¿Y por qué no le dice?
La miré.
—Porque está prohibido… —respondí—. ¿se acuerda? Eso estaba en el contrato.
Martina suspiró.
—Una cosa es un contrato… y otra el corazón.
—Pero él sí lo toma en serio —dije—. para él esto siempre fue un negocio.
—¿Y para usted?
—Para mí ya no…
Se hizo un silencio.
—Tengo miedo —añadí.
—¿De qué?
—De que se acabe… —respondí—. de que llegue ese día y él simplemente diga “gracias” y se vaya.
Martina me miró con ternura.
—Eso no es tan sencillo.
—Para él sí lo es —dije—. él es frío… serio… nunca muestra nada.
—¿Está segura?
La miré.
—¿Qué quiere decir?
—Que a veces los hombres no muestran lo que sienten —respondió—. pero eso no significa que no sientan.
Me quedé pensando.
—No sé…
—Señora —dijo Martina—. en seis meses han pasado muchas cosas. Usted cambió… pero él también.
La miré.
—¿Usted cree?
—Sí.
Suspiré.
—Pero no lo dice…
—No todo se dice con palabras.
Me quedé en silencio.
—¿Y si no siente nada? —pregunté.
—Entonces usted decide qué hacer —respondió—. pero al menos no se queda con la duda.
Bajé la mirada.
—No quiero perderlo…
—Entonces no se quede callada.
Respiré profundo.
—Esto no era parte del plan…
Martina sonrió.
—El amor nunca lo es.
Solté una pequeña risa.
—Estoy en problemas, ¿cierto?
—Unos bien grandes —respondió ella, riendo suave.
Me recosté en el sillón.
—Se termina el contrato… —murmuré—. pero lo que siento…
Miré al techo.
—Eso no se acaba.
Y por primera vez desde que empezó todo…
Entendí que el mayor riesgo…
No era el contrato.
Era mi corazón.