En una guerra de orgullo y desprecio, ¿quién caerá primero? ¿El hombre que lo tiene todo o la mujer que aprendió a brillar sin luz?
Puntos clave de la trama
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capitulo 10
Desperté con la sensación del peso de Alexander todavía presente en el colchón, aunque el calor de su cuerpo ya se había desvanecido. Estiré la mano, rozando las sábanas de hilo perfectamente estiradas de su lado. Frío. Siempre frío al despertar. Pero el aire de la habitación conservaba ese rastro de sándalo y whisky que ahora asociaba con su vulnerabilidad nocturna. Me senté en la cama, dejando que la seda del camisón se deslizara sobre mi piel, y por un momento me quedé escuchando el latido de la casa.
Hoy el silencio no era pacífico. Había una vibración distinta, un ajetreo sordo que subía desde la planta baja. Pasos rápidos, el sonido de porcelana chocando y voces que bajaban el tono cuando pasaban cerca de mi puerta. Alexander no se había ido a la oficina todavía; su presencia era un campo magnético que lo llenaba todo.
Me vestí con un vestido de punto suave, de esos que abrazan el cuerpo sin apretar, buscando esa sensación de refugio. Al salir al pasillo, el olor a café recién hecho y el aroma cítrico de algún producto de limpieza me guiaron. Pero bajo esa superficie de normalidad doméstica, sentía la electricidad.
—Señora Thorne, el señor la espera en el solario —la voz de la señora Hudson me sobresaltó. Ya no había desprecio en su tono, pero sí una cautela tensa, como si estuviera caminando sobre cristales—. Ha pedido que no la molesten hasta que terminen de desayunar.
Caminé hacia el solario, contando los pasos, sintiendo la textura del parqué bajo mis zapatos planos. Al entrar, el calor del sol golpeó mi rostro y el olor a jazmín del jardín inundó mis sentidos. Escuché el crujido de un periódico al doblarse.
—Siéntate, Elina.
La voz de Alexander era una barítono raspado, como si no hubiera dormido mucho más que yo. Sentí su mano en mi codo antes de que pudiera encontrar la silla. Fue un toque breve, pero sus dedos se demoraron un segundo de más sobre mi piel, un roce eléctrico que me recordó el beso en el piano.
—Vanessa envió esto esta mañana —dijo, y escuché el sonido de un sobre deslizándose sobre la mesa de cristal.
—Sabes que no puedo leerlo, Alexander —respondí, tratando de mantener mi voz neutral a pesar del vuelco que dio mi corazón.
—Lo sé. Por eso lo leeré para ti. O al menos, la parte que importa.
Escuché el rasgar del papel. Alexander suspiró, un sonido pesado que cargaba con una furia contenida.
—Es un informe técnico del peritaje de tu coche. Dice que el sistema de frenos no falló por desgaste. Había rastros de un acelerador corrosivo en los latiguillos. Fue diseñado para fallar bajo presión, justo cuando entraras en la autopista.
El aire se escapó de mis pulmones. Me quedé inmóvil, sintiendo cómo el mundo se desmoronaba en la oscuridad. No había sido el azar. No había sido una distracción. Alguien me había querido muerta, o al menos, fuera de combate. La ceguera no era un accidente; era una sentencia ejecutada por manos invisibles.
—¿Quién? —susurré, y sentí que mis manos temblaban sobre mi regazo.
Alexander no respondió de inmediato. Escuché cómo se levantaba y rodeaba la mesa. Se arrodilló frente a mi silla, atrapando mis manos entre las suyas. Sus palmas estaban calientes, grandes, envolviendo mis dedos helados con una fuerza protectora que me hizo querer llorar.
—No lo sé todavía. Pero lo sabré. Vanessa cree que mi abuelo estaba involucrado, que te trajo a esta casa para ocultar el rastro. Pero se equivoca. Mi abuelo era un hombre implacable, pero no un asesino. Te trajo aquí porque sabía que solo yo podría mantenerte a salvo cuando la verdad saliera a la luz.
Sentí que Alexander se inclinaba más, apoyando su frente contra mis rodillas por un breve instante antes de levantar la vista hacia mí. Aunque no podía verlo, sentía la intensidad de su mirada, esa atención absoluta que me dedicaba ahora y que antes me negaba. Sus manos subieron por mis brazos, sus pulgares trazando círculos lentos y sensuales sobre mi piel, tratando de calmar el temblor que me recorría.
—Tienes miedo —afirmó, y su voz bajó a un susurro que me erizó el vello de la nuca.
—¿Cómo no voy a tenerlo? Vivo en una casa donde los secretos tienen más peso que las personas. Y ahora sé que alguien caminó hacia mi coche y decidió que yo no debía volver a ver el cielo.
Alexander me obligó a levantarme, tirando suavemente de mis manos. Me atrajo hacia su pecho, rodeándome con sus brazos. El contraste entre la suavidad de mi vestido y la rigidez de su camisa de vestir era una delicia sensorial. Enterré mi rostro en su cuello, respirando su aroma, dejando que su fuerza fuera mi ancla.
—Nadie volverá a tocarte, Elina —murmuró contra mi cabello—. A partir de hoy, no te moverás de esta casa sin que yo lo sepa. He duplicado la seguridad. Si Julian o Vanessa intentan acercarse, lo lamentarán. Solo yo tengo derecho a estar cerca de ti.
Esa frase, *"Solo yo"*, sonó como una promesa y como una advertencia al mismo tiempo. Había una posesividad en su tono que debería haberme asustado, pero en medio de la oscuridad y la traición, se sentía como el único lugar seguro del universo. Alexander bajó la mano hacia mi cintura, apretándome contra él, y sentí la tensión de su cuerpo, ese deseo que luchaba contra su necesidad de control.
—¿Me odias por esto? —preguntó, y sentí sus labios rozando mi sien—. ¿Por convertirte en mi prisionera para poder ser tu guardián?
—Odio que la verdad sea tan oscura, Alexander —respondí, levantando el rostro hacia la dirección de su aliento—. Pero no te odio a ti. No ahora.
Él no esperó más. Su boca encontró la mía con una urgencia que me dejó sin aliento. Fue un beso cargado de la adrenalina del peligro y de la desesperación de dos personas que se habían encontrado en medio de un campo de batalla. Sus manos recorrieron mi espalda con una firmeza que reclamaba cada centímetro de mi ser, mientras yo me hundía en él, buscando el calor que la verdad me había arrebatado.
Pasamos el resto de la mañana en un silencio tenso pero compartido. Alexander se negó a ir a la oficina, atendiendo llamadas desde el solario mientras yo me quedaba cerca, escuchando el tono de su voz cambiar según el interlocutor. Era un hombre de mil máscaras, pero conmigo, en la penumbra de nuestra intimidad forzada, empezaba a mostrar el rostro del hombre que se ocultaba tras el CEO.
Alrededor del mediodía, llegó un paquete. No era una carpeta ni un informe. El olor a flores frescas inundó la habitación antes de que Alexander dijera nada.
—Son peonías —dijo, y escuché el roce de los pétalos—. Mi abuelo solía decir que eran las flores de la curación. He pedido que las pongan en tu habitación.
—Gracias, Alexander.
—No me des las gracias, Elina. Es lo mínimo que merece la mujer que lleva mi nombre.
A pesar de sus palabras pragmáticas, el gesto hablaba por él. No sabía cómo decir que lo sentía, no sabía cómo expresar que le dolía mi dolor, así que llenaba mis vacíos con fragancias y protección.
Por la tarde, la atmósfera cambió. La noticia del informe de Vanessa había filtrado algunas dudas en el mercado, y Alexander tuvo que encerrarse en su despacho para contener el incendio financiero. Me quedé sola en el salón, sintiendo que las paredes de la mansión se cerraban sobre mí. Ya no era solo la ceguera; era el peso de saber que había un enemigo ahí fuera, alguien que conocía mis rutinas, que tal vez me estaba observando en ese mismo instante.
Decidí ir a la cocina para pedir un té. Caminaba por el pasillo principal cuando escuché una voz desconocida. No era del servicio. Era una voz masculina, joven, con un tono de arrogancia que me resultó familiar.
—...si Thorne cree que puede ocultar el peritaje original para siempre, está muy equivocado. Elina merece saber quién pagó a ese mecánico.
Me detuve en seco, ocultándome tras una columna. Era Marcus, el primo de Alexander, el hombre que siempre había codiciado el puesto de CEO.
—El señor Thorne ha dado órdenes estrictas —era la voz de la señora Hudson, pero esta vez sonaba aterrorizada.
—Las órdenes de Alexander no significan nada si el consejo descubre que está protegiendo a la persona que causó el accidente —continuó Marcus—. Piénsalo, Hudson. ¿Quién se beneficiaba más de que la heredera de los Colón quedara incapacitada justo antes de la fusión?
Me apoyé contra la pared, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies. Marcus no estaba insinuando que Alexander me protegía de un extraño. Estaba insinuando que Alexander me protegía... de él mismo. ¿O de alguien tan cercano que la verdad destruiría el imperio Thorne?
Escuché los pasos de Marcus alejándose. Mi respiración se volvió errática. En ese momento, sentí una presencia detrás de mí. El aroma a sándalo me envolvió, pero esta vez me dio escalofríos.
—¿Qué haces aquí fuera, Elina? —la voz de Alexander era suave, pero había un filo de acero en ella.
Me giré, buscando su rostro en la negrura de mis ojos. Mi mano fue a su pecho, sintiendo el latido de su corazón, tratando de discernir si era el corazón de un protector o el de un actor consumado.
—He oído a Marcus, Alexander. Ha dicho cosas... cosas sobre el accidente.
Sentí que sus manos rodeaban mis muñecas, apartándolas de su pecho con una lentitud que me pareció eterna. Sus dedos apretaron mis huesos, no con intención de herir, sino con una intensidad que delataba su propia agitación. Me atrajo hacia él, pegando mi espalda contra su pecho, envolviéndome en un abrazo que se sentía como una jaula.
—Marcus es un parásito que busca alimentarse de tus dudas —susurró cerca de mi oído, y sentí que sus labios rozaban mi lóbulo—. No escuches lo que dice. Sus palabras son veneno diseñado para alejarte de mí.
—¿Y tú, Alexander? ¿Tus palabras son la cura o son el sedante?
Él no respondió. En su lugar, hundió el rostro en mi cuello, respirando profundamente. Una de sus manos bajó hacia mi vientre, acariciándolo a través de la tela del vestido, una caricia tan cargada de deseo y posesión que mis dudas empezaron a nublarse bajo el efecto de su magnetismo. Alexander me giró en sus brazos, obligándome a enfrentar la intensidad de su presencia.
—Esta noche —dijo, su voz volviéndose una caricia oscura—, voy a demostrarte que soy el único en quien puedes confiar. Porque soy el único que sabe exactamente lo que vales en la luz y en la sombra.
Me levantó en brazos sin previo aviso, y por un momento sentí el vértigo de la pérdida de control. Me llevó hacia la planta alta, hacia el refugio de nuestra habitación, mientras yo me aferraba a su cuello, dividida entre el miedo a la verdad que Marcus sugería y la adicción al hombre que me sostenía con tanta fuerza.