Valentina Rossi llevaba años enamorada de Alexander Beaumont.
En silencio sin que nadie lo supiera.
El era 4 años mayor, heredero de una familia más poderosa en New York y mejor amigo de su hermano. Inteligente, elegante e imposible de ignorar.
Pero Alexander nunca la miro, no como ella lo quería.
Hasta que apareció Sofía Ferrer.
Hermosa y perfecta, su novia.
y mientras todos admiraban la relación perfecta de Alexander, Valentina aprendía a sonreír aunque le doliera verlo amar a otra mujer.
Cómo seguirá, el la vera con otros ojos? la amara en algún momento?
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El hijo perfecto
Capítulo 4
El hijo perfecto
La oficina principal de los Beaumont ocupaba el último piso de una de las torres más importantes de Manhattan.
Vidrios enormes.
Mármol negro.
Luces frías.
Perfección absoluta.
Exactamente igual que la vida de Alexander Beaumont.
O al menos eso era lo que todos creían.
Alexander observaba la ciudad desde el ventanal mientras ajustaba lentamente los gemelos plateados de su camisa. Eran apenas las siete de la mañana y ya llevaba dos reuniones encima.
Pero el cansancio no era nada nuevo.
En su mundo, descansar nunca había sido una opción.
—Los japoneses aceptaron el acuerdo —informó su asistente entrando rápidamente a la oficina—.
Tu padre quiere cerrar la firma esta noche.
Alexander asintió sin emoción.
—Perfecto.
—También confirmó la cena benéfica del sábado.
Otra cena.
Otra noche fingiendo interés.
Otra cámara apuntándole encima.
—Bien.
La asistente dudó unos segundos antes de hablar otra vez.
—¿Necesitas algo más?
Alexander negó suavemente.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, soltó un suspiro cansado y aflojó apenas la corbata.
A veces sentía que llevaba años sin respirar correctamente.
Todo en su vida estaba planeado desde antes incluso de que pudiera decidir por sí mismo.
La universidad perfecta.
Los negocios perfectos.
La imagen perfecta.
Incluso Sofía.
Y aunque sí la amaba… a veces se preguntaba si realmente había elegido algo por cuenta propia.
El sonido de la puerta abriéndose nuevamente lo hizo girar.
Richard Beaumont entró a la oficina con la misma expresión seria de siempre.
Su padre imponía respeto apenas aparecía.
—Necesito que revises el contrato antes del mediodía.
Alexander tomó los documentos sin discutir.
—Lo haré.
Richard caminó hasta el ventanal observando Manhattan.
—Los Rossi están interesados en invertir en el proyecto de Londres.
Alexander levantó apenas la vista.
—Matteo me comentó algo.
—Bien. Quiero que mantengas esa relación estable. Esa familia nos conviene.
Alexander sintió el peso habitual detrás de aquellas palabras.
Conveniencia.
Todo giraba alrededor de eso.
Incluso las personas.
—¿Algo más? —preguntó él.
Richard lo observó unos segundos.
—Anoche te vi distraído.
Alexander frunció levemente el ceño.
—Solo estaba cansado.
—No puedes permitirte distracciones.
Ahí estaba otra vez.
La presión constante
La perfección obligatoria.
Alexander había pasado toda su vida intentando convertirse exactamente en el hombre que su padre esperaba.
Y lo había logrado.
Era exitoso.
Millonario.
Respetado.
Pero últimamente algo dentro de él comenzaba a sentirse vacío.
Richard acomodó su saco antes de salir de la oficina.
—Y no olvides que la prensa estará pendiente del anuncio de compromiso este año.
El cuerpo de Alexander se tensó apenas.
Compromiso.
Claro.
Era cuestión de tiempo.
Todo el mundo esperaba que él y Sofía Ferrer terminaran casándose.
Eran la pareja perfecta de Nueva York.
Hermosos. Poderosos. Elegantes.
Exactamente lo que las revistas adoraban mostrar.
La puerta se cerró nuevamente dejando la oficina en silencio.
Alexander pasó una mano por su rostro lentamente.
Normalmente, escuchar aquello no le provocaba dudas.
Pero últimamente… algo había cambiado.
Y sabía exactamente cuándo había empezado.
La noche en la mansión Rossi.
O más específicamente…
Valentina.
Valentina Rossi siempre había estado presente en su vida de una forma tranquila y constante.
La hermana menor de Matteo.
La chica inteligente que odiaba las fiestas igual que él.
La chica que antes corría detrás de ellos cuando eran adolescentes.
Pero ahora era diferente.
Muy diferente.
Alexander recordó la forma en que ella lo había mirado la noche anterior.
Y también recordó el vestido champán abrazando suavemente su cuerpo.
La manera en que su cabello castaño caía sobre sus hombros.
Sus ojos color miel observándolo con algo que él no había logrado descifrar completamente.
Y eso lo inquietaba más de lo que debería.
Porque jamás había mirado a Valentina de esa manera.
Hasta ahora.
El teléfono sobre el escritorio vibró.
Sofía.
Alexander respondió inmediatamente.
—Hola.
—¿Interrumpo? —preguntó ella con suavidad.
—Nunca.
La voz de Sofía siempre lograba darle cierta calma.
Ella era estable. Elegante. Segura.
Todo en la relación funcionaba perfectamente.
Entonces ¿por qué seguía pensando en otra persona?
—Mi madre quiere organizar la cena del sábado en casa —comentó Sofía—. Dice que será importante para la prensa.
Claro.
La prensa otra vez.
Alexander cerró los ojos un segundo.
—Perfecto.
Hubo un pequeño silencio del otro lado.
—¿Estás bien?
Él apoyó la cabeza contra el respaldo de la silla.
—Solo cansado.
—Deberías descansar un poco más.
Alexander sonrió apenas.
—Eso jamás pasará en esta familia.
Sofía soltó una pequeña risa.
Y aunque él realmente le tenía cariño… algo seguía sintiéndose extraño dentro de él.
Como si estuviera empezando a perder el control sobre pensamientos que no debía tener.
Esa misma noche, Alexander llegó al Penthouse Beaumont cerca de las diez.
Nueva York brillaba alrededor del edificio mientras el ascensor privado subía lentamente hasta el último piso.
Cuando las puertas se abrieron, encontró a su hermana menor sentada sobre el sofá mirando televisión.
Charlotte Beaumont levantó la vista inmediatamente.
—Wow. El heredero favorito volvió a casa.
Alexander dejó las llaves sobre la mesa.
—¿No deberías estar estudiando?
—¿No deberías estar viviendo en vez de trabajar dieciocho horas al día?
Él soltó una pequeña risa cansada.
Charlotte siempre decía exactamente lo que nadie más se atrevía.
—Papá te está destruyendo lentamente, ¿lo sabes?
Alexander abrió la nevera buscando agua.
—Exageras.
—No. Tú simplemente aprendiste a fingir que estás bien.
Las palabras quedaron flotando en el aire.
Charlotte lo observó unos segundos antes de hablar otra vez.
—Por cierto… Valentina estaba hermosa anoche.
Alexander giró lentamente la cabeza hacia ella.
—¿Y eso a qué viene?
Charlotte sonrió divertida.
—A nada.
Pero Alexander sintió algo extraño atravesándole el pecho.
Porque el problema era exactamente ese.
Que por primera vez en muchos años…
También había empezado a notarlo.