Isabella es una joven ambiciosa que lucha contra los estereotipos del mundo.
Ella se abre paso por su inteligencia, demostrando que no solo es una cara bonita. Dejando a sus enemigos con la boca abierta.
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Examen final.
El día del examen final de litigio simulado amaneció con un cielo plomizo que amenazaba tormenta sobre Westwood. La atmósfera dentro de la corte de simulación de UCLA era de una solemnidad asfixiante. Las paredes revestidas de madera oscura, las hileras de asientos de cuero y el estrado elevado donde se sentaba el jurado —presidido por el implacable Profesor Harrison y flanqueado por dos magistrados invitados del Tribunal de Apelaciones del Segundo Distrito— convertían el aula en un coliseo romano moderno.
Isabella Vance entró a la sala vistiendo un traje sastre gris grafito, con el cabello recogido en un moño bajo y tirante que acentuaba la angulosidad de su rostro. Sus ojos reflejaban una calma matemática. Llevaba bajo el brazo una sola carpeta negra, delgada y perfectamente organizada.
En el pasillo exterior, Brad Garrison exhibía su acostumbrada seguridad. Lucía un traje de tres piezas azul marino que su padre le había comprado en Savile Row para la ocasión y se ajustaba los gemelos de oro mientras hablaba en voz alta con sus aliados. El rumor que él mismo había esparcido semanas atrás flotaba en el aire; sus compañeros miraban a Isabella de reojo, asumiendo que su presencia allí era un mero trámite antes de recibir una calificación regalada.
—Muy bien, caballeros y señorita —la voz del Profesor Harrison cortó los murmullos como una cuchilla desde el estrado—. El caso de hoy es una disputa corporativa multimillonaria de derechos de propiedad intelectual y quiebra fraudulenta. Los equipos han sido asignados al azar. El señor Garrison y la señorita Vance representarán a la parte demandada. Tienen veinte minutos para exponer sus argumentos de defensa. Un solo error en la jurisprudencia y su cliente perderá diez millones de dólares, y ustedes, el semestre. Comencen.
Brad dio un paso al frente de inmediato, acaparando el estrado principal y dejando a Isabella dos pasos atrás, en la penumbra de la mesa de la defensa. Era su momento de gloria, la jugada con la que planeaba humillarla públicamente demostrando que él podía liderar el caso sin su ayuda.
—Con la venia del tribunal —comenzó Brad, proyectando una voz engolada y firme, la viva imagen de la arrogancia heredada—. Nuestra defensa se fundamenta en una estrategia sólida e inapelable. Nos remitimos a los precedentes del histórico caso de Tierras de San Fernando de 1920. Como bien estipula la jurisprudencia de dicha sentencia, el principio de preclusión impide que la parte demandante reclame activos que ya fueron liquidados en el proceso de reestructuración inicial...
Isabella se mantuvo estática, con las manos entrelazadas al frente. Observó de reojo la mesa del jurado. El Profesor Harrison se inclinó lentamente hacia adelante, apoyando los codos en el estrado. Sus cejas pobladas se juntaron y una sombra de absoluto desprecio cruzó sus ojos grises. Los dos magistrados invitados intercambiaron una mirada de incredulidad y comenzaron a anotar algo en sus libretas con trazos rápidos y violentos.
Brad, cegado por su propia soberbia y convencido de que estaba ejecutando la obra maestra que le había "robado" a Isabella en la biblioteca, elevó el tono de voz, desglosando con lujo de detalles cada uno de los puntos del esquema falso que ella había diseñado minuciosamente para él.
—...por lo tanto —concluyó Brad, esbozando una sonrisa de suficiencia hacia el público—, la doctrina San Fernando es el escudo definitivo que desestima por completo la acción de la contraparte. Dejo el resto de los tecnicismos menores en manos de mi compañera, la señorita Vance.
Un murmullo recorrió el aula. Los amigos de Brad sonreían en las gradas. Brad regresó a la mesa y, al pasar al lado de Isabella, le susurró con saña:
—A ver cómo sales de esta, muñeca. Te acabo de ganar el caso.
Isabella no le respondió. Dio un paso al frente, acomodó su carpeta negra sobre el atril con una lentitud exasperante y se ajustó el micrófono. Cuando levantó la vista, su mirada Libra era una mezcla perfecta de gracia exterior y una frialdad analítica implacable.
—Con la venia del tribunal —dijo Isabella, su voz resonando nítida, limpia, sin un solo gramo de la teatralidad barata de su compañero—. Debo comenzar esta exposición solicitando formalmente a este jurado que desestime en su totalidad la argumentación que mi colega, el señor Garrison, acaba de presentar.
El aula enmudeció. Brad se tensó en su silla, abriendo los ojos de par en par.
—¿Qué demonios estás haciendo? —siseó Brad desde la mesa, pero Isabella lo ignoró por completo.
—El señor Garrison —continuó Isabella, sosteniendo la mirada del Profesor Harrison— ha basado nuestra defensa en el caso San Fernando de 1920. Sin embargo, parece haber obviado un detalle fundamental que cualquier analista jurídico riguroso debería conocer: dicha jurisprudencia fue revocada en su totalidad por la Corte Suprema de California en el año 1974, bajo el fallo Miller contra la Comisión de Comercio. Invocar una doctrina muerta y enterrada hace más de cincuenta años no solo es una negligencia técnica grave, sino que extingue el principio de inmunidad de nuestro cliente y abre la puerta para que la contraparte nos destruya en la fase de réplica.
Brad Garrison se puso pálido. Un sudor frío comenzó a brotar de su frente. Miró desesperadamente sus notas, el teléfono donde guardaba las fotos del esquema de Isabella, y luego al jurado.
El Profesor Harrison esbozó una sonrisa macabra, una que sus alumnos rara vez veían y que usualmente precedía a una ejecución académica.
—Continúe, señorita Vance —ordenó Harrison, ignorando por completo la existencia de Brad.
—La verdadera estrategia de esta defensa —declaró Isabella, abriendo su carpeta con elegancia— no reside en la preclusión de 1920, sino en la doctrina del estoppel equitativo aplicada al derecho moderno de patentes.
Durante los siguientes quince minutos, Isabella diseccionó el caso con la precisión de un cirujano. Con una lógica fría, matemática y aplastante, citó códigos actualizados, desarmó las trampas de la quiebra fraudulenta y construyó un muro legal infranqueable. Su exposición fue tan perfecta que los dos magistrados invitados asentían con la cabeza, visiblemente impresionados por la madurez de su argumentación.
Cuando terminó, el silencio en la sala era sepulcral.
—Un trabajo magistral, señorita Vance —sentenció el magistrado del Segundo Distrito, ajustándose las gafas—. Una de las mejores defensas que he escuchado en esta facultad en la última década. En cuanto a usted, señor Garrison... presentar jurisprudencia derogada en una corte simulada es el equivalente a presentarse a un duelo con una pistola de juguete. Su calificación reflejará su absoluta falta de preparación. Están despedidos.
La sesión terminó. Los estudiantes comenzaron a abandonar el aula en un murmullo de shock. Brad Garrison se levantó de su asiento, temblando de la rabia, con las venas del cuello marcadas. Esperó a que los profesores salieran por la puerta trasera para arrinconar a Isabella junto al estrado.
—¡Me tendiste una trampa! —rugió Brad, con la voz rota por la humillación, perdiendo por completo la compostura de caballero de Beverly Hills—. ¡Esa carpeta azul en la biblioteca... tú la dejaste ahí a propósito! Sabías que yo la iba a tomar. ¡Eres una perra manipuladora!
Varios compañeros que aún quedaban en el aula se detuvieron a mirar la escena. Isabella terminó de guardar sus hojas en la carpeta negra, cerró el cierre con un clic seco y se giró para enfrentar a Brad. No había miedo en sus ojos; solo el aburrimiento de quien ha jugado contra un rival demasiado predecible.
—Yo no te obligué a plagiar mi trabajo, Brad —dijo Isabella, su voz sonando lo suficientemente alta para que todos en el salón la escucharan con claridad—. Yo no te obligué a pasar las últimas tres semanas inventando rumores corporativos sobre mi vida privada y mis visitas al decanato en lugar de abrir los libros de jurisprudencia.
Brad dio un paso hacia ella, con los puños cerrados, intentando usar su físico para intimidarla.
—¡Voy a hablar con mi padre! ¡Su bufete financia la mitad de las becas de esta escuela! Te voy a destruir la carrera antes de que consigas el título, Vance. Nadie se burla de un Garrison. Solo ganaste porque le caíste bien al jurado con esa sonrisita tuya.
Isabella se acercó a él. La diferencia de estatura no importaba; la autoridad moral y mental que proyectaba lo hizo retroceder un milímetro de manera involuntaria. Ella se inclinó sutilmente hacia su oído, manteniendo esa mirada de hielo analítico que había forjado desde su infancia en Pasadena.
—Tu padre no puede comprar la Corte Suprema de California, Brad. Y tampoco puede comprar las neuronas que te hacen falta. Me pasé tres semanas estudiando las notas al pie de página del archivo histórico para diseñar el cebo perfecto para ti. Sabía exactamente que tu flojera te llevaría a robarte lo primero que encontraras. Tú pasaste el semestre intentando reducir mi inteligencia a un favor sexual porque tu frágil ego masculino no podía aceptar que una mujer te barriera en la curva de calificaciones.
Isabella se enderezó, se colgó el bolso de diseñador en el hombro y miró a los compañeros que observaban desde las gradas. El rumor de Brad Garrison se había disuelto en ese mismo instante, aplastado por la cruda realidad de la incompetencia de Brad y el genio indiscutible de Isabella.
—Esa es la diferencia entre tú y yo, Brad —concluyó Isabella con una sonrisa gélida y perfecta—. Tú juegas a la política de pasillo; yo juego ajedrez corporativo. Disfruta tu recursamiento.
Isabella Vance caminó hacia la salida de la corte, sus tacones resonando con un eco firme y triunfal sobre el suelo de madera. Al cruzar el umbral hacia el pasillo, sintió el aire fresco de la tarde en Westwood. Había limpiado el tablero en la universidad, pero sabía que esto era solo el campamento de entrenamiento. El verdadero mundo exterior, el de los rascacielos del centro de Los Ángeles y los tiburones de la ley de verdad, la estaba esperando. Y ella estaba más que lista para conquistarlo.