Natalia Harrison vivía feliz en su mundo perfecto, siendo la hija menor y consentida de una poderosa familia de Manchester. Rodeada de lujos y protegida por reglas estrictas, nunca había tenido que enfrentarse a las consecuencias reales de sus decisiones.
Pero todo cambia cuando, tras una pelea con su novio, comete un error impulsivo con Alejandro Foster, el joven y enigmático socio de su padre. Lo que parecía un simple desliz se convierte en un secreto imposible de ocultar.
Cuando descubre que está embarazada, su mundo se derrumba: su familia le da la espalda, y Alejandro, atado por su propia realidad, no puede estar a su lado. Natalia tendrá que enfrentarse sola a una verdad que lo cambia todo, dejando atrás la vida perfecta que alguna vez creyó tener.
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Capítulo 1: La hija perfecta
La mansión Harrison, ubicada en las afueras de Manchester, siempre parecía sacada de una postal. Sus jardines impecables, las altas ventanas de estilo victoriano y el aroma a té recién preparado y rosas frescas creaban una atmósfera de eterna armonía. Esa tarde de primavera no era la excepción.
En el amplio salón principal, la familia Harrison se encontraba reunida celebrando el primer mes de vida de la pequeña Emma, la hija de Lia, la mayor de los hermanos.
—¡Mira cómo sonríe! —exclamó Lia con orgullo, meciendo suavemente a su bebé en brazos—. Es idéntica a su padre.
Arthur, el único varón de la familia, soltó una carcajada mientras intentaba controlar a sus dos hijos, de cuatro y seis años, que corrían entre los muebles como pequeños terremotos.
—Emma ya tiene mejor comportamiento que estos dos salvajes —bromeó, revolviendo el cabello rubio de su hijo menor—. ¡Henry, deja de subarte al sofá!
Natalia Harrison, sentada en el sillón junto a la ventana, observaba la escena con una sonrisa dulce. Con sus veintiún años, era la menor de los tres hermanos por una amplia diferencia: catorce años menor que Lia y doce menor que Arthur. Había llegado a la familia como una sorpresa inesperada, y por eso mismo, era la consentida de todos, especialmente de su padre.
Ernesto Harrison, un hombre alto, de cabello canoso y mirada autoritaria pero cariñosa, se acercó a ella y le besó la frente.
—Mi pequeña luz —dijo con ternura—. ¿Cómo va la universidad? ¿Ya terminaste ese proyecto de diseño que tanto te preocupaba?
Natalia levantó la mirada, sus ojos azules brillando con entusiasmo. Su cabello rubio caía en suaves ondas sobre sus hombros.
— Casi listo, papá. Solo me falta pulir los detalles del interior. La profesora dijo que tengo muy buen ojo para los espacios habitables.
—Esa es mi hija —respondió Ernesto con evidente orgullo—. Brillante, obediente y con talento. No podrías hacerme más feliz.
Clara Harrison, su madre, una mujer elegante y de modales impecables, entró en ese momento con una bandeja de té y galletas.
—Vamos, todos a la mesa. No quiero que se enfríe el Earl Grey.
Mientras la familia se acomodaba, Natalia sintió su teléfono vibrar en el bolsillo. Era un mensaje de Steven:
Steven: “Nena, ¿nos vemos esta noche? Mis padres no están. Podríamos estar solos… de verdad. Te extraño.”
Natalia se mordió el labio inferior, nerviosa. Steven Parker era su primer novio. Llevaban cuatro meses juntos y, aunque al principio todo había sido romántico y tierno, últimamente él insistía cada vez más en dar “el siguiente paso”. Ella, sin embargo, no se sentía preparada.
Después de la cena, cuando los niños ya estaban en la cama y Lia y Arthur se habían marchado a sus respectivas casas, Natalia ayudó a su madre a recoger la cocina. Era el momento que había estado esperando.
—Mamá… —comenzó con voz suave—, ¿puedo preguntarte algo?
Clara secó sus manos con un paño blanco y la miró con esa expresión serena que siempre tenía.
—Claro, cariño. ¿Qué ocurre?
Natalia jugueteó con el borde de su suéter crema, sin atreverse a mirarla directamente a los ojos.
—Es sobre Steven… Llevamos cuatro meses juntos y él… quiere que nosotros… ya sabes… tengamos relaciones íntimas.
El silencio que siguió fue incómodo. Clara suspiró profundamente y colocó una mano sobre la encimera.
—Natalia, ya hemos hablado de esto.
—Lo sé, mamá, pero tengo veintiún años. Todas mis amigas ya lo han hecho y Steven dice que si realmente lo quiero, debería…
—No —la interrumpió Clara con firmeza, aunque su voz seguía siendo suave—. Eso es algo que solo debe suceder dentro del matrimonio, Natalia. Eres joven, hermosa e inteligente. No necesitas correr. Steven debe respetarte. Si realmente te quiere, esperará.
—Pero mamá… —Natalia levantó la mirada, frustrada—. No sé nada de estas cosas. Steven es mi primer novio. ¿Cómo se supone que sepa qué es lo correcto? A veces me siento tonta por no saber…
Clara se acercó y tomó el rostro de su hija entre sus manos con delicadeza.
—Precisamente por eso, mi niña. Eres pura. Eres nuestra luz. No dejes que nadie te presione a convertirte en algo que no estás lista para ser. El matrimonio es el lugar donde una mujer se entrega por completo. No antes.
Natalia bajó la mirada, sintiéndose más confundida que antes. Quería creer en las palabras de su madre, pero también sentía la presión de Steven y el miedo a perderlo. Era su primer amor, y la idea de decepcionarlo la angustiaba.
Esa noche, en su habitación de tonos pastel y muebles blancos, Natalia se sentó frente al espejo de su tocador. Se miró fijamente, observando su rostro inocente, sus mejillas sonrosadas y esos ojos azules llenos de dudas.
—Solo quiero ser feliz… —susurró para sí misma.
Su teléfono volvió a vibrar. Otro mensaje de Steven:
Steven: “¿Entonces? ¿Esta noche sí o no? No puedo seguir esperando forever, Nat.”
Natalia cerró los ojos con fuerza. No respondió.
A la mañana siguiente, mientras desayunaba con su padre, Ernesto comentó casualmente:
—Por cierto, este fin de semana vendrá Alejandro Foster, mi nuevo socio. Se quedará unos días en casa mientras cerramos unos asuntos importantes de la empresa. Quiero que seas amable con él, Natalia. Es un hombre joven, brillante y muy profesional.
—¿Joven? —preguntó ella con curiosidad.
—Treinta y dos años. Muy diferente a los socios de siempre. Ya verás.
Natalia solo asintió, sin imaginar que esa visita cambiaría su vida para siempre.