Anna es la definición de pragmatismo. Aceptó casarse con un extraño hace tres años solo para cumplir el deseo de su abuela, bajo la condición de que cada uno viviera su vida por separado. Para ella, David es solo un nombre en un acta de matrimonio y una transferencia mensual. David, por su parte, es un titán de los negocios, un hombre cuya posesividad solo es superada por su hermetismo; para él, Anna es un "trámite" lejano que vive en otra ciudad... o eso creía.
Todo cambia en una noche de copas y luces de neón. En una exclusiva discoteca, dos desconocidos se atraen magnéticamente. Anna, decidida a dejar de ser la "esposa de papel", se entrega por primera vez a un extraño de ojos gélidos y manos posesivas. David queda obsesionado con la mujer que desapareció al amanecer
El enredo estalla cuando David decide que esa "desconocida" debe ser suya, sin saber que ya lo es legalmente
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capitulo 9
El aire en el vestidor de Anna era denso, saturado por el aroma de una fragancia que no era la suya habitual. Había elegido un perfume de sándalo y ámbar, algo amaderado y maduro, buscando enterrar bajo capas de sofisticación el rastro de jazmín que aún creía sentir en sus poros. Sus manos, siempre precisas al ejecutar órdenes de compra multimillonarias, temblaron levemente mientras abrochaba el cierre de su vestido.
Había seleccionado una pieza de alta costura en azul medianoche, un tono tan oscuro que rozaba el luto. El corte era impecable: cuello alto, mangas largas y una falda que caía con un peso arquitectónico hasta el suelo. Era elegante, sobrio y, sobre todo, una armadura. No había ni un centímetro de piel expuesta que pudiera traicionarla. Ocultaba las marcas invisibles que los dedos de David habían dejado en su cadera y el rubor que subía por su cuello cada vez que cerraba los ojos y recordaba el calor de la suite.
—Analítica. Práctica. Invisible —susurró frente al espejo.
Se aplicó una capa de labial color nude, borrando la carnosidad natural de sus labios. Recogió su cabello en un moño bajo, tan tirante que le tensaba las sienes. Quería verse como la "esposa de papel" que David esperaba: una mujer sin rostro, un trámite legal con tacones. Sin embargo, su pulso, desbocado contra la seda del vestido, contaba una historia diferente. El pánico analítico de los últimos días se había transformado en una tensión eléctrica. Sabía que hoy, finalmente, el contrato cobraría vida propia.
A kilómetros de allí, el Bentley negro de David se deslizaba hacia la mansión ancestral de los Bianchi. En el asiento trasero, David aflojó su corbata con un gesto de hastío puro. Su mente era un campo de batalla. Llevaba setenta y dos horas sin dormir más de tres horas seguidas, consumido por la búsqueda de la "extraña del vestido esmeralda". Cada mujer que veía en la calle le parecía un eco de ella; cada perfume en el ascensor de su oficina le recordaba el jazmín que lo perseguía.
—Maldita sea —gruñó, golpeando el reposabrazos de cuero.
Sentía una irritación visceral por tener que asistir a esta cena. Despreciaba la idea de perder una noche de búsqueda por cumplir con el capricho de las abuelas. En su mente, su esposa —esa Anna a la que nunca se había molestado en mirar— era un obstáculo, una mujer interesada que seguramente estaría ensayando su mejor sonrisa hipócrita para asegurar su herencia. La imaginaba como una figura descolorida, una extensión de los muebles de la mansión.
—Señor, estamos llegando —anunció el chofer.
David guardó en el bolsillo de su chaleco la perla de platino que había encontrado en la suite. El contacto del metal frío contra sus dedos era lo único que lo mantenía anclado. Se prometió a sí mismo que cumpliría con el protocolo, saludaría a la "esposa aburrida" con la cortesía mínima y se marcharía en cuanto el primer brindis terminara. Su posesividad estaba reservada para la mujer que huyó, no para la que compró con un contrato.
La mansión Bianchi se erguía como un monumento al exceso y la tradición. Luces cálidas bañaban la piedra antigua, y el personal de servicio se movía con una eficiencia silenciosa. Anna llegó primero. Caminó por el gran salón, sintiendo que sus tacones resonaban como disparos sobre el mármol. Elena y Beatriz, las abuelas, ya estaban allí, entronizadas en sillones de terciopelo, observándola con ojos de halcón.
—Estás impecable, Anna —dijo Beatriz, su abuela, evaluando el vestido azul—. Quizás demasiado sobria, pero proyectas la estabilidad que los accionistas necesitan.
—No estoy aquí para brillar, abuela. Estoy aquí para cumplir un contrato —respondió Anna, su voz proyectando una frialdad que usaba como escudo. Se situó cerca de la chimenea, manteniendo la espalda recta, sintiendo el calor del fuego en sus piernas mientras sus manos permanecían frías.
De repente, el ambiente cambió. El aire pareció succionarse hacia la entrada del salón. Anna no necesitó girarse para saber quién había llegado. La presencia de David era una onda de choque física; el mismo magnetismo brutal que la había desarmado en la discoteca ahora invadía el espacio de la mansión. Su cuerpo reaccionó antes que su mente: sus pezones se tensaron bajo la tela del vestido y un escalofrío líquido recorrió su columna.
David entró con la arrogancia de un rey que detesta su reino. No miró a nadie. Caminó directamente hacia sus abuelas, besando sus manos con una caballerosidad mecánica que no llegaba a sus ojos grises.
—He cumplido, Elena. Aquí estoy —dijo David, su voz áspera y profunda, la misma voz que le había susurrado "eres mía" hacía dos noches.
—No me saludes a mí, David —replicó Elena con una sonrisa afilada—. Saluda a tu esposa. Ha sido muy paciente esperándote estos tres años.
David soltó un suspiro de impaciencia y, con un movimiento lento y cargado de desdén, giró el cuerpo hacia la chimenea. En su mente, esperaba ver a una mujer pretenciosa y común. Estaba listo para dedicarle una mirada gélida y una frase de compromiso antes de dar la vuelta.
Anna tomó aire, llenando sus pulmones de la fragancia amaderada, y se giró lentamente. Sus ojos verdes, despojados de la máscara de la oficina, buscaron los de él.
El silencio que siguió fue absoluto. El crepitar de la leña en la chimenea sonó como una explosión.
David se quedó petrificado. Sus pupilas se dilataron hasta engullir el gris de sus iris. La perla de platino en su bolsillo pareció quemarle el muslo. Allí, frente a él, envuelta en azul medianoche y con una expresión de control absoluto, estaba la mujer que lo había vuelto loco. La mujer de la discoteca. La mujer que se le entregó con una pasión que rompió su hielo.
Anna vio cómo el color desaparecía del rostro de David, reemplazado por una palidez de shock puro. Vio la vulnerabilidad en sus ojos antes de que él lograra cerrarla. El "Día del Juicio" había llegado, y la sentencia estaba escrita en el aire denso de la mansión: el extraño de la noche era el dueño de su apellido, y la amante fugitiva era la mujer con la que estaba condenado a vivir.
La sensualidad del reconocimiento fue violenta. El deseo posesivo de David chocó con la estrategia defensiva de Anna, y en ese cruce de miradas, el contrato matrimonial se incendió para convertirse en algo mucho más peligroso: una verdad que ninguno de los dos estaba preparado para gestionar.