Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
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Capítulo 22: Cenizas en el paladar
La cocina de la mansión, un santuario de acero inoxidable y tecnología que raramente veía a sus dueños, se sentía extrañamente pequeña esa mañana. Me detuve en el umbral, observando una escena que, en cualquier otra circunstancia, me habría hecho reír. Pero hoy, solo me producía una punzada de ironía.
Damián Smirnov, el hombre que hacía temblar los puertos de Italia con una sola mirada, estaba peleándose con una sartén. Tenía la camisa arremangada, revelando los tatuajes que se entrelazaban con las cicatrices de bala en sus antebrazos, y el ceño tan fruncido que parecía estar planeando un asesinato masivo. En realidad, solo estaba intentando cocinar syrniki, esos panqueques de queso rusos que su madre le había dicho que a Eithan le encantarían.
—Se te van a quemar —dije, apoyándome en el marco de la puerta con los brazos cruzados.
Damián dio un respingo, casi tirando la espátula. Se giró para mirarme y vi una mancha de harina en su mejilla izquierda. Su mirada, siempre tan afilada, estaba nublada por una frustración que no tenía nada que ver con los negocios.
—La receta dice que el fuego debe ser medio. Está en medio —gruñó, aunque su voz carecía de la autoridad habitual.
—El fuego no sabe de recetas, Damián. Tenés que sentirlo —me acerqué, no porque quisiera ayudarlo, sino porque no quería que el desayuno de mi hijo terminara siendo carbón—. Dejate de jugar al chef. Eithan no necesita un cocinero de cinco estrellas, necesita que dejes de actuar como si estuvieras en una misión de guerra cada vez que entrás a la cocina.
—Quiero que coma algo hecho por mí —admitió él, bajando la vista hacia la sartén. Su voz sonó pequeña, casi humana—. Quiero que sepa que puedo cuidar de él de formas que no impliquen armas.
Me quedé en silencio, observando cómo intentaba dar vuelta un panqueque con una torpeza casi enternecedora. Damián estaba sufriendo. Cada rechazo de Eithan, cada vez que el niño lo llamaba "señor malo", le arrancaba un pedazo de ese orgullo que tanto le había costado construir. Y aunque mi corazón seguía blindado, ver al diablo intentando ser un hombre ordinario era una forma de justicia poética.
Eithan entró corriendo a la cocina, con el oso Mishka arrastrando por el suelo. Se detuvo en seco al ver a Damián cerca de los fuegos. El niño se pegó a mi pierna de inmediato, usándome como escudo humano.
—¿Qué hace el señor malo con mi comida, mami? —preguntó con desconfianza.
Damián cerró los ojos por un segundo, asimilando el golpe. Luego, se puso en cuclillas, manteniendo una distancia que Eithan considerara segura.
—Estoy intentando hacerte algo rico, Eithan. Es una comida de donde yo vengo —dijo Damián, forzando una sonrisa que parecía más una mueca de dolor—. Se llaman syrniki. Tienen queso y miel. ¿Querés probar un pedacito?
Eithan miró la sartén y luego miró a Damián.
—No. Mami cocina mejor. Vos rompés las cosas —sentenció el nene, dándose la vuelta para jugar con su camión en el rincón.
Damián se quedó allí, arrodillado en el suelo de mármol, con la espátula en la mano y el alma en los pies. Fue una humillación silenciosa, más efectiva que cualquier insulto que yo pudiera lanzarle. Él estaba aprendiendo que en el mundo de los sentimientos, su poder no valía nada. Su dinero no podía comprar la confianza de un niño que solo conocía la verdad de la ausencia.
—Dejalo, Damián —le dije con suavidad, aunque mis palabras llevaban el filo de la realidad—. No podés forzarlo. El perdón no es un contrato que se firma. Es algo que crece, o no. Y ahora mismo, vos sos terreno seco para él.
Damián se puso de pie, apagando el fuego con un movimiento brusco. El olor a quemado empezó a llenar la habitación. Justo cuando iba a decir algo, la puerta se abrió e Igor entró a paso rápido. Su rostro estaba pálido, y la urgencia en sus ojos detuvo cualquier conversación doméstica.
—Jefe —dijo Igor, ignorándome por completo—, tenemos un problema. Un problema de los grandes.
Damián recuperó su máscara de frialdad en un segundo. La vulnerabilidad desapareció, reemplazada por el depredador que siempre fue.
—Hablá.
—Localizamos al viejo Valente —Igor me lanzó una mirada de soslayo, llena de advertencia—. No se retiró, Alessandra. Lo que te dijo tu madre sobre que estaba solo era una fachada. Ha estado reuniendo a lo que queda de los mercenarios franceses. Interceptamos una comunicación. Saben que están acá.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Mi padre. El hombre que me había dado la vida ahora estaba cazándome como a un animal, dispuesto a destruir lo único bueno que yo había creado: a mi hijo.
—¿Cuándo? —preguntó Damián, su voz volviéndose gélida.
—Pronto. Estimamos que en menos de doce horas intentarán un ataque directo a la mansión. No vienen por una charla, jefe. Vienen a "limpiar el activo". La orden de Valente fue clara: si no puede tener a su heredera de vuelta, prefiere que nadie la tenga. Ni a ella, ni al bastardo.
Esa palabra, "bastardo", hizo que Damián explotara. Agarró a Igor por la solapa de la chaqueta y lo estampó contra la pared con una fuerza brutal.
—¡Nunca vuelvas a usar esa palabra para referirte a mi hijo! —rugió Damián, sus ojos destellando con una locura asesina—. ¡A mi hijo no lo toca nadie! ¿Me escuchaste? ¡Nadie!
—Perdón, jefe... solo repetía las palabras de Valente —balbuceó Igor, recuperando el aliento cuando Damián lo soltó.
Me quedé helada, abrazando a Eithan que había empezado a llorar por los gritos. La realidad nos había alcanzado. No importaba cuántas paredes de cristal tuviera esta mansión, el odio de mi padre era un misil que buscaba nuestro centro.
Damián se giró hacia mí. Ya no era el hombre torpe que quemaba panqueques. Era el monstruo que yo recordaba, pero esta vez, ese monstruo estaba de mi lado.
—Alessandra, llevate al nene arriba. Ahora mismo —ordenó, y esta vez no discutí—. Igor, quiero a todos los hombres en posición. Cámaras térmicas activas, francotiradores en el perímetro y prepará el búnker del subsuelo. Si un solo mercenario pone un pie en el césped, quiero que su cabeza adorne la entrada.
—¿Qué vas a hacer, Damián? —pregunté, con la voz temblorosa.
Él se acercó a mí y, por primera vez, dejó que su mano rozara mi mejilla con una firmeza que me transmitió una seguridad aterradora.
—Voy a terminar lo que tu padre empezó hace tres años, Alessandra. Voy a demostrarle que meterse con un Smirnov es invitar al diablo a cenar. Y esta vez, no va a haber emboscadas que me detengan.
—¡Es mi padre! —exclamé, aunque sabía que la palabra ya no significaba nada.
—Es un hombre muerto —sentenció Damián—. Solo que todavía no se enteró.
Subí las escaleras corriendo con Eithan en brazos, escuchando cómo la mansión cobraba vida con el sonido de armas siendo cargadas y órdenes gritadas en ruso. La paz se había terminado. La tregua doméstica se había roto ante el avance de la guerra real.
Encerrada en la suite, miré a mi hijo, que ahora dormitaba agotado por el llanto, abrazando al oso de Damián. Me di cuenta de que Elena tenía razón: el niño necesitaba a su familia. Pero no por el dinero o el apellido, sino porque en un mundo donde su propio abuelo quería matarlo, solo un monstruo como Damián podía mantenerlo con vida.
El perdón seguía lejos, muy lejos. Pero mientras escuchaba el helicóptero de seguridad sobrevolando la propiedad, supe que si salíamos de esta, Damián Smirnov se habría ganado, al menos, el derecho de luchar por nosotros. La noche caía sobre Nueva York, y con ella, el olor a pólvora empezaba a ganarle la batalla al aroma de los panqueques quemados.