En la ciudad de las sombras de neón, el valor de una persona se mide por su capacidad de someter o su utilidad para ser sometida. Para Fah, la balanza siempre se había inclinado hacia lo segundo. Con su silueta andrógina, sus hombros rectos y ese corte wolf cut que le otorgaba una fortaleza visual que su corazón se negaba a sostener, Fah se había convertido en el accesorio perfecto para la crueldad. En los pasillos de la escuela, ella no era una joven con sueños; era un escudo, un cargador de bolsos caros, una billetera abierta y una dignidad pisoteada por quienes confundían su nobleza con debilidad.
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Refugio de sombras
El estruendo de los muelles fue reemplazado por el susurro del viento entre los pinos y el crujir de la madera vieja. Dará decidió que el mundo debía creer que estaban lamiéndose las heridas, cuando en realidad, se estaban fortaleciendo en el silencio.
La cabaña, una estructura imponente de piedra y cedro oculta en lo más profundo de la cordillera, era el único lugar donde la "Reina" no necesitaba corona.
Al llegar, el frío de la montaña caló hondo. Fah ayudó a Dará a bajar del vehículo, notando que la tensión en los hombros de su dueña finalmente empezaba a ceder. No había guardias, no había cámaras, no había teléfonos sonando. Solo ellas dos y el aislamiento absoluto.
Dentro de la cabaña, el fuego de la chimenea proyectaba sombras danzantes sobre las paredes. Dará se quitó la gabardina negra y se desabrochó los primeros botones de su camisa, suspirando con pesadez. Se sentó en el gran sofá de cuero frente al fuego y cerró los ojos.
Fah se quedó de pie, observándola. En la penumbra, Dará no parecía la mujer letal que ordenaba ejecuciones; parecía cansada, casi humana.
—Acércate, Fah —dijo Dará sin abrir los ojos.
Fah obedeció, arrodillándose en la alfombra de piel frente a ella. Con una timidez que volvía a aflorar ahora que no había balas de por medio, tomó las manos de Dará. Estaban frías. Comenzó a frotarlas suavemente para darles calor, un gesto de cuidado instintivo que hizo que Dará abriera los ojos.
—Arriesgaste tu vida por mí en ese puerto —susurró Dará, entrelazando sus dedos con los de Fah—. Todos dicen que me sirven, pero tú... tú te lanzaste al fuego sin mirar atrás. ¿Por qué, mascota?
Fah bajó la mirada, sintiendo el calor de la chimenea en su rostro.
—Porque antes de ti, yo no era nada. Tú no solo me diste una vida, Dará... me diste una razón para no querer soltarla. Si muero protegiéndote, al menos habré muerto siendo alguien.
Dará se inclinó hacia adelante, tomando el rostro de Fah entre sus manos. Sus pulgares acariciaron los pómulos de la joven con una lentitud que cortaba la respiración.
—No quiero que mueras por mí —dijo Dará, su voz volviéndose un murmullo posesivo—. Quiero que vivas para mí. Hay una diferencia.
Dará se levantó y guio a Fah hacia el balcón que daba al abismo de la montaña. La luna llena iluminaba los picos nevados. El frío era intenso, pero la cercanía de sus cuerpos generaba un calor abrasador. Dará se colocó detrás de Fah, rodeando su cintura con los brazos y apoyando la barbilla en su hombro, tal como lo habían hecho en el club, pero esta vez sin testigos.
—Aquí no hay mafia, no hay altos mandos, no hay enemigos —susurró Dará al oído de Fah—. Aquí solo somos la dueña y su sombra.
Fah se relajó contra el pecho de Dará, sintiendo los latidos del corazón de la mujer. En ese momento, la dinámica de "mascota" se transformó en algo mucho más profundo. No era solo obediencia; era una simbiosis.
Pasaron las horas hablando frente al fuego. Dará le contó historias de su infancia que nunca había revelado a nadie, y Fah le habló de sus dibujos y de los mundos que creaba en su cabeza para escapar de la realidad. Por primera vez, Fah no sentía que estaba sirviendo a un jefe, sino que estaba compartiendo el alma con una compañera de guerra.
—Mañana volveremos al caos —dijo Dará finalmente, mientras el fuego se consumía—. Pero esta noche, quédate así. No te muevas.
Fah se quedó dormida en los brazos de Dará, con la cabeza apoyada en su regazo, mientras la mujer acariciaba su wolf cut con una ternura casi dolorosa. En la soledad de la montaña, el pacto se había sellado para siempre: ya no era solo un contrato de protección, era una devoción que ninguna bala podría romper.