"Luna heredó una cabaña en un pueblo maldito donde vampiros, hombres lobo y la mafia se disputan el derecho a poseerla, sin saber que ella es la última Heredera de la Niebla y la única capaz de destruirlos a todos."
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CAPÍTULO 3: EL DIARIO Y LOS TRES LOBOS
La cabaña olía a memoria.
Luna permaneció con la espalda pegada a la puerta durante lo que le parecieron siglos, el papel de la carta de su abuela crujiendo entre sus dedos. Las palabras bailaban en la penumbra como brasas:
«No confíes en el vampiro. No confíes en el lobo. No confíes en el hombre del traje negro.»
—Demasiado tarde —susurró, y el eco de su propia voz le heló la nuca—. Llevo cinco minutos aquí y ya he desconfiado de tres personas que ni siquiera he conocido.
Respiró hondo. El aire sabía a ceniza fría, a madera podrida y a algo vegetal, casi dulce. Lavanda seca, sí. Pero también a incienso. A velas apagadas hace mucho tiempo.
Se obligó a soltar el pomo de la puerta y a encender la linterna del móvil. La batería estaba al 34%. Por supuesto.
El haz de luz barrió la estancia principal: una cocina de piedra con horno de leña, una mesa de pino descomunal tallada con runas que no supo reconocer, un sofá de cuero descosido y, al fondo, una escalera de caracol de hierro forjado que ascendía hacia una planta superior sumida en sombras.
Y sobre la mesa, junto a un candelabro de tres brazos, el diario.
Era más pequeño de lo que imaginaba. Un volumen encuadernado en piel marrón, con las esquinas desgastadas y un cierre de latón oxidado. Lo reconoció al instante. Su abuela Margaret lo había tenido siempre en su mesilla, entre un rosario de ámbar y una foto de su difunto marido.
Luna lo había visto mil veces. Pero nunca lo había abierto.
Hasta ahora.
Sus dedos temblaron al desabrochar el cierre. El cuero gimió al doblarse la tapa. La primera página estaba en blanco, salvo una fecha escrita con tinta negra:
"Cresta Negra, 12 de octubre de 1954."
Debajo, una letra menuda y perfecta decía:
"He llegado hoy. El valle huele a azufre y a traición. El vampiro me ha ofrecido su mansión. El lobo, su caza. El hombre del traje negro, su protección. Les he dicho que no a los tres. Ahora me miran como si fuera un trozo de carne en un plato. No saben que yo también tengo dientes."
Luna pasó la página con la respiración contenida. Y entonces oyó el primer ruido.
No venía de fuera.
Venía de dentro. De la pared.
Toc. Toc. Toc.
Tres golpes secos, pausados, como si alguien estuviera llamando desde el otro lado de la piedra.
Luna alzó la cabeza. La linterna del móvil tembló en su mano.
Toc. Toc. Toc.
Procedían de la chimenea.
—No —musitó—. No, no, no.
El sonido cesó. El silencio regresó, más denso que antes, más pesado. Y en ese silencio, algo rozó el cristal de la ventana de la cocina.
Luna giró sobre sus talones.
Una cara la miraba desde el otro lado del vidrio.
Era una cara joven, de rasgos afilados y piel blanca como el papel de calcar. Pelo negro azabache peinado hacia atrás con gomina. Ojos del color del bourbon viejo. Vestía un traje negro de tres piezas, impecable, ni una arruga. Y sonreía.
Luna no gritó. No pudo. El aire se le quedó atascado en la garganta como un anzuelo.
El hombre alzó una mano y llamó a la puerta principal. Tres golpes. Los mismos tres golpes que había oído en la pared.
—Señorita Luna —dijo desde el otro lado de la madera, con una voz aterciopelada, acariciante, demasiado perfecta para ser humana—. Soy Viktor Volkov. Su vecino más cercano. He venido a darle la bienvenida al valle.
Su vecino más cercano. El vampiro. El Primogénito de la Sangre.
Las palabras de Margaret resonaron en su cabeza: «No confíes en el vampiro, aunque te ofrezca su sangre.»
Luna cerró el diario con un golpe seco, lo apretó contra el pecho y caminó hacia la puerta con las piernas temblorosas. Pero no abrió.
—Se equivoca —dijo, pegando los labios a la madera—. No soy la señorita Luna. Soy Luna a secas. Y no he llamado a nadie.
Del otro lado, una risa baja. No burlona. Peor. Complacida.
—Todas las Herederas dicen lo mismo al principio. ¿Me permite pasar? La noche es fría y su chimenea lleva treinta años sin encenderse.
—No.
La risa se cortó. Hubo un silencio tan tenso que Luna oyó cómo la madera de la puerta crujía bajo la presión de algo.
—Está bien —dijo Viktor al fin, y su voz había perdido el terciopelo. Ahora sonaba metálica, antigua, peligrosa—. Pero tenga cuidado, Luna a secas. En este valle, decir «no» a la persona equivocada puede costarle más que una noche de frío.
Oyó pasos alejándose por el porche. Y luego nada.
Esperó treinta segundos. Un minuto. Dos.
Abrió la puerta un par de centímetros, solo lo suficiente para asomar un ojo.
El porche estaba vacío.
Pero en el quinto escalón, justo donde había estado la figura en el claro, había algo. Un ramo de flores blancas, atado con un lazo de terciopelo negro. Lirios. Y una tarjeta.
Luna salió, cogió el ramo con dos dedos como si fuera un animal muerto y leyó la tarjeta. La letra era manuscrita, elegante, con una caligrafía de otro siglo:
«Bienvenida a casa, Heredera. Espero que cambies de opinión. —V.V.»
Devolvió el ramo al escalón como si quemara, cerró la puerta con doble vuelta y echó el pestillo de hierro. Luego corrió a la ventana de la cocina y aseguró también esa.
El corazón le golpeaba las costillas como un pájaro enjaulado.
—Vale —dijo en voz alta, solo para oírse a sí misma—. El vampiro sabe mi nombre, sabe que soy Heredera de algo y me ha traído flores. Perfecto. Solo me falta que aparezca...
UUUUUH.
El aullido llegó desde el bosque. Largo, grave, gutural. No era un perro. No era un lobo normal.
Era algo que quería que ella supiera exactamente lo que era.
Luna se quedó helada junto a la ventana, el diario de Margaret pegado al pecho como un escudo. Y entonces vio el segundo par de ojos.
No en la ventana. En el espejo del recibidor.
Dos ojos dorados, brillando en la penumbra, reflejados detrás de ella.
Se giró con un grito ahogado, la espalda contra la pared, las manos temblorosas buscando algo —cualquier cosa— que pudiera servir de arma.
Pero no había nadie.
El espejo mostraba la estancia vacía. La cocina, la mesa, la escalera. Todo igual.
Todo excepto una cosa: sobre la mesa de pino, junto al diario, había una pluma de cuervo negra, húmeda, recién arrancada.
Luna no había oído entrar a nadie. No había oído la puerta. No había oído un solo paso.
Pero la pluma estaba allí.
Y en el cuarto de baño, alguien acababa de abrir el grifo.
—No —susurró, moviendo la cabeza—. Esto no está pasando. Esto es una crisis nerviosa. Es la conducción. Es el estrés. Es la...
El grifo se cerró solo.
Un instante después, el olor llegó. No era el perfume barato del vampiro. No era el frío metálico del bosque.
Era hombre. Era sudor, gasolina, cuero mojado y algo animal. Algo que la miró desde las escaleras.
—Buenas noches, señorita —dijo una voz ronca, rota por miles de cigarrillos y aún más batallas—. Soy Alec Sterling. Alfa de la Sierra.
Luna alzó la mirada.
El hombre del torso desnudo estaba apoyado contra la barandilla de hierro, con los brazos cruzados sobre el pecho. Pelo color miel revuelto, mandíbulal cuadrada, cicatriz fina en la ceja izquierda. Y ojos que cambiaban de dorado a ámbar quemado según la luz.
No tenía zapatos. No tenía camisa. Y en los nudillos de su mano derecha, algo rojo que no era sangre seca, pero tampoco era pintura.
—He visto las luces —dijo, como si fuera la explicación más normal del mundo—. Y he olido al chupasangre. Ha estado aquí hace menos de cinco minutos. ¿Estás bien?
Estás. No «señorita». No «Heredera».
Luna apretó el diario contra su pecho con tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon.
—¿Cómo ha entrado?
Alec arqueó una ceja. Bajó las escaleras descalzo, sin hacer ruido, y se detuvo a tres metros de ella. Justo en el límite de lo que un humano consideraría seguro.
—La puerta trasera no tenía pestillo —dijo, y su voz tenía un deje de disculpa sincera—. Lo arreglaré mañana. Pero esta noche... esta noche no deberías estar sola aquí.
—¿Por qué? —preguntó Luna, aunque ya sabía la respuesta.
Alec la miró a los ojos. Sus pupilas se dilataron un segundo, solo un segundo, y en ese instante Luna vio algo en ellos que no esperaba.
No era hambre. No era deseo.
Era miedo.
—Porque hay algo en el bosque, señorita. Algo que no es vampiro, ni lobo, ni hombre. Algo que despertó cuando tú cruzaste el cartel de Cresta Negra.
El grifo del cuarto de baño volvió a abrirse.
Y esta vez, el agua que salía era negra.