"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."
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CAPÍTULO 7: La Gala
En psicología de la motivación hay un concepto que explica por qué los seres humanos somos capaces de soportar largos períodos de incomodidad a cambio de una recompensa futura: la Gratificación Diferida. Es la capacidad de renunciar a un placer inmediato para obtener uno mayor más adelante. Los niños que resisten la tentación de comerse una nube de azúcar para recibir dos más tarde. Los estudiantes que renuncian a las fiestas universitarias para preparar oposiciones. Los escritores que pasan años escribiendo en la sombra, a las dos de la madrugada, con un gato como único testigo, soñando con un momento como este.
El Hotel Majestic de Barcelona, salón Gaudí, sábado 2 de noviembre, ocho y media de la tarde.
Yo, Valeria Núñez, doctora en Psicología Social, profesora universitaria y autora secreta (ya no tan secreta) de novelas románticas, estaba a punto de recoger el Premio Anual de Novela Romántica. Y mi capacidad de gratificación diferida, después de tantos años, estaba a punto de recibir su recompensa.
O eso creía yo.
El universo, ese sádico con sentido del humor, tenía otros planes.
—Estás temblando —dijo Andrés, ajustándome el tirante del vestido. Era azul medianoche, de terciopelo, con un escote lo suficientemente discreto para una académica y lo suficientemente atrevido para una novelista romántica. Un equilibrio precario que me había costado tres tardes de compras y una crisis existencial en el probador de El Corte Inglés.
—Es el aire acondicionado.
—Es noviembre. No hay aire acondicionado.
—Entonces son los nervios.
—Eso ya me cuadra más. —Sonrió. Esa sonrisa. La suya. La que ya no analizaba porque se había convertido en parte de mi paisaje emocional—. ¿Preparada?
—No.
—¿Necesitas que te recite algún pasaje de tus propios libros para darte ánimos?
—Si me recitas algo de mis propios libros, te juro que vomito sobre tus zapatos.
—Son italianos. Prefiero evitarlo.
El salón Gaudí era un derroche de modernismo catalán: columnas salomónicas, vitrales de colores, lámparas de hierro forjado que parecían sacadas de un sueño de dragones y princesas. Un escenario perfecto para una gala de novela romántica. Un escenario perfecto para que mi doble vida terminara de fusionarse en una sola.
Las mesas estaban dispuestas en semicírculo alrededor de un escenario presidido por una pantalla gigante. En ellas, editores, escritores, críticos literarios, bookstagrammers y lectores VIP que habían pagado una pequeña fortuna por asistir. Entre el público, reconocí algunas caras: Clara, mi mejor amiga, que me hacía gestos de ánimo desde la tercera fila con una copa de cava en la mano. El doctor Cifuentes, mi director de departamento, que me observaba con una sonrisa de orgullo paternal. Mi madre, en primera fila, llorando antes de que hubiera pasado nada, porque las madres son así.
Y en la mesa más cercana al escenario, reservada para "Acompañante de la Autora", Andrés. Con su traje azul marino. Con su pluma estilográfica en el bolsillo (había vuelto, por supuesto). Con sus ojos color avellana que no se apartaban de mí ni un segundo.
—Señoras y señores —la voz del presentador retumbó por los altavoces—. Bienvenidos a la Gala de Entrega del Premio Anual de Novela Romántica. Esta noche celebramos las historias que nos hacen soñar, llorar y, sobre todo, enamorarnos. Y para entregar el galardón a la obra ganadora, recibimos a la presidenta del jurado, la aclamada escritora...
El discurso de la presidenta fue un borrón. Aplausos. Más aplausos. Mi nombre pronunciado en voz alta. El foco cegador buscándome entre las mesas. Mis piernas, obedeciendo a un cerebro que había entrado en modo automático, llevándome hacia el escenario.
—V. Núñez —dijo la presidenta, tendiéndome el galardón: una estatuilla dorada con forma de libro abierto del que brotaba un corazón—. Por "Veinte Maneras de Olvidarte (Y Otras Mentiras que Nos Contamos)". Por recordarnos que el desamor también merece ser contado. Y que a veces, olvidar es la única manera de volver a empezar.
Aplausos. Fotos. Más aplausos.
Y entonces, el micro delante de mi boca. El silencio expectante del público. Mi momento.
—Buenas noches —comencé, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. Hace cinco años, escribí mi primera novela romántica a escondidas, con un gato como único testigo y el terror de que alguien en mi departamento de Psicología descubriera que la doctora Núñez escribía frases como "sus ojos eran dos océanos donde naufragar voluntariamente".
Risas entre el público. Mi madre, secándose las lágrimas con un pañuelo.
—Hoy, ese secreto ya no lo es. Y he aprendido algo en el camino: que el amor y la ciencia no son enemigos. Que el corazón tiene razones que la razón no entiende, como dijo Pascal, pero que la razón puede ayudarnos a entender por qué nos duele cuando esas razones fallan. Esta novela nació de un desamor. De un filósofo existencialista que me aplicó Refuerzo Intermitente sin saberlo. De tres años de tesis doctoral sentimental que terminaron conmigo llorando en el baño de un congreso comiendo galletas de máquina expendedora.
Más risas. Clara, desde su mesa, alzó su copa de cava en un brindis silencioso.
—Pero también nació de la certeza de que después del desamor, siempre hay un nuevo capítulo. Siempre. Aunque no lo veamos. Aunque no lo creamos. Aunque el dolor nos nuble la vista. El siguiente capítulo está ahí, esperando a ser escrito. Y a veces, llega en forma de un publicista con jersey de cachemir que lee tus novelas a escondidas y corrige las inexactitudes anatómicas de tus besos.
Silencio. Luego, un murmullo. Algunas cabezas se giraron hacia la mesa de Andrés. Él, imperturbable, me dedicó un pulgar hacia arriba apenas perceptible.
—A ese publicista —continué—, que responde al nick de MrBrightside_Ads y que ha sido mi lector más fiel durante años sin saber que leía a la misma mujer que diagnosticaba sus sesgos cognitivos en un taller corporativo, quiero dedicarle este premio. Porque sin sus comentarios a las dos de la madrugada, sin sus correcciones anatómicas, sin sus corazones rojos al final de cada capítulo, V. Núñez no sería quien es hoy. Y Valeria Núñez, probablemente, tampoco.
Aplausos. Esta vez, más largos. Más cálidos. Mi madre ya directamente sollozaba. Cifuentes asentía con orgullo. Clara me gritaba "¡Bravo!" desde su mesa.
—Y ahora —dije, respirando hondo—, si me lo permiten, me gustaría leer un pequeño fragmento del que será mi próximo libro. Se titula "Veintiuna Maneras de Enamorarte (Sin Morir en el Intento)". Y está dedicado a la persona que me enseñó que el amor no es un experimento que puedas controlar. Es un salto al vacío. Y a veces, merece la pena saltar.
Abrí el móvil, donde tenía guardado el texto. La pantalla gigante del escenario mostró el título. El público contuvo la respiración.
"A veces, el amor no es una novela que escribes. Es una que te atreves a vivir. Y a veces, el lector que creías anónimo resulta ser el protagonista que estabas esperando."
Terminé de leer. El silencio era absoluto. Luego, el estallido de aplausos lo llenó todo.
Y entonces, la pantalla gigante cambió.
El logo de Noveltoom desapareció. En su lugar, apareció un vídeo. El vídeo de Andrés. La campaña que había preparado en secreto. Imágenes de Barcelona al atardecer. El Parque Güell. El Psicoanálisis. La universidad. Y una frase final, sobre fondo negro:
"V. NÚÑEZ Y MRBRIGHTSIDE_ADS. LA HISTORIA QUE ELLA ESCRIBIÓ. LA HISTORIA QUE ELLOS VIVIERON. PRÓXIMAMENTE."
El público enloqueció. Gritos. Aplausos. Alguien gritó "¡Beso, beso!" y el resto coreó al unísono.
Andrés, desde su mesa, me miraba con una sonrisa que lo decía todo. Se levantó. Caminó hacia el escenario. Las luces lo siguieron. El público enmudeció.
—Valeria Núñez —dijo, llegando a mi lado, tomando el micro—. V. Núñez. La mujer que escribe besos anatómicamente imposibles y los vive anatómicamente perfectos. Tengo una pregunta que hacerte. Delante de todos. Sin ANOVA. Sin refuerzos intermitentes. Sin miedo.
—Andrés... —murmuré, con el corazón desbocado.
—¿Quieres escribir el resto de nuestros capítulos juntos? No como lector y escritora. No como espécimen y psicóloga. Como Andrés y Valeria. A secas.
El silencio era tan denso que podía masticarse. Trescientas personas conteniendo la respiración. Mi madre, en primera fila, a punto de desmayarse. Clara, grabándolo todo con el móvil. Cifuentes, secándose una lágrima disimuladamente.
—Trato hecho —dije, con la voz rota—. Pero con una condición.
—Usted dirá.
—Que el próximo capítulo lo escribamos sin diapositivas. Sin PowerPoint. Sin...
Un ruido en la puerta del salón me interrumpió.
Todos nos giramos.
Allí, en el umbral, con su eterna camisa negra de filósofo atormentado y una carpeta bajo el brazo, estaba Marcos Valls. Mi exnovio. El Filósofo Existencialista. El hombre que me había roto el corazón y, sin saberlo, inspirado mi novela ganadora.
—Valeria —dijo, con esa voz grave que tanto me había gustado en el pasado—. Siento interrumpir. Pero tengo algo que decir. Delante de todos. Como tú has hecho.
Andrés se tensó a mi lado. El público contuvo la respiración. Yo, simplemente, esperé.
—He leído tu novela —continuó Marcos—. Entera. Tres veces. Y tengo que reconocer algo que me ha costado meses de terapia aceptar.
—Marcos, esto no es el momento...
—Déjame terminar. Lo he ensayado. En el espejo del baño. Diez veces. —Sonrió con tristeza—. Tú me enseñaste que ensayar delante del espejo ayuda. ¿Recuerdas?
Asentí. Lo recordaba.
—Tenías razón. En todo. En el capítulo siete. En el Refuerzo Intermitente. En que te hice daño sin saberlo, o quizá sabiéndolo pero sin querer admitirlo. Y quería decirte, delante de todos, que me arrepiento. Y que me alegro de que hayas encontrado a alguien que te lea como mereces. Que te quiera como mereces. Que te bese sin corregirte las inexactitudes anatómicas.
El público soltó una risa nerviosa. Andrés relajó los hombros. Yo, simplemente, respiré.
—No vengo a pedirte nada —concluyó Marcos—. Solo a decirte que el capítulo siete de tu novela me cambió la vida. Y que ojalá algún día yo pueda escribir el mío. Con la misma valentía con la que tú has escrito el tuyo. Gracias.
Se dio la vuelta. Caminó hacia la puerta. Y desapareció.
El silencio duró cinco segundos. Luego, alguien empezó a aplaudir. Otro se sumó. Y otro. Y otro. Hasta que el salón Gaudí entero se puso en pie, ovacionando no solo a la escritora, no solo a la pareja, sino a la historia completa. Con sus heridas. Con sus cicatrices. Con sus nuevos comienzos.
Andrés me tomó de la mano.
—¿Estás bien?
—Sí —dije, y era verdad—. Creo que por primera vez en mucho tiempo, estoy bien.
—¿Bien para un beso anatómicamente plausible?
—Bien para un beso. A secas.
Nos besamos. Allí, en el escenario, con trescientas personas aplaudiendo, con mi madre llorando, con Clara gritando "¡Por fin!", con Cifuentes anotando mentalmente cómo usar todo aquello para la próxima campaña de captación de alumnos.
Y supe, con la certeza de quien ha estudiado la conducta humana durante años y ha descubierto que el amor no se estudia, se vive, que aquel no era el final de nada.
Era el principio de todo.
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Aquella noche, en mi apartamento, con Schrödinger roncando sobre la estatuilla dorada del premio y Andrés preparando pasta con atún en mi cocina (porque sí, seguía siendo el único plato que sabía hacer), abrí Noveltoom en el móvil.
Escribí el primer capítulo de "Veintiuna Maneras de Enamorarte (Sin Morir en el Intento)".
La primera línea decía:
"Siempre he pensado que las grandes historias de amor empiezan con una mirada. La mía, como casi todo en mi vida, empezó con una Rúbrica de Evaluación."
Schrödinger ronroneó. Esta vez, definitivamente, no era desprecio.
Era aprobación.