Amanda Quiroz una mujer de belleza no evidente, su cabello de rizos rubios, y su sonrisa cautivadora es capaz de suavizar el día de cualquiera. Su vida se verá envuelta en un caos con la traición de su novio, y una noche pasión con un desconocido. Y con la llegada de Sebastián a la empresa, su vida se convertirá en un verdadero caos, de la noche a la mañana.
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Cupla
Desde el primer día oficial de Sebastián Valdés en la presidencia, Amanda comprendió que su vida había entrado en una zona de riesgo silencioso, que iba más allá de lo que ella se podía imaginar.
No fue inmediato. No hubo gestos evidentes ni palabras impropias. Fue algo más inquietante: la forma en que él la observaba cuando creía que nadie más lo hacía, la manera en que su voz cambiaba apenas al pronunciar su nombre, como si cada sílaba arrastrara un recuerdo compartido que ninguno se atrevía a nombrar.
Sebastián era meticuloso. Elegante en su trato, preciso en sus decisiones, dueño de una presencia que imponía respeto sin necesidad de levantar la voz. En las reuniones, escuchaba con atención, pero cuando Amanda hablaba, su atención se volvía absoluta. No tomaba notas. No desviaba la mirada. Como si todo lo demás dejara de existir.
Ella lo notó antes que nadie.
Y eso la inquietó profundamente.
Al principio, intentó convencerse de que era paranoia, una consecuencia natural de la culpa que aún llevaba consigo. Pero los pequeños detalles comenzaron a acumularse, formando un patrón imposible de ignorar. Sebastián la llamaba a su oficina con una frecuencia que no coincidía con la de otros directivos. Le pedía su opinión incluso en temas que no requerían su intervención directa. Agradecía sus aportes con una intensidad que rozaba lo personal.
—Confío en tu criterio, Amanda —le decía—. Más de lo que imaginas.
Cada vez que pronunciaba esas palabras, ella sentía una presión en el pecho, una mezcla incómoda de reconocimiento y peligro.
Las insinuaciones nunca fueron directas. Sebastián no necesitaba ser obvio. Su inteligencia residía precisamente en lo contrario: en dejar frases suspendidas, en sonrisas que duraban un segundo más de lo necesario, en silencios que parecían cargados de intención.
Una tarde, al terminar una jornada especialmente larga, quedaron solos en la sala de juntas. La luz del atardecer teñía los ventanales de un tono dorado que hacía parecer todo irreal, como si el tiempo se hubiera ralentizado solo para ellos.
—Esa noche… —empezó él, sin mirarla directamente.
Amanda sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. —No debería importar —interrumpió, firme—. Fue un error. Y pertenece al pasado.
Sebastián giró lentamente hacia ella. Sus ojos oscuros se clavaron en los suyos con una intensidad casi física.
—Los errores —dijo— suelen revelar más de nosotros que nuestras decisiones correctas.
No se acercó. No hizo falta. La distancia entre ambos era mínima, pero el espacio emocional parecía electrificado. Amanda sostuvo su mirada sin ceder, aunque por dentro todo en ella gritaba alerta.
—No confundas las cosas —respondió—. Aquí solo somos colegas.
Él sonrió. No una sonrisa amable, sino una ladeada, consciente.
—Por supuesto —dijo—. Nunca lo haría.
Pero Amanda supo que eso era una mentira elegante.
Con el paso de las semanas, la atención de Sebastián se volvió más precisa, más personal. Recordaba detalles que ella no sabía cuándo le había contado: cómo tomaba el café, qué libros le gustaban, incluso pequeñas manías que nadie más parecía notar. A veces, al pasar junto a su escritorio, se detenía apenas unos segundos, lo suficiente para hacerla sentir observada, evaluada… La deseada de una forma que no podía nombrar sin traicionarse a sí mismo.
Amanda empezó a vivir en un estado de vigilancia constante. Cuidaba cada palabra, cada gesto, cada expresión. Sabía que un solo paso en falso podía arrastrarla a un terreno del que no saldría ilesa. No solo estaba en juego su reputación, sino algo más profundo: el control que había recuperado con tanto esfuerzo después de aquella noche.
Pero Sebastián no parecía dispuesto a retroceder.
Una noche, tras una cena corporativa, coincidieron en el estacionamiento. La lluvia caía con fuerza, golpeando el asfalto como un presagio. Sebastián le ofreció llevarla. Amanda dudó. Aceptar significaba exponerse. Negarse, levantar sospechas.
Subió al auto.
El trayecto fue silencioso al principio. Solo el sonido de la lluvia y las luces de la ciudad deslizándose sobre el parabrisas. Amanda sentía su presencia como una sombra tangible a su lado.
—No he dejado de pensar en ti —dijo él de pronto, con voz baja.
Ella giró el rostro lentamente. —Eso no es apropiado.
—No he dicho en qué sentido —respondió, con calma—. Pienso en tu ambición, en tu disciplina… en cómo finges no sentir nada.
Amanda apretó las manos sobre su bolso. —No finjo —dijo—. Aprendí.
Sebastián detuvo el auto frente a su edificio, pero no apagó el motor. —Eso es lo que me resulta más fascinante —confesó—. La forma en que te construiste a partir de la herida.
Amanda lo miró entonces, de verdad. Vio en sus ojos algo peligroso: no solo deseo, sino reconocimiento. Sebastián no quería poseerla únicamente; quería desarmarla, entenderla, llevarla hasta el límite donde ella misma dudara de sus propias reglas.
—Esto no puede continuar —dijo ella con firmeza—. No de esta forma.
Él asintió lentamente. —Nada continúa igual cuando dos personas comparten un secreto —respondió—. Solo cambia de forma.
Cuando Amanda bajó del auto, sintió que el suelo bajo sus pies era menos firme que antes. Subió a su departamento con el corazón acelerado, consciente de que había cruzado un umbral invisible.
Desde esa noche, las insinuaciones se volvieron más sutiles, pero también más constantes. Comentarios velados sobre lo bien que trabajaban juntos. Comparaciones implícitas entre ella y mujeres que habían pasado por la vida de Sebastián sin dejar huella. Invitaciones disfrazadas de reuniones laborales.
Amanda se debatía entre el rechazo y una atracción que detestaba reconocer. No era solo él. Era lo que representaba: poder, peligro, una versión de sí misma que no dependía de nadie, que no pedía permiso para desear ni para decidir.
Pero también sabía que acercarse demasiado significaba perder algo irrecuperable.
Y el viejo desgraciado disfrutando fuera del país peto pendiente de todo reprochando que su hijo insiste con la empresa.
Y todavía piensas en Amanda están enamorados aunque se niegue.
Así que no te arrepientas sigue siendo profesional lo que paso en esa habitación Amanda se queda allí.
Amanda te fuiste a desahogar a un bar y te encuentras a un chico guapo sera Sebastian el hijo brillante de tu jefe pero con un carácter insufrible veremos que pasara esa noche.
Autora te deseo éxito y mucha suerte con esta nueva novela.
Gracias.