"El Frágil Lazo de Ciela" es una historia conmovedora sobre la identidad, el perdón y la valentía de amar cuando el tiempo corre en contra. Una novela que demuestra que, a veces, para sanar el cuerpo, primero hay que reconstruir el alma.
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Capítulo 16: El hilo invisible
Capítulo 18: El Hilo Invisible
La medianoche envolvió la mansión en un manto de terciopelo oscuro. Ciela, incapaz de conciliar el sueño por el dolor sordo de su cirugía y el eco de los cristales rotos, bajó al jardín de invierno. Necesitaba aire, pero también necesitaba sentir que aún era dueña de sus pasos.
Allí, bajo la estructura de hierro y vidrio que dejaba pasar la luz de una luna pálida, encontró a Diego. Él estaba de pie, mirando hacia el bosque con los puños apretados, como un centinela que se niega a rendirse.
—Tú tampoco puedes dormir —dijo Ciela, acercándose con cuidado.
Diego se giró y su expresión se suavizó al verla. Se quitó la chaqueta y la puso sobre los hombros de ella.
—No dejo de pensar en cómo entró, Ciela. Este lugar es una fortaleza. Si Valenzuela tiene a alguien adentro, significa que no estamos tan a salvo como Beatriz cree.
Ciela se acercó más, rompiendo esa distancia de respeto que habían mantenido durante los días de hospital. Se apoyó en su pecho, escuchando el latido acelerado de su corazón.
—Tengo miedo, Diego. No por mí... ya pasé por lo peor. Tengo miedo de que este monstruo destruya lo poco que estamos reconstruyendo. Lucía, mi mamá Beatriz, incluso Elena... todos estamos pendiendo de un hilo.
Diego la rodeó con sus brazos, hundiendo el rostro en su cabello. Fue un momento de intimidad pura, un refugio en medio de la tormenta. Por un instante, no había abogados, ni secuestros, ni riñones enfermos. Solo eran dos personas tratando de sostenerse.
—No voy a dejar que te toque, Ciela. Te lo prometí en la bodega y te lo cumplo ahora. Mi vida es tuya si hace falta.
Se miraron a los ojos, y justo cuando el silencio se volvía una invitación para un beso que sellara esa promesa, el teléfono de Diego vibró violentamente en su bolsillo. Él se separó con reticencia y contestó. Al ver el número, su rostro cambió de la ternura al horror absoluto.
—¿Papá? ¿Qué pasa? —preguntó Diego, y el pánico en su voz hizo que Ciela se enderezara de golpe.
Al otro lado de la línea, la voz de su padre temblaba.
—Diego... hijo, unos hombres entraron a la casa. No se llevaron nada, pero dejaron una nota sobre la cama de tu madre. Dicen que si no dejas de ayudar a "las primas", la próxima vez no será una nota. Y eso no es lo peor... llamé a Valeria (su exnovia) y ella está aterrada. Alguien rayó su coche con tu nombre y le enviaron fotos de nosotros cenando ayer.
Diego sintió que el mundo se le venía abajo. Valenzuela no solo estaba atacando el círculo de Ciela; estaba yendo tras su propia sangre para dejarlo solo, para obligarlo a elegir entre su familia y la mujer que amaba.
—¡Escúchame, papá! —gritó Diego, caminando de un lado a otro—. Tomen lo esencial y salgan de ahí ahora mismo. Les enviaré una dirección por mensaje. No hablen con nadie, no contesten números desconocidos. ¡Vayan ya!
Cortó la llamada y golpeó la columna de hierro del invernadero con rabia.
—¡Maldito sea! —rugió—. Está usando a mis padres. Está usando a Valeria. Quiere que me aleje de ti, Ciela.
Ciela lo tomó de las manos, sus propios ojos llenos de lágrimas. El drama familiar acababa de expandirse, devorando a los inocentes que no tenían nada que ver con los pecados de los padres de Ciela o la obsesión de Valenzuela.
—Diego, si tienes que irte para protegerlos, yo entenderé —susurró Ciela, aunque el alma se le partía al decirlo.
—No —respondió él, con una mirada gélida que Ciela nunca le había visto—. Eso es exactamente lo que él quiere. Quiere que nos dividamos para cazarnos uno por uno. Mis padres estarán a salvo en el refugio que Miriam me mencionó, pero esto se acaba ahora. Valenzuela ha cruzado la última línea.
Mientras tanto, en el piso de arriba, Elena observaba la escena desde el balcón, consumida por los celos al ver el apoyo incondicional de Diego hacia Ciela, pero también por un miedo creciente. Había escuchado parte de la conversación y sabía que el círculo se cerraba. Entró a su habitación y vio que sobre su almohada faltaba su collar de perlas favorito, el que Roberto le regaló cuando adoptaron a Ciela. En su lugar, había una pequeña llave de latón que ella no reconocía.
La paranoia en "La Heredad" ya no era una posibilidad; era una realidad que los estaba devorando desde adentro.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
¿La paranoia está acabando con ellos?
¿cuando Elena hablara con ciela?
¿causará Valeria problemas el paraíso de ciela y Diego?
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