La escuela está en pánico, en el pueblo pasan cosas extrañas, los padres ya no dejan salir a sus hijos, algunos murmuran sobre un animal raro, ¿un perro grande, o algo más?, nadie se atreve a decirlo en voz alta.
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Sonidos turbios
3:40 pm. Salida.
No esperé a que sonara el último timbre. Agarré mi mochila y salí antes de que Zack o Valeria intentaran rematar.
La calle estaba rara. Nublada, sin gente. Todos los demás se quedaron al entrenamiento o al chisme. Yo solo quería llegar a casa, encerrarme y ponerle hielo al orgullo.
El camino a casa eran de 15 minutos a pie. Cortaba por un lote baldío, atrás de las canchas vacías en completo silencio.
A la mitad del terreno, lo escuché.
Un gruñido. Bajo, como arrastrado.
Me paré en seco. Miré alrededor. Pura maleza, basura, un colchón viejo tirado. Nada.
Seguí caminando, más rápido. El corazón ya iba acelerado por el día, no necesitaba esto.
Otro gruñido y más cerca.
No era perro. Los perros no suenan así. Esto era gutural, roto. Como si algo estuviera... atorado.
Me giré. Nada entre los arbustos. Pero el vello de la nuca se me puso de punta. Eso nunca falla.
—¿Hay alguien ahí? —solté, y mi voz sonó chiquita.
Silencio de tres segundos.
Y luego el ruido otra vez. Esta vez fue un jadeo. Pesado. Húmedo. Y el crujido de ramas, como si algo grande se moviera sin importarle hacer ruido.
Empecé a caminar de espaldas, sin quitarle los ojos al montón de maleza de donde venía el sonido. La mochila me pesaba una tonelada.
Una rama se rompió y algo se movió.
No esperé a identificarlo.
Corrí.
Corrí como no corría desde antes de la taquicardia. Corrí sin pensar en el doctor, en el monitor, en nada. Solo sentía el aire quemándome la garganta y el ruido atrás. Arrastrándose. Siguiéndome.
Llegué a la calle, tropezándome. Un señor con su perro me miró raro. Yo ni lo saludé.
El lote baldío estaba quieto. Vacío. Como si nada.
Pero yo todavía escuchaba ese maldito gruñido en los oídos. Y el corazón no me dejaba mentir: No me lo imaginé.
Llegué a mi casa con la llave temblándome en la mano. Abrí, cerré de un portazo y le metí seguro dos veces.
Me recargué en la puerta, jadeando.
Mi papá estaba en la sala viendo la televisión. Se paró en cuanto me vio.
—¿Caroline? ¿Qué pasó? Estás blanca.
Quise contarle. Del día, de Zack, del gruñido.
Pero antes de que abriera la boca, se escuchó afuera. Lejano, pero claro.
Desde el lote baldío. Como si me hubiera seguido hasta la puerta.
Mi papá lo oyó también. Frunció el ceño y se asomó por la ventana.
—¿Qué fue eso? —Murmuró.
No supe qué contestar. Porque yo tampoco lograba identificar qué carajos era.
Y por primera vez en todo el día, Zack y la escuela me valieron madres.
Esto era otra cosa. Algo peor.
El gruñido se apagó afuera. Mi papá seguía asomado en la ventana, con el ceño fruncido.
—¿Un perro? —dijo, más para sí mismo—Sonó muy ronco.
Yo no contesté. Tenía la espalda pegada a la puerta, todavía sin aire. El corazón me iba a mil.
Un minuto pasó. Un minuto exacto.
Se escuchó la llave en la cerradura. La puerta se abrió de golpe detrás de mí y casi me caigo de espaldas.
Zack.
Entró como si nada. Intacto. Como si no hubiera pateado un bote hace dos horas en la escuela. Como si no me hubiera querido matar con la mirada después.
Mi papá se giró, tenso.
—Zack. ¿Dónde estabas?
Zack tiró la mochila en el sillón. No nos miró. Se fue directo al refri, lo abrió, sacó un jugo. Todo normal. Demasiado normal.
—Por ahí —contestó, tomando del cartón—¿Por?.
Me lo quedé viendo. ¿Por ahí? El lote baldío está a dos cuadras. Los gruñidos fueron hace un minuto. Él no pudo venirse caminando desde la escuela tan rápido. Ni en carro y menos sin haber oído lo que yo oí.
—Se escucharon ruidos —dijo mi papá, sin quitarle los ojos de encima— Como viniendo del baldío__ Agregó.
Zack cerró el refri. Por fin me miró. Y sonrió. Esa sonrisa torcida, sin gracia.
—¿Ah, sí? —dijo—Qué loco. Yo no oí nada. Y vengo caminando por ahí.
Mentira. Lo supe en ese segundo. Mentira cabrona.
—Tú no venías del baldío —le solté, sin pensar—Yo vengo de allá. Y algo me siguió. Algo grande.
Zack le dio otro trago al jugo. Despacio.
—¿Algo te siguió? —repitió, como si le pareciera chistoso—A lo mejor era un perro, Princesa. Ya sabes que te asustas fácil. Por eso terminas en el hospital.
Mi papá dio un paso al frente.
—Ya, Zack. No empieces.
Zack levantó las manos, todo inocente.
—Yo no empecé nada. Solo digo. Si mi hermanita oye gruñidos, a lo mejor es el estrés.
Me lo quedé mirando. ¿Cómo sabía lo del gruñido?.
—¿Cómo sabes que fue un gruñido? —le pregunté.
Zack se encogió de hombros y pasó por mi lado, rozándome el brazo a propósito.
—Las paredes son delgadas, Caroline —me susurró al oído para que solo yo oyera—Se escuchan muchas cosas en esta casa. Gruñidos, llanto, secretos.
Se fue escaleras arriba, azotando la puerta de su cuarto.
Mi papá y yo nos quedamos solos en la sala. Afuera, el silencio volvió.
Pero yo ya no me lo creía. Porque Zack estaba actuando raro. Porque llegó un minuto después de los gruñidos.
Algo no cuadraba. Y vivía bajo el mismo techo que nosotros.
¿Quién es Zack?
Durante la cena, el silencio era abrumador, solo el tintineo de los cubiertos contra los platos, tensos los cuatro, Angi revisaba el celular cada dos por tres, papá me miraba como si quisiera disculparse por este desastre de familia que llevábamos dos días intentando ser, cuando mi mamá llamó fue la excusa perfecta para escapar de allí.
No le conté sobre el accidente y papá tampoco, en el hospital me pidió que guardáramos el secreto, que era mejor no regresar a esa mansión donde mi padrastro me asfixiaba solo con estar.
A Zack lo tengo atravesado como corcho en la garganta, y después de lo que pasó esta tarde, ya ni sé qué pensar de él, cada vez me da más miedo.