Isabela de la Torre creció sabiendo exactamente qué papel debía cumplir. Su vida estaba trazada con precisión… hasta que conoció a Dante Belmonte. Un amor de juventud que comenzó como una conexión inesperada pronto se convirtió en algo profundo… y muy peligroso. Entre encuentros furtivos, decisiones imposibles y el peso constante de la sociedad, Isabela se enfrenta a una verdad que nadie le enseñó a manejar: a veces, amar no es suficiente. Cuando el deber y el corazón chocan, alguien siempre termina perdiendo. Años después, el destino vuelve a ponerla frente a una elección. Por un lado, Dante Belmonte, con quien sus caminos se han cruzado una y otra vez, marcados por el tiempo, el orgullo, los errores y las consecuencias de lo que nunca pudo ser. Lo que una vez fue inocente se transforma en algo más oscuro… más complejo… más real. Y tal vez… ahora sea el momento correcto. Por otro, Luca Medinaceli, un archiduque misterioso que, sin buscarlo, atrae la atención de toda la sociedad.
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Una rosa con espinas
Después de una semana de ajetreo, con las vacaciones cada vez más cerca y apenas dos meses para finalizar el curso, Isabela se sentía… inquieta.
Por un lado, la emoción de seguir aprendiendo la mantenía enfocada, casi entusiasmada.
Pero por otro… Dante.
Verlo en clases ya no sería posible.
Aún quedaban los recesos, los almuerzos, los pequeños momentos entre actividades… pero ahora, bajo la mirada curiosa de los demás alumnos, todo se volvía más complicado.
No imposible. Solo… más arriesgado.
Isabela eligió con cuidado su atuendo para ese fin de semana. Un vestido color salmón delicado, que hacía juego con unos pendientes discretos. Pidió ayuda a Lola para peinar su cabello y, al verse en el espejo… sonrió.
Le gustaba lo que veía.
Pero había algo distinto en ella.
Había mentido.
Le dijo a Lola y a Ana que pasaría la tarde en la habitación de Sofía, adelantando algunas tareas pendientes.
Una excusa sencilla. Creíble.
Pero no era verdad.
Ese fin de semana, Sofía había salido junto a Victoria y Adela a visitar algunos museos, por lo que su habitación estaría vacía.
Perfectamente vacía… y perfecta para su plan.
Aprovecharía el día.
Lo pasaría con Dante.
Cerca del lago, donde habían decidido encontrarse para un picnic.
Se despidió de Ana y de Lola con la misma calma de siempre y salió de la habitación.
Fingió avanzar hacia el pasillo donde se encontraba la habitación de Sofía, manteniendo la compostura… sin apresurarse. Solo cuando estuvo segura de que nadie la observaba, cambió de dirección.
Se dirigió hacia las escaleras que conducían fuera del piso de señoritas.
La realidad… es que estaba siendo paranoica.
El instituto estaba casi desierto.
La mayoría de los alumnos había aprovechado el fin de semana largo para salir, distraerse, desaparecer por unas horas del encierro.
Se encontró con Dante en la entrada del internado.
Él, con una galantería casi ensayada, tomó su mano y depositó un beso suave sobre ella.
Después, le ofreció una rosa roja.
Una rosa… hermosa.
Isabela la tomó con cuidado.
Pero apenas sus dedos rozaron el tallo, dio un ligero sobresalto.
—Ah…
Bajó la mirada.
Una pequeña gota de sangre comenzaba a formarse en la yema de su dedo.
Se había espinado.
Dante la observó, ligeramente confundido.
—¿Pasó algo?
Isabela negó con suavidad.
—Nada… todo está perfecto.
Acercó la rosa a su nariz, como si ese gesto pudiera justificarlo todo.
—Huele muy bien —añadió, con una pequeña sonrisa.
Dante la sostuvo unos segundos con la mirada… y luego asintió.
—¿Nos vamos?
—Vamos.
Alquilaron un carruaje en la plaza central, que los llevó hasta su destino.
No era lo que Isabela había imaginado.
—¿Un lago… para patos? —preguntó, observando a los animales que se deslizaban sobre el agua verdosa.
—Sí… —respondió Dante, frunciendo ligeramente el ceño—. Me dijeron que era buena idea.
Miró el lago con cierto recelo.
—Ya veo que no lo fue.
Isabela guardó silencio.
Decir algo amable sobre el lugar sería mentir… y él lo notaría.
—Mejor busquemos dónde sentarnos —dijo al final, con una pequeña sonrisa
Caminaron unos metros hasta encontrar un árbol grande y frondoso, cuya sombra los cubría casi por completo.
Se sentaron.
El aire era tranquilo… pero entre ellos había algo más.
Dante la observaba.
E Isabela lo notó.
—No me mires así… —murmuró, apartando la vista—. Me da pena.
—Eres hermosa —dijo él, sin rodeos.
Isabela se quedó inmóvil un segundo… y luego sonrió.
Esa simple confesión fue suficiente para que algo dentro de ella se relajara.
Hablaron.
De muchas cosas.
De todo y de nada.
Temas que tenían en común, recuerdos de la infancia, la relación con sus familias… cómo había sido su vida antes de llegar a San Valerio… y lo que esperaban del futuro.
Por momentos, el mundo parecía reducirse a ese pequeño espacio bajo el árbol.
Y por un instante… fue perfecto.
En ese momento, para Isabela, todo tenía sentido.
Se había enamorado…
Para su sorpresa, Dante abrió la cesta con cierta torpeza, como si no estuviera acostumbrado a ese tipo de cosas.
—No es… lo que imaginabas, ¿verdad? —dijo, evitando mirarla directamente.
Dentro había pan, algunas frutas y una pequeña botella de limonada. Nada elaborado. Nada especial.
Isabela negó con suavidad.
—No —admitió… y luego sonrió—. Es mejor.
Dante alzó la vista, sorprendido.
—¿Mejor?
—Sí —asintió—. Es más… real.
Comieron en silencio por unos minutos.
No era incómodo.
Era… tranquilo.
El sonido del agua, el murmullo de las hojas, el leve movimiento de los patos rompiendo la superficie del lago.
Isabela se levantó lentamente y caminó hacia la orilla.
El agua reflejaba la luz del sol de una manera irregular, casi turbia.
Aun así… era bonita.
De alguna forma.
Dante la siguió.
Se detuvo a su lado.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
—Ela… —murmuró.
Ella no respondió.
Sentía su presencia.
Su cercanía.
Su respiración.
—No quiero perder esto —dijo él.
Isabela cerró los ojos un segundo.
Lo entendía.
Ella tampoco quería perder esa conexión.
—No lo vas a perder —respondió finalmente, casi en un susurro.
Fue una promesa.
—Entonces quédate conmigo —añadió Dante, con una suavidad que apenas ocultaba el miedo detrás de sus palabras.
Isabela lo miró.
Y, por un momento… olvidó todo.
Su familia.
Su deber.
Su futuro.
Todo.
—Lo haré —dijo con sinceridad.
Se quedaron ahí unos minutos.
Sin decir mucho.
No lo necesitaban.