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AMAR LO PROHIBIDO

AMAR LO PROHIBIDO

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Posesivo / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: RENE TELLO

🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.

No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.

Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.

Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.

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CAPÍTULO 3

El olor a gardenias siempre la llevaba de regreso.

Bastó que una brisa cargada de ese perfume atravesara la ventana entreabierta de su habitación para que Kassandra dejara de contemplar el techo. El ramo que Fabián había ordenado colocar en el vestíbulo, siempre gardenias blancas, siempre el mismo mensaje silencioso de propiedad, había impregnado hasta los rincones más remotos de la mansión. Ella cerró los ojos y respiró, y de inmediato estuvo allí: dieciocho años, un vestido marfil colgado en la puerta, una casa llena de voces que no le pedían opinión.

—No es una boda, es un acuerdo que beneficia a todos—, había dicho su madre aquella mañana, sosteniendo una copa de champaña que nunca se terminaba. La luz del sol de abril entraba oblicua por los ventanales del salón, iluminando el polvo que danzaba sobre las carpetas extendidas en la mesa del estudio. —Vas a agradecerme cuando seas mayor.

Kassandra había estado de pie junto al piano, con las manos entrelazadas tan fuerte que las uñas le dejaban marcas en las palmas. El vestido de prueba le apretaba en la cintura, una premonición de todas las constricciones por venir.

—¿Agradecerte por venderme al pastor que otorgue más beneficios comerciales? —La pregunta había escapado como un hilo de voz, tembloroso, casi inaudible. —¿Eso es lo que esto es? Vendieron a su hija por un negocio más, y si me niego es alguien inocente quien paga el precio.

Su padre no la miró a los ojos. Estaba sentado tras la mesa, con el ceño tenso y los dedos manchados de tinta del contrato que acababa de firmar. Junto al ramo de gardenias, ese primer ramo, el de la transacción, descansaban dos carpetas con etiquetas impresas: Capitulaciones matrimoniales y Alianzas comerciales. Kassandra recordaba haber intentado distinguir dónde terminaba la hija y empezaba el activo, y haber fracasado.

—Lo hacemos por Soledad —dijo su padre, firme y sin titubear. Su voz tenía esa cualidad de los hombres acostumbrados a que sus decisiones no se cuestionaran. —Su vivienda, su salud que es muy cara para ti. Necesitas entender que esto es responsabilidad. Si no lo haces, todo lo que amas corre riesgo.

—No es justo —susurró ella. —Tú sí puedes pagar, solo es ajustar un poco más las cuentas. No puedo decidir sobre mi vida así.

—No se trata de ti —intervino el abogado de la familia, un hombre cuyo nombre Kassandra ya había borrado de su memoria. Se acercó con una pluma estilográfica extendida, como quien ofrece una daga con la empuñadura hacia adelante. —Solo debes firmar y cumplir lo que se acuerde. La seguridad está garantizada. Nada cambiará tu rutina. Solo te pedimos que tengas compromiso con la familia.

"Compromiso" era una palabra elegante para decir "obediencia". Kassandra pasó las páginas sin ver, el murmullo de los adultos se mezcló con un zumbido sordo que le apretaba las sienes. Pensó en decir que no. Lo pensó de verdad, con la intensidad desesperada de quien contempla un precipicio y considera saltar. Pero entonces escuchó la frase que su familia repetía desde semanas atrás, la trampa perfecta: Es por el bien de todos, especialmente de Soledad. Solo así podemos hacernos cargo de tu Nana. Sabes que su enfermedad y su vivienda es muy cara.

Soledad. Abu. La única persona que la había amado toda su vida, sin condiciones, sin transacciones.

Más tarde, en la habitación contigua, Jennifer Somerset le sostenía el vestido para la prueba final. Sus manos temblaban mientras clavaba alfileres, y Kassandra notaba el temor transferido a través de la tela.

—No tienes que hacerlo —susurró Jennifer, con la voz tan baja que apenas se distinguía del roce de la seda. —Nos vamos, ahora mismo. Yo manejo. No mires atrás.

Kassandra la abrazó con fuerza, y por un segundo creyó que podía correr. Sus piernas sabrían encontrar la calle, un bus, una salida. Una forma de proteger a su Nana. Pero ¿cómo conseguir mínimamente mil dólares mensuales? Para los negocios de su padre, una cantidad mínima. Para ella, sin respaldo, sin título universitario aún, ese que no llegó a tener porque su esposo no quiso, sin nada más que dieciocho años y un nombre que no era el suyo, una fortuna imposible.

La puerta se abrió. Su madre entró con un "es hora" que borró cualquier plan, cualquier esperanza de fuga.

Media hora después, la iglesia de San Sebastián era una estampa perfecta: vitrales que filtraban la luz en colores de sangre y oro, arreglos blancos que costaban más que el salario anual de la mayoría de los asistentes, un coro que ensayaba Ave María con la precisión de quienes nunca han conocido la desesperación. Fabián la esperaba al final del pasillo. Impecable e inaccesible, la imagen que había creado de sí mismo: traje negro que parecía tallado en obsidiana, corbata perfecta, ojos café que no revelaban nada.

Sus ojos la recorrieron como quien revisa un documento antes de firmarlo. Kassandra sintió un escalofrío que no venía del frío de la nave.

—Aprenderás rápido —murmuró él en la sacristía, antes de que comenzara el ritual. Su aliento olía a menta y poder. —No hagas preguntas. No tomes decisiones sin consultarme. Y sonríe cuando te lo pida.

No hubo tiempo para responder. Para buscar en él alguna grieta, alguna esparanza escondida bajo la armadura. La música comenzó, esa marcha nupcial que Kassandra nunca más pudo escuchar sin sentir náuseas.

Caminó sosteniendo un ramo que pesaba más que sus manos. Cada paso era un sí impuesto, una renuncia pequeña que se acumulaba como sedimento en el fondo de un río. Buscó a su padre en los bancos; él asintió con esa economía de gestos que caracterizaba a los hombres de negocios, y ella supo que de ahí nunca vendría ayuda. Buscó a Jennifer; la encontró al fondo, con la mandíbula apretada y los ojos brillando de furia contenida, de impotencia compartida.

El sacerdote habló de amor, de paciencia, de destino. Palabras hermosas convertidas en jaula, en instrumento de sujeción. Cuando llegó su turno, la garganta le ardió como si hubiera tragado vidrio. El "sí" salió tan bajo que solo ella pareció oírlo, un susurro de rendición que el aplauso de los invitados llenó de inmediato, como la espuma del mar cubre una herida en la arena.

Después vino el salón del hotel Majestic, las copas de cristal que tintineaban con la misma frecuencia de las falsas risas, las fotos donde Fabián le colocaba la mano en la cintura con presión calculada, las palmaditas en la espalda de los socios de su padre que decían "felicidades" pero significaban "bien hecho, conseguiste buen precio". Fabián se inclinó hacia ella para susurrarle al oído, con esa cordialidad que solo él podía convertir en advertencia, en marca de propiedad.

—Desde hoy, representas mi nombre—.

Kassandra supo en ese momento que no iba a ser fácil. Pero todavía no sabía cuán difícil sería esa vida, cuántas formas encontraría él para doblegarla, para convertirla en el mueble perfecto, en la esposa trofeo que sonreía a demanda y callaba a voluntad.

En el civil, le pusieron frente al acta. La pluma pesaba como una barra de plomo. La firma de Fabián ya estaba allí, impecable, sólida, definitiva: trazos anchos de quien nunca duda de su lugar en el mundo. Kassandra escribió despacio, cuidando que las letras no temblaran, que no revelaran el terremoto interior. K-a-s-s-a-n-d-r-a. Cada letra un paso hacia atrás, una celda que se cerraba.

Cuando el último trazo se unió al papel, sintió con absoluta claridad que una puerta se cerraba detrás de ella. No la puerta de la iglesia, ni la del juzgado. Algo más profundo: la puerta de sí misma, de la mujer que podría haber sido.

Seis años después, en la penumbra de su habitación, Kassandra abrió los ojos. El olor a gardenias persistía, insidioso, burlón. 

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Ana Cilia De La Cruz
por favor la continuación no me dejen en suspenso
Amelia Mirta Fernández
Creo que es más que interesante, que algo tan efímero como la ilusión, la paz interior y el ser útil, para uno misma, se está reflejando lentamente, pero con una fuerza, que comienza a crecer y le da confianza, calor humano, sensibilidad y el hecho de que si, puede. .Me encanta, y espero el resto de la historia. Dos seres perseguidos y martirizados por un energúmeno, soberbio y déspota, pueden unir fuerzas y encontrar amor, comprensión y dulzura, felicidad. Autora no me dejes con las ansias de ver a Kas y Edu, unir fuerzas y brillar con nuevas luces de esperanza . TE ESPERO. GRACIAS❤️❤️❤️❤️
Amelia Mirta Fernández
vamos que tu puedes Kassandra. vas a ser libre del tormento de ese gusano abusador y promiscuo. 😢👏👏👏👏
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