En un mundo donde la realeza no es sinónimo de inocencia, existe alguien dispuesto a romper todas las reglas.
Un misterioso cazador recorre los reinos con una misión peligrosa: encontrar y eliminar princesas. Pero no lo hace por ambición ni riqueza… sino por una verdad oculta que pocos conocen. Detrás de cada corona se esconden secretos, traiciones y poderes que podrían destruirlo todo.
A medida que avanza en su cacería, el cazador comienza a cuestionar su propósito, especialmente cuando se cruza con una princesa diferente a las demás… alguien que podría cambiarlo todo.
Entre conspiraciones, batallas y emociones prohibidas, la línea entre enemigo y aliado se vuelve cada vez más difusa.
¿Qué pasa cuando el cazador deja de ver a su presa como un objetivo… y empieza a verla como algo más?
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Conociendo al enemigo parte 2
El muchacho baja del caballo y camina hacia el frente de batalla, junto a los primeros guardias. Llevaba un atuendo largo, algo que parecía una capa, con detalles dorados que brillaban tanto como la nieve, su rostro era angelical, escupía belleza desde donde se lo mire.
–Sabemos que estás desde ayer en el bosque, oculto como una rata. Sabemos que no eres de este lugar, no fuiste engendrado por la naturaleza que te rodea– abre sus brazos intentando abarcar la enormidad del bosque–Entonces… ¿Quién eres y qué estás buscando?.
Preus escucha con cautela, intenta permanecer inmóvil mientras absorbe los sonidos del mundo sin perder de vista a la princesa. El muchacho da otro paso hacia adelante, está a unos siete metros del intruso.
–Contesta–advierte– de lo contrario…
Alza su mano izquierda.
–¡Arqueros!
Quince hombres, ubicados con precisión, alzan sus arcos y se preparan para atacar.
Quince arqueros, casi veinte soldados a espada, el muchacho peligroso, y allí, detrás de todos ellos, la princesa. Preus piensa por un momento, intenta encontrar la mejor salida, entiende que no sería pacífica, nada que involucre muerte puede ser pacífico.
Afloja los brazos, deja de contraer los músculos y observa al frente.
–¿Cómo es tu nombre, príncipe?.
El muchacho lo mira, lo desconcierta el hecho de que aquel extraño sepa su posición real, ¿como es posible si su existencia no se corresponde a ese reino?.
–¡Arqueros! –repite–. A mi señal –.
Cada arquero observa su mano en lo alto, alzan el dedo índice y señalan un punto en el cielo, la trayectoria.
Esperan el instante en el cual puedan ejecutar un ataque mortal contra el intruso.
–Preus, ¿Estás preparado para dar muerte? –, resuena la voz del maestro.
Maos era un ente divino que supo entender el equilibrio del mundo, comprender la existencia de cada molécula en él, su valor y necesidad que las rodea. Su mundo dejó de existir hace algunos años, perdió conocidos, perdió amigos, perdió a su familia. Y ahora la tierra estaba pasando por el mismo proceso de destrucción.
Preus se aferra al mango de sus hachas, la superficie fría le pone la piel de gallina, abre su boca en círculo, uno grande para abarcar más oxígeno, sus pies se hunden en la tierra para canalizar el mayor impulso posible, y con la mirada fija en la princesa, solo espera la señal.
La mano en lo alto del príncipe, las flechas que apuntan al desconocido, los guardias que adoptan pose de ataque, y la princesa, que se aferra a su corcel, estirando el pelaje del animal, como nerviosa, todos y cada uno de ellos, esperan el momento para actuar.
–¡Fuego!.
Las puntas asesinas surcan el aire en dirección al intruso, atraviesan el firmamento con la velocidad de un rayo y caen en picada. Quince flechas llegan a su destino y se hunden en la tierra del bosque. Preus ya no está allí. El príncipe abre sus ojos, estupefacto, recorre el claro con la vista temblorosa. ¿Cómo no fue atravesado?. El viento le susurrara que se mueva. Menea su cuerpo a un costado, estira el cuello hacia atrás de una forma rabiosa, como por inercia, gira la pupila de su ojo izquierdo y encuentra el filo certero de un hacha que no llega a acariciar su aterciopelada piel, sigue el recorrido de ese brazo y se topa con los ojos endiablados de Preus que pasa como un suspiro junto a él.
Uno de los guardias deja caer su espada, se arrodilla y escupe sangre. Dos más hacen lo mismo, mientras el intruso se mueve entre ellos, como un fantasma.
El príncipe entiende que podría haber muerto, respira por la boca abierta, las venas de su cuello se inflan y desinflan, su cuerpo debería estar precipitándose hacia el suelo, pero el intruso no quiso matarlo. Sus ojos tiemblan, siente miedo, está confundido, mientras escucha las armas de sus guardias caer.
– ¡Hermana!…– grita, entendiendo que el fantasma se dirigía a ella.
Preus se desliza danzante al compás del viento, su baile es elegante y sutil, la sangre brota de las heridas que deja al pasar, es rápido, es certero, pero no es mortal. Sabe dónde cortar para incapacitar. Los guardias caen, el frenesí excita sus piernas. Avanza hacia los arqueros. Ellos, con pequeñas dagas y las piernas temblorosas, no son problema para él, solo saben disparar flechas. Pasa entre ellos caminando con su cuerpo erguido, intimidante. No hace falta atacar a quien no tiene intenciones de atacarte, dice con la mirada. Y sigue, en dirección a la princesa.