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ENTRE MAREAS

ENTRE MAREAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Amor eterno / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Completa

Sofía Marchetti llegó a Puerto Sereno con dos maletas, un equipo de buceo y el corazón roto. Vino a estudiar los arrecifes de coral. A esconderse del mundo. A recordar quién era antes de que un hombre la convenciera de que no era suficiente.

Lo que no esperaba era a Andrés Villareal.

Alto, silencioso, con las manos curtidas por el mar y una mirada que no sabe mentir. Un hombre que no juega, no esconde, no promete lo que no puede cumplir. Todo lo contrario a lo que Sofía conocía.

Pero Sofía aprendió a desconfiar. Y las heridas que no se ven son las que más duelen.

Entre buceos al amanecer, noches con olor a sal y un océano que parece guardar secretos, dos personas que no buscaban nada terminarán encontrándose de la única manera que el mar permite:

Sin aviso. Sin red. Sin vuelta atrás.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8 — Valeria

El ferry de las diez llegó puntual.

Andrés estaba en el muelle desde las nueve y media. Sofía lo supo porque Val se lo dijo — con esa sonrisa suya de quien sabe todo antes que nadie — y porque cuando ella llegó al muelle a las diez menos cinco, él ya estaba ahí, parado al borde, con las manos en los bolsillos y los ojos fijos en el horizonte donde el ferry todavía era un punto blanco.

Sofía se quedó un poco atrás.

No quería interrumpir ese momento. Era de él.

Pero Andrés la escuchó llegar — o la sintió, que con él era difícil distinguir — y se giró. La vio. Y en lugar de decir nada, se corrió un paso para hacerle espacio a su lado.

Sofía se acercó.

Se quedaron los dos mirando el ferry crecer en el horizonte.

—¿Estás nervioso? — preguntó ella.

—No.

—Mentira.

Andrés no respondió. Pero algo en su mandíbula lo decía todo.

El ferry atracó con el ruido habitual de metal y agua y gaviotas.

La gente empezó a bajar — familias, turistas, pescadores — y Andrés se tensó despacio, como un resorte que se aprieta sin hacer ruido.

Y entonces apareció Valeria.

Bajó corriendo, antes que los abuelos, con las dos coletas desprolijas rebotando y una mochila de delfines casi más grande que ella, gritando una sola palabra a todo pulmón:

—¡PAPÁÁÁÁ!

Andrés se agachó justo a tiempo.

La niña llegó a él como una ola — los bracitos alrededor de su cuello, las piernas enroscadas en su cintura, la carita enterrada en su hombro — y Andrés la recibió con los brazos cerrados alrededor de ella, los ojos apretados, la cara escondida en esas coletas desprolijas.

Sofía sintió que la garganta se le cerraba.

Ese hombre grande, callado, construido de silencios y de mar — completamente deshecho por una niña de siete años que pesaba menos que su equipo de pesca.

—Te extrañé — murmuró Andrés, con una voz que Sofía no le conocía.

—Yo más — dijo Valeria, con total convicción —. Papá, traje un cangrejo.

—¿Un cangrejo vivo?

—No, de peluche. Pero es muy real. Se llama Carmelo.

Los abuelos maternos de Valeria — Don Héctor y Doña Miriam Moreno — bajaron detrás con la calma de quienes han aprendido que intentar seguirle el ritmo a esa niña es una batalla perdida.

Don Héctor era un hombre mayor, de pelo blanco y manos de trabajador, con los mismos ojos oscuros que debía haber tenido Isabella. Doña Miriam era menuda y elegante, con una sonrisa tranquila que recordaba a alguien que ha llorado mucho y ha decidido seguir de todas formas.

Saludaron a Andrés con el cariño callado de quienes comparten una pérdida y han decidido que eso los une en lugar de separarlos.

Fue Doña Miriam quien vio a Sofía primero.

La miró. Miró a Andrés. Volvió a mirar a Sofía.

Y sonrió — pequeño, discreto — de una manera que Sofía no supo si era bienvenida o evaluación.

Probablemente las dos cosas.

Valeria la descubrió diez minutos después.

Estaban caminando hacia la casa de Elena — Andrés cargando a la niña en un brazo y la maleta con el otro, los abuelos adelante — cuando Valeria giró la cabeza, vio a Sofía y se quedó mirándola con esa franqueza absoluta que solo tienen los niños y los gatos.

—¿Quién eres tú? — preguntó.

—Valeria — dijo Andrés.

—Solo pregunto, papá. — Y luego, a Sofía, con total naturalidad —: ¿Cómo te llamas?

—Sofía.

—Yo soy Valeria Villareal. — Pausa —. ¿Eres amiga de mi papá?

Sofía miró a Andrés un segundo. Él la miraba de vuelta, impasible, pero con algo en los ojos que decía tú decides.

—Sí — dijo Sofía —. Soy amiga de tu papá.

Valeria la estudió con unos ojos azules idénticos a los de Andrés — esa misma mirada directa, evaluadora, sin disimulo.

—¿Sabes nadar? — preguntó.

—Soy bióloga marina. Paso la mitad del día en el agua.

Los ojos de Valeria se abrieron enormes.

—¿Has visto tiburones?

—Varios.

—¿Y delfines?

—También.

—¿Y caballitos de mar?

—Los caballitos de mar son mi animal favorito.

Valeria se giró hacia su papá con una expresión de veredicto absolutamente inapelable.

—Me gusta — anunció.

Andrés la miró. Luego miró a Sofía.

Y esta vez la sonrisa no la pudo esconder.

La casa de Elena esa tarde era otro mundo.

Pequeña, ruidosa, llena — Valeria corriendo de un cuarto al otro enseñándole a su abuela cada cosa que había traído de las vacaciones, Don Héctor y Andrés sentados en el patio hablando en voz baja, Doña Miriam ayudando a Elena en la cocina.

Sofía se ofreció a ayudar y Elena la aceptó de inmediato — con esa manera suya de incluir a la gente que no pedía permiso.

—Ralla el queso, mijita — le dijo, poniéndole un rallador en la mano como si llevara años haciéndolo.

Sofía ralló el queso.

—¿Cómo lo ves? — preguntó Elena, de espaldas, revolviendo algo en la olla.

—¿A Andrés?

—¿A quién más?

Sofía sonrió.

—Bien — dijo —. Lo veo bien.

Elena asintió despacio.

—Hace mucho que no lo veía así — dijo, en voz baja —. Desde antes de que Isabella muriera, casi. — Pausa —. Tú tienes algo que ver con eso.

Sofía no supo qué responder.

—No soy una mujer que se meta donde no la llaman — continuó Elena, todavía de espaldas —. Pero soy su madre. Y una madre sabe. — Se giró y la miró directo, con esos ojos azules que eran la versión más cálida de los de su hijo —. Solo te pido una cosa.

—Dígame.

—No le hagas lo que ya le hicieron — dijo, simple. Sin drama, sin amenaza. Solo la verdad limpia de una mujer que ha visto a su hijo romperse una vez y no quiere verlo romperse de nuevo.

Sofía sostuvo su mirada.

—No voy a hacerlo — dijo.

Elena la estudió un momento. Luego asintió, se giró y siguió cocinando.

—Entonces ralla más queso — dijo —. Que Valeria come como si tuviera cuatro estómagos.

Esa noche, después de cenar, Valeria se quedó dormida en el sofá con Carmelo el cangrejo apretado contra el pecho antes de que llegara el postre.

Andrés la cargó al cuarto con esa delicadeza enorme que tenía para las cosas pequeñas. Sofía lo vio desde la puerta — la niña dormida en sus brazos, la carita relajada, las coletas deshojadas — y sintió algo tan profundo y tan nuevo que no supo dónde guardarlo.

Cuando Andrés salió del cuarto y cerró la puerta despacio, se encontró con Sofía en el pasillo.

Se miraron.

—Gracias por quedarte — dijo él, en voz baja para no despertar a la niña.

—Gracias por invitarme — respondió ella.

Andrés levantó la mano y le apartó el pelo de la cara — ese gesto que ya era suyo, que Sofía ya reconocía como suyo — y la besó despacio, apoyado contra la pared del pasillo, con el sonido de las voces de Elena y los abuelos llegando desde la cocina y Valeria durmiendo al otro lado de la puerta.

Un beso corto. Pero de los que pesan.

—Mañana Valeria me va a preguntar si eres mi novia — murmuró contra su boca.

—¿Y qué le vas a decir? — susurró Sofía.

Andrés se separó apenas. La miró.

—Depende de lo que tú me digas a mí primero.

Sofía sintió el calor de eso recorrerle todo el cuerpo.

—Andrés Villareal — dijo, muy despacio —. ¿Me estás pidiendo que sea tu novia en el pasillo de la casa de tu mamá?

—Sí.

—Con tu hija dormida al lado.

—También.

Una pausa.

—Qué romántico — dijo Sofía, completamente en serio.

Y Andrés — por segunda vez desde que lo conocía — se rió. De verdad. Bajo, desde el pecho, con los ojos cerrados y esa sonrisa que cuando aparecía hacía que valiera la pena todo lo que costaba sacarla.

—¿Es un sí? — preguntó.

—Es un sí — dijo Sofía.

Esa noche, caminando sola de regreso a la casa de Doña Carmen, Sofía miró el cielo lleno de estrellas sobre Puerto Sereno y pensó que hacía exactamente un mes había llegado a este pueblo con dos maletas, el corazón roto y una hoja en blanco que decía empezar de nuevo.

No imaginó que empezar de nuevo iba a tener ojos azules.

Dos pares.

Fin del Capítulo 8 ✨

1
Helizahira Cohen
Muy bonita, romántica, sencilla y corta me gusta
Helizahira Cohen
te equivocaste de nombre ella hablo de Rodrigo y apareció Ricardo, bueno un error se entiende, Andres debe calmarse es pasado
Helizahira Cohen
Esas cosas pasan mas a menudo de lo que uno cree
Helizahira Cohen
No hay comentarios, es bonita, romántica pero esta narrada bien, sigo leyendo, ojalá vean tu trabajo
Helizahira Cohen
Es bonita y la escritora es mi paisana venezolana, describe nuestro mal y menciona nuestras palabras, Cambur = banana
mailyn rodriguez
hola querido lector! tu opinión es muy importante para mi.
mailyn rodriguez
Gracias 🥰
Cliente anónimo
Es muy bonita la historia.🥰
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