Hace seis años, Tania era la esposa perfecta: dulce, paciente y profundamente enamorada. Sin embargo, en el nido de víboras que es la familia Durantt, su bondad fue tomada por debilidad. Manipulada por su suegra y víctima de una elaborada trampa orquestada por el primer amor de Nicolás, Tania fue acusada de una traición que jamás cometió. Nicolás, cegado por su arrogancia y posesividad, le entregó los papeles del divorcio y la expulsó de su vida sin darle el beneficio de la duda.
Hoy, la mujer que regresa no guarda rastro de aquella chica sumisa. Tania vuelve como una empresaria de éxito, con una mirada gélida y una fuerza física y mental capaz de derribar imperios. Su único objetivo es proteger el legado de su hijo, Nico, el heredero secreto que Nicolás nunca supo que existía. Cuando sus mundos vuelven a colisionar, Nicolás descubre que la "fiera" que él mismo despertó no está dispuesta a perdonar fácilmente, y que recuperar su amor será la batalla más difícil de su vida
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capitulo 17
El documento PDF en la pantalla de la computadora parecía emitir un calor radiactivo que quemaba las retinas de Nicolás. 99.9%. Esa cifra, fría y matemática, tenía el poder de borrar seis años de mentiras, de reescribir su genealogía y de dinamitar los cimientos de su realidad.
Nicolás se quedó petrificado en su sillón de cuero. El silencio de su despacho, usualmente un refugio de poder, se transformó en una celda asfixiante. Sus manos, apoyadas sobre el escritorio de caoba, comenzaron a temblar con una violencia que no pudo controlar. Un espasmo de risa seca y nerviosa escapó de su garganta, para ser inmediatamente sofocado por un sollozo ahogado que le desgarró el pecho.
—Es mío —susurró, y la palabra "mío" tuvo un peso sísmico—. Ese niño es un Durantt. Mi sangre. Mi hijo.
En ese instante, la psique de Nicolás se fracturó en dos fuerzas opuestas. Por un lado, una alegría primitiva y salvaje, una que nunca había experimentado, le inundó las venas. La idea de que el niño del parque, ese pequeño valiente que no lloraba al caer, era su descendiente, le dio un propósito que ninguna adquisición empresarial le había otorgado jamás. Sintió un orgullo feroz, una necesidad instintiva de correr hacia él, de cargarlo en hombros y de presentarle el mundo que, según su retorcida lógica, ahora le pertenecía por derecho de cuna.
Pero esa alegría fue rápidamente devorada por una furia incandescente.
Nicolás se puso de pie con tal brusquedad que la silla volcó hacia atrás, golpeando el suelo con un estruendo que resonó en toda la mansión. Empezó a caminar de un lado a otro, golpeando el puño contra la palma de su mano. La cara de Tania, con su calma insultante y sus ojos de hielo, apareció en su mente.
—¡Me lo ocultó! —rugió hacia las paredes vacías—. ¡Me robó sus primeros pasos! ¡Sus primeras palabras! ¡Cada maldito cumpleaños!
La sensación de traición era una herida abierta. En su mente paranoica, Tania no era la mujer que huyó para sobrevivir, sino la criminal que había secuestrado al heredero de los Durantt. Se olvidó convenientemente de la lluvia, de los gritos y de la forma en que él mismo la había desechado. En su lógica de depredador, ella había cometido el pecado imperdonable de privar al rey de su sucesor.
Caminó hacia el bar privado del despacho y se sirvió un whisky doble. Sus dedos golpeaban el cristal con impaciencia. La euforia y el odio bailaban una danza macabra en su estómago.
—Creyó que podía usarlo como un arma —siseó, bebiendo el alcohol de un trago—. Creyó que Atlas Global la protegería. No tiene ni idea de lo que soy capaz de hacer por lo que es mío.
Nicolás no esperó a que amaneciera. La necesidad de acción lo consumía como un ácido. Llamó a su abogado personal, el doctor Valerius, un hombre que no hacía preguntas y que conocía todos los recovecos oscuros del sistema legal de la ciudad.
—Quiero las órdenes de restricción, el reconocimiento de paternidad y una medida cautelar de custodia inmediata —dijo Nicolás, con una voz que era puro hielo—. No me importa cuánto cueste ni a quién tengamos que comprar. Mañana a primera hora quiero a la policía y a los servicios sociales en la puerta de ese penthouse.
—Señor Durantt, estas cosas llevan tiempo, y la señora Tania tiene una defensa legal internacional formidable... —intentó decir Valerius desde el otro lado de la línea.
—¡No me hables de tiempo! —interrumpió Nicolás, estrellando el vaso vacío contra la chimenea de mármol. El cristal estalló en mil pedazos, reflejando su propio estado mental—. Tengo el ADN. Tengo la sangre. Ella me ocultó un hijo durante cinco años. Eso es secuestro parental en cualquier parte del mundo. Hazlo ahora o buscaré a alguien que tenga el valor de cumplir mis órdenes.
Colgó sin esperar respuesta.
Se acercó a la ventana. A lo lejos, las luces del penthouse de Tania seguían encendidas, como un faro que lo desafiaba. Nicolás sintió una oleada de posesividad enferma. Ya no solo quería al niño; quería ver a Tania derrotada, de rodillas, suplicando perdón por haberle robado su tiempo. Quería que ella entendiera que nadie, absolutamente nadie, burlaba a un Durantt y salía ileso.
—Mañana se termina tu juego, Tania —sentenció, sus ojos brillando con una luz maníaca—. Mañana Nico viene a casa. Y tú vas a entender que el infierno no es un lugar, es lo que sucede cuando intentas quitarle algo a un hombre que no sabe perder.
Nicolás pasó el resto de la noche en vela, preparando una habitación que nunca había sido usada, imaginando el rostro de su hijo cuando le dijera quién era. La extraña alegría y la furia se fundieron en una obsesión ciega. El "positivo" no era solo un resultado médico; era la mecha de una bomba que Nicolás estaba listo para detonar, sin importarle que la explosión se llevara por delante la estabilidad emocional del niño o la paz de la ciudad. La guerra ya no era por empresas; ahora era por la carne y la sangre, y Nicolás Durantt estaba listo para reclamar su botín.