En la Casa Valemont, el amor es una debilidad y la sangre solo tiene valor mientras sea útil.
Seraphine Valemont, la hija menor de uno de los ducados más poderosos del reino, ha crecido rodeada de conspiraciones, rivalidades y silencios capaces de destruir familias enteras. Mientras sus hermanos luchan entre sí por poder y supervivencia bajo la mirada implacable de su padre, ella oculta un secreto que bastaría para condenarla a la hoguera: magia.
Pero sobrevivir en la nobleza exige algo peor que esconderse.
Exige aprender a manipular, mentir y convertirse en aquello que más detesta.
Mientras la aristocracia persigue brujas públicamente y las utiliza en secreto, Seraphine comenzará a construir una red clandestina de poder entre sombras, traiciones y pactos peligrosos.
Porque en la Casa Valemont, los monstruos no nacen.
Se crean.
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Cap 12. Las Mentiras Que Heredamos.
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La tormenta golpeó los ventanales con violencia.
El sonido llenó el silencio entre ellos mientras Seraphine sostenía el fragmento húmedo de papel entre los dedos.
“La hija sobrevivió.”
Las palabras parecían más pesadas ahora.
Más reales.
Cassian seguía observándola.
Esperando.
No agresivamente. Eso habría sido más fácil.
La miraba como alguien intentando decidir si estaba viendo a su hermana… o a una desconocida.
Seraphine odiaba esa mirada.
Porque significaba duda.
Y la duda dentro de aquella familia siempre terminaba convirtiéndose en peligro.
Mantuvo el rostro inmóvil.
Controlado.
—No lo sé —dijo finalmente.
Cassian no respondió enseguida.
La lluvia resonó otra vez afuera.
Él avanzó lentamente hacia la chimenea apagándose.
—Nunca preguntaste demasiado sobre tu madre.
—Porque nadie respondía nada.
La respuesta salió más fría de lo que esperaba.
Pero era verdad.
Toda su vida había estado rodeada de silencios cuidadosamente construidos.
Rumores interrumpidos cuando ella aparecía.
Sirvientes aterrados. Miradas incómodas.
Como si incluso mencionar a aquella mujer fuera peligroso.
Cassian observó las brasas moribundas.
—Padre prohibió hablar de ella.
—Eso ya lo sé.
—No entiendes.
Finalmente la miró otra vez.
—Lo prohibió incluso dentro de la familia.
Seraphine sintió un pequeño escalofrío.
Eso sí era distinto.
Los nobles ocultaban escándalos constantemente. Pero incluso ellos hablaban en privado.
El silencio absoluto significaba miedo real.
—¿Por qué? —preguntó.
Cassian dudó.
Otra vez.
Siempre dudaba antes de acercarse demasiado a la verdad.
—Cuando eras pequeña escuché a dos consejeros discutir sobre ella.
La tensión creció inmediatamente.
—¿Qué dijeron?
—Que jamás debió llegar al castillo.
El corazón de Seraphine golpeó lento.
—Eso no significa nada.
—Lo sé.
Pero sí significaba algo.
Y ambos lo entendían.
Cassian sacó lentamente otro pedazo de papel doblado desde el interior de su abrigo.
Más seco. Más antiguo.
—También encontré esto.
Ella lo tomó con cuidado.
Era parte de un registro. Una lista incompleta de nombres.
Y entre ellos:
“Lyra Morvane — transferida al ducado bajo acuerdo directo.”
Seraphine sintió el pulso acelerarse.
Transferida.
No presentada. No aceptada.
Transferida.
Como mercancía.
Como parte de un trato.
La rabia apareció rápida y silenciosa bajo su piel.
Cassian observó cómo ella leía.
—No creo que fuera una simple concubina.
Seraphine soltó una risa baja.
Sin humor.
—Qué alivio descubrir que mi madre probablemente fue traficada políticamente.
Cassian tensó apenas la mandíbula.
—No era eso lo que—
—Lo sé.
Silencio.
Ella dobló lentamente el papel.
Su mente giraba demasiado rápido.
Acuerdos. Líneas familiares. Familias protegidas.
Todo comenzaba a unirse de formas que odiaba.
Su madre no había llegado accidentalmente al castillo.
Había sido llevada.
¿Por el duque? ¿Por otra familia? ¿Como parte de qué?
Cassian habló más bajo.
—Seraphine… si alguien está buscando a “la hija”…
Ella levantó inmediatamente la vista.
—No termines esa frase.
Él guardó silencio.
Pero el pensamiento ya estaba ahí entre ambos.
La hija.
Ella.
Mierda.
Seraphine se apartó lentamente hacia la ventana.
La lluvia descendía oscura sobre los patios interiores del castillo.
Podía ver guardias moviéndose con antorchas bajo la tormenta, revisando murallas y corredores exteriores.
Parecían hormigas intentando contener algo mucho más grande que ellos.
—¿Le mostraste esto a alguien más? —preguntó.
—No.
—¿Ni siquiera a padre?
Cassian soltó una risa seca.
—Especialmente no a padre.
Eso llamó su atención inmediatamente.
Se giró hacia él.
—¿Le tienes miedo?
La pregunta quedó suspendida en el cuarto.
Cassian tardó demasiado en responder.
Finalmente habló.
—Todos le tenemos miedo.
Honestidad pura.
Brutal.
Y eso hizo que Seraphine sintiera algo incómodo en el pecho.
Porque era verdad.
Incluso Alaric. Incluso Evelyne.
Todos vivían midiendo palabras frente al duque.
Como animales criados demasiado tiempo cerca de un depredador.
Cassian volvió a acercarse lentamente.
—Necesito saber si estás en peligro.
Mala frase.
Peligrosa frase.
Seraphine sostuvo su mirada.
—Todos en este castillo estamos en peligro.
—No juegues conmigo ahora.
Eso la sorprendió apenas.
Había tensión real bajo su voz.
Preocupación real.
Y eso era exactamente lo que volvía aquella
conversación tan difícil.
Porque Cassian no parecía querer usarla.
Parecía querer protegerla.
Ella no sabía qué hacer con eso.
Nunca le habían enseñado qué hacer con preocupación genuina.
—No sé quién era realmente mi madre —dijo finalmente—. Pero si alguien me está buscando, probablemente sea por ella.
Cassian permaneció inmóvil unos segundos.
Pensando.
Analizando.
—Corvus sabía tu nombre completo.
El cuerpo de Seraphine se tensó apenas.
Mierda.
Habían evitado hablar directamente de eso hasta ahora.
—Sí.
—¿La conocías antes?
—No.
Verdad. Al menos parcialmente.
Cassian frunció ligeramente el ceño.
—Entonces ¿cómo supo quién eras?
Seraphine sostuvo su mirada sin responder.
Porque ella misma quería saberlo.
Cassian exhaló lentamente.
Agotado.
—No me gusta esto.
—Empiezo a notar que repites mucho esa frase.
Por primera vez una pequeña sonrisa cansada apareció en él.
Breve. Casi inexistente.
Pero real.
—Y tú haces bromas cuando estás incómoda.
Eso la hizo tensarse inmediatamente.
Demasiado observador.
Cassian notó el cambio y apartó la mirada apenas.
Como si entendiera que había dicho demasiado.
Silencio otra vez.
El fuego crepitó débilmente.
Entonces pasos rápidos resonaron afuera.
Ambos giraron inmediatamente hacia la puerta.
Tres golpes secos.
—Cassian.
La voz de Alaric.
Por supuesto.
Cassian abrió con visible irritación.
Alaric entró sin esperar permiso.
Empapado también por la lluvia, aunque parecía completamente indiferente al agua deslizándose por su cabello oscuro.
Sus ojos recorrieron rápidamente el cuarto.
A ellos dos. Los papeles. La tensión.
Y sonrió apenas.
—Ah. Interrumpí algo interesante.
—¿Qué quieres? —preguntó Cassian.
—Padre reunió a los capitanes en la sala de guerra.
Eso llamó la atención inmediata de ambos.
El duque rara vez utilizaba personalmente la sala de guerra dentro del castillo.
Eso significaba que la situación había escalado.
Mucho.
Alaric se acercó lentamente a la mesa.
—También encerró los archivos familiares.
Seraphine sintió un pequeño nudo en el estómago.
—¿Por qué?
—Porque está asustado.
Cassian habló inmediatamente.
—Deja de repetir eso como si fuera un descubrimiento brillante.
—Porque lo es.
Alaric tomó una copa vacía de la mesa y la giró distraídamente entre los dedos.
—Toda nuestra vida vimos al gran duque Valemont actuar como si controlara absolutamente todo. Y ahora oculta documentos, moviliza soldados y evita responder preguntas.
Su sonrisa se volvió más lenta.
Más peligrosa.
—Eso significa que alguien finalmente logró golpear donde duele.
Seraphine observó cuidadosamente a Alaric.
Había emoción real en él ahora.
No simple curiosidad.
Expectativa.
Como si estuviera viendo abrirse una puerta que llevaba años esperando.
Eso la inquietaba.
Mucho.
—¿Qué ocurrió en la sala de guerra? —preguntó Cassian.
Alaric dejó la copa.
—Un explorador desapareció.
Silencio.
La lluvia pareció intensificarse afuera.
—¿Desapareció? —repitió Seraphine.
—Encontraron el caballo. Mucha sangre. Ningún cuerpo.
Cassian maldijo en voz baja.
Alaric continuó:
—Y antes de desaparecer alcanzó a enviar un mensaje.
El segundo hijo metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo y sacó un pequeño trozo de tela húmeda.
Negra.
Con el símbolo del ojo atravesado bordado en hilo rojo oscuro.
El aire pareció enfriarse otra vez.
Seraphine sintió inmediatamente la misma sensación desagradable que había tenido cerca de Corvus.
Como si aquello estuviera conectado a algo mucho más grande.
—¿Solo eso? —preguntó Cassian.
—No.
Alaric sonrió apenas.
—El explorador escribió algo antes de morir.
Cassian dio un paso adelante.
—¿Qué escribió?
Alaric lo observó unos segundos.
Disfrutando demasiado la tensión.
Luego respondió:
—“Ya despertó.”
Silencio absoluto.
Seraphine sintió el corazón golpeando demasiado fuerte.
Porque aquella frase no sonaba como amenaza militar.
Sonaba personal.
Específica.
Y peor: sonaba como si hablaran de una persona.
Cassian pasó lentamente una mano por su rostro.
—¿Qué demonios significa eso?
—No lo sé —dijo Alaric—. Pero claramente alguien cree que estamos entrando en la parte divertida de la historia.
Seraphine cerró lentamente los dedos alrededor del papel de su madre.
“La hija sobrevivió.”
“Ya despertó.”
No podía ser coincidencia.
No después de todo.
Mierda.
Cassian comenzó a caminar por la habitación.
Tenso.
Pensando rápido.
—Necesitamos entender quiénes son.
—Corvus sabe más —dijo Seraphine antes de poder detenerse.
Ambos hermanos la miraron inmediatamente.
Error.
Alaric sonrió apenas.
—Interesante que la menciones primero.
Seraphine mantuvo el rostro inmóvil.
—Es la única persona que apareció directamente relacionada con esto.
Cassian asintió lentamente.
—Tiene razón.
Alaric siguió observándola unos segundos más antes de apartar la mirada.
Como si archivara mentalmente algo.
Peligroso.
Muy peligroso.
—La pregunta es cómo encontrarla —murmuró Cassian.
—Quizá ella nos encuentre primero —dijo Alaric.
Y justo después…
Tres golpes suaves resonaron en la ventana.
Los tres se congelaron.
El sonido no provenía de la puerta.
Venía del cristal.
Seraphine giró lentamente.
La lluvia descendía pesada sobre el vidrio oscuro.
Nada visible.
Otro golpe.
Más fuerte.
Cassian avanzó inmediatamente hacia la ventana mientras Alaric llevaba instintivamente una mano hacia la daga en su cinturón.
Seraphine sintió el pulso acelerarse.
Cassian abrió apenas el seguro del ventanal.
El viento frío irrumpió inmediatamente en el cuarto.
Y algo cayó al suelo de piedra.
Un pequeño cilindro negro.
Cassian lo recogió rápidamente mientras cerraba la ventana.
Los tres observaron el objeto.
Era un tubo metálico sellado con cera roja.
El símbolo del ojo atravesado estaba grabado sobre la superficie.
Alaric sonrió lentamente.
—Bueno… eso sí es dramático.
Cassian rompió el sello.
Dentro había una nota doblada.
Muy pequeña.
La abrió cuidadosamente.
Y por primera vez desde que Seraphine lo conocía…
El heredero perdió completamente la expresión.
No miedo. No tensión.
Shock real.
Seraphine dio un paso adelante.
—¿Qué dice?
Cassian levantó lentamente la vista hacia ella.
Pálido.
Luego leyó en voz alta:
—“Si quieren respuestas sobre Lyra Morvane… vengan solos a la capilla antes del amanecer.”
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