Nicolás Rivas nunca le tuvo miedo a la muerte.
Creció entre calles donde la vida vale poco y la lealtad lo es todo. Aprendió a gastar sin pensar, a reír sin culpa y a vivir como si cada noche fuera la última.
Fiestas. Mujeres. Amigos. Dinero fácil.
Pero todo cambia el día en que recibe una noticia que no puede ignorar.
Su tiempo se está acabando.
Y por primera vez… la muerte deja de ser una idea lejana.
Ahora Nicolás decide vivir como siempre dijo: sin miedo, sin arrepentimientos, sin frenos.
Pero mientras más disfruta…
más lo alcanza el pasado.
Un hermano que perdió.
Una madre que nunca dejó de esperar.
Un amor que no supo cuidar.
Y un enemigo que no ha olvidado.
Porque al final…
no todos llegan en paz al último trago.
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La Verdad Que Duele”
📖 CAPÍTULO 8
“La Verdad Que Duele”
El hospital olía igual que siempre.
Frío.
Silencioso.
Honesto.
Nicolás estaba sentado en la cama, mirando sus manos.
Quieto.
Como si estuviera esperando algo…
o despidiéndose de algo.
Julián seguía ahí.
Callado.
Pensativo.
—¿Ya le dijo a su mamá? —preguntó de repente.
Nicolás no respondió.
Solo negó.
—Tiene que decirle, Nico.
—No…
Seco.
Corto.
Julián frunció el ceño.
—¿Cómo que no?
—No puedo…
La voz le salió más baja.
Más humana.
—¿Por qué?
Silencio.
Nicolás respiró hondo.
—Porque ella sí me quiere…
Julián se quedó quieto.
No esperaba esa respuesta.
—¿Y?
Nicolás levantó la mirada.
Los ojos… diferentes.
—Y yo no quiero verla sufrir otra vez por mí.
Silencio.
—Ya fue suficiente con lo que le hice.
Las palabras pesaban.
Pero eran verdad.
Julián se pasó la mano por la cara.
—Parce… eso no es decisión suya.
Nicolás no respondió.
—Usted no le está haciendo un favor ocultándole eso —continuó Julián—. La está dejando por fuera.
Pausa.
—Y eso duele más.
Golpe.
Nicolás bajó la mirada.
Lo sabía.
Pero no quería aceptarlo.
—Igual… no sé cómo decirlo —murmuró.
—Como sea —respondió Julián—. Pero dígalo.
Silencio.
Nicolás cerró los ojos.
Y ahí…
apareció la imagen.
Su mamá.
En la puerta.
Mirándolo.
Esperándolo.
Siempre.
—Mierda… —susurró.
Abrió los ojos.
Decidido.
—Vamos.
Julián levantó la mirada.
—¿A dónde?
—A donde ella.
No había más vueltas.
No había más tiempo.
La casa estaba igual.
Pero Nicolás no.
Esta vez no dudó.
Tocó la puerta.
Fuerte.
Pasos.
La cerradura giró.
Y ahí estaba otra vez.
Su mamá.
—¿Nicolás?
Sorpresa.
Otra vez.
Pero distinta.
—Ma… —dijo él.
Algo en su voz…
la hizo cambiar la expresión.
—¿Qué pasó?
Ya lo sentía.
Las mamás siempre lo sienten.
—¿Puedo pasar?
Ella abrió sin decir nada.
Entraron.
Julián se quedó afuera.
Respetando.
La puerta se cerró.
El silencio…
pesado.
—¿Qué tiene? —preguntó ella.
Directo.
Sin rodeos.
Nicolás la miró.
Y esta vez…
no huyó.
—Siéntese, ma…
Ella no se sentó de inmediato.
Lo miró.
Fijo.
—Diga.
Nicolás tragó saliva.
El corazón empezó a latir más rápido.
Pero no era la enfermedad.
Era miedo.
Del real.
—Ma…
La voz le tembló.
Se detuvo.
Respiró.
Intentó otra vez.
—Yo… fui al médico…
Ella no se movió.
—¿Y?
Nicolás la miró.
Y lo soltó.
—Estoy enfermo.
Silencio.
Pero no cualquier silencio.
Ese que anuncia algo peor.
—¿Qué tiene?
La voz de ella…
más baja.
Más tensa.
—El corazón…
Pausa.
—Está fallando.
Ella frunció el ceño.
—¿Y eso qué significa?
Nicolás no respondió de inmediato.
Porque esa era la parte…
que nadie quiere decir.
—Que… no tiene arreglo.
El mundo…
se detuvo.
Su mamá lo miró.
Procesando.
Negando.
—No… —murmuró.
—Ma…
—No… —repitió—. Usted está joven… eso no puede ser.
Se acercó.
Lo tomó de los brazos.
—¿Qué le dijeron exactamente?
Nicolás sintió el peso.
El miedo de ella.
—Que… me queda tiempo…
Pausa.
—Pero no mucho.
Silencio.
Y entonces…
Se rompió.
No con gritos.
No con drama exagerado.
Con algo peor.
Lágrimas.
Silenciosas.
Reales.
—No… mi hijo… —susurró ella.
Nicolás sintió algo en el pecho.
Más fuerte que cualquier dolor físico.
—Ma… tranquila…
Pero no había forma.
Ella lo abrazó.
Fuerte.
Como si pudiera sostenerlo en este mundo solo con eso.
—¿Por qué usted…? —decía entre lágrimas—. ¿Por qué…?
Nicolás cerró los ojos.
Y por primera vez…
no se contuvo.
Las lágrimas salieron.
Silenciosas.
Pero inevitables.
—Perdón… —dijo.
Ella se separó un poco.
Lo miró.
—¿Perdón por qué?
—Por no estar… —respondió—. Por no ser el hijo que usted merecía…
Ella negó de inmediato.
—No diga eso…
—Es verdad…
—No —dijo firme—. Usted es mi hijo. Eso es lo único que importa.
Silencio.
—Y ahora… —continuó ella—. Ahora sí lo necesito.
Nicolás la miró.
—Y usted me necesita a mí.
Pausa.
—Así que no me vuelva a dejar.
Esa frase…
lo aterrizó.
—No lo voy a hacer —dijo.
Y esta vez…
era verdad.
Se quedaron abrazados.
Sin decir nada.
Porque ya no hacía falta.
Afuera…
Julián miraba la puerta.
Escuchaba el silencio.
Y entendía.
Esto ya no era un juego.
Minutos después…
Nicolás salió.
Los ojos rojos.
Pero la mirada distinta.
Más clara.
Más presente.
—¿Todo bien? —preguntó Julián.
Nicolás asintió.
—Sí…
Pausa.
—Ahora sí.
Y por primera vez…
no estaba mintiendo.
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