Para Alexander Rivas, el control lo es todo. Como el profesor más temido de la facultad, su arrogancia es su armadura y su intelecto, su arma más letal.
Pero cuando se cruza con Valentina Soler, una alumna que no baja la mirada y que desafía cada una de sus reglas. Siente que su dominio y autocontrol está tambaleando ante el deseo de tenerla.
Lo que comienza como una guerra de voluntades pronto se convierte en sombras y un deseo voraz que amenaza con destruirlos a ambos.
Sin embargo, en el juego de la seducción, el peligro no es solo ser descubiertos.
Un secreto familiar, enterrado bajo años de mentiras, comienza a salir a la luz.
¿Qué pasará cuando descubran que sus vidas han estado entrelazadas desde mucho antes de conocerse?
¿Lograrán mantenerse unidos después de revelar ese secreto que puede destruirlos a ambos?
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CAPÍTULO 20. Declaración de guerra.
Capítulo 20
Declaración de guerra.
A la mañana siguiente, Valentina se despertó decidida a salir a la calle y conseguir un empleo. No podía ni quería quedarse en casa de Alexander para siempre a depender de él. Aunque a Alexander eso no le molestaría en absoluto.
Ella no esperaba aquella llamada. Mucho menos la voz del asistente de su padre notificándole que había sido "cordialmente invitada" a cenar en la mansión Soler esa misma noche.
No se especificaba un motivo, solo que debía llegar sola y con puntualidad. La notificación parecía más una orden disfrazada de cortesía.
Llevaba semanas sin pisar su hogar, desde mucho antes de que el escándalo con Alexander había reventado como pólvora en la universidad y su padre, furioso, la había desterrado de casa.
—¿Y piensas ir? —preguntó Alexander con la voz tensa mientras ella leía el mensaje por cuarta vez. Dando vueltas en círculos sin poder soltar la tarjeta.
Valentina asintió lentamente, sin dejar de mirar la pantalla.
—Si me está llamando es porque algo trama. Esto no es una reconciliación, lo conozco demasiado bien —lo miró—. Pero si me quiere de nuevo en su juego, necesito saber por qué.
Alexander se acercó y le sostuvo el rostro con ambas manos. Estaba serio, más serio que nunca.
—Si sientes que estás en peligro...
—No lo estaré —lo interrumpió con una leve sonrisa—. Es mi padre. Jamás me haría daño físico. Pero emocionalmente... ese es su terreno de batalla.
Esa noche, Valentina se vistió con un conjunto sobrio pero elegante. Vestido largo negro, sin escote, con el cabello recogido en un moño bajo. No era por modestia, sino por táctica.
En la familia Soler, cada detalle contaba. Un escote era una declaración. Una fragancia intensa, una provocación. Un retraso, un insulto.
Valentina lo sabía, estaba acostumbrada a ello, así que llegó puntual.
La mansión estaba en silencio. El mayordomo la guió hasta el salón principal donde su padre la esperaba solo, con una copa de brandy en la mano. Pero la mesa del comedor estaba servida para tres.
—Gracias por venir —dijo Gustavo Soler con esa voz controlada que tanto conocía.
—Creí que estaba exiliada —replicó ella sin sentarse.
—El exilio se suspende cuando hay algo importante que discutir. Siéntate, por favor. Nuestro invitado está por llegar.
Valentina alzó una ceja, pero obedeció. Su pulso se aceleró. No era miedo. Era expectativa.
Su padre rara vez hacía movimientos sin un propósito a su conveniencia.
Diez minutos después, entró un joven. Traje gris perla, sonrisa medida, rostro de portada de revista. Cabello castaño claro perfectamente peinado hacia atrás. Tenía algo en la mirada que lo volvía inquietante: una seguridad tan afilada que podía cortar el aire.
Valentina lo reconoció al instante.
—Eduardo —murmuró.
—Valentina Soler —saludó él, inclinando la cabeza.
Gustavo sonrió con una satisfacción que resultaba casi grotesca.
—Supongo que recuerdas a Eduardo Luján. Estudiaron juntos unos años en Suiza.
—Claro. Me empujó a una fuente en una fiesta de invierno y después culpó al perro del jardinero —respondió ella con sarcasmo.
Eduardo soltó una risa baja.
—Te gustaban mis travesuras, lo recuerdo.
Valentina apretó la mandíbula.
—¿Por qué está aquí? —preguntó mirando fijamente a su padre, con una sospecha casi acertada en su mirada.
—Porque esta familia necesita sanar su imagen —intervino Gustavo—. Y porque Eduardo es el candidato perfecto para que tu nombre vuelva a ser sinónimo de poder, respeto y tradición.
Ella rió, incrédula.
—¿Me estás diciendo que me invitaste a cenar para organizar un matrimonio?
—No, hija. Para anunciar tu compromiso. Ya hablé con sus padres. El acuerdo está cerrado. Solo falta fijar una fecha.
Valentina se levantó de golpe, tirando la servilleta.
—No soy un pedazo de tierra que puedes negociar, papá.
Gustavo se puso de pie, con calma.
—No te estoy pidiendo que lo ames. Te estoy pidiendo que pienses con la cabeza. Lo que hiciste con ese profesor manchó nuestro apellido y tu reputación. La gente te ve como una niña descarriada. Este compromiso corregirá eso.
—No necesito correcciones. Ni un nombre que me encierre —se giró hacia Eduardo—. Y tú… qué bajo caíste. Antes al menos fingías rebeldía, ahora eres un títere bien peinado.
—No soy un títere —dijo Eduardo, su voz más firme ahora—. Y si te casas conmigo, te aseguro que vivirás como una reina. Pero si no… bueno, supongo que algunas reinas también han sido desterradas en la historia.
Valentina lo miró con desdén. Tomó su cartera y salió sin decir una palabra más. Sabía que quedarse sería humillarse. Y callar sería rendirse.
El silencio en el vehículo de regreso fue denso. Miraba por la ventana como si el paisaje pudiera borrar la escena de su mente. Al llegar al apartamento de Alexander, estaba temblando. Él abrió la puerta y la recibió en silencio. Pero apenas la vio, entendió todo.
—¿Qué te hizo?
Ella lo abrazó con fuerza, con rabia tal vez. Sus labios buscaron los de Alexander como si quisieran borrar el sabor amargo de la cena, como si sólo en su piel pudiera encontrar refugio.
—Dime que todo esto es real —susurró contra su cuello.
Alexander la abrazó con fuerza, y sin más palabras, la condujo a la habitación. Esa noche hicieron el amor con desesperación. No fue suave. Fue un acto de reafirmación. De posesión emocional. De desafío al mundo.
Un rato más tarde, recostada sobre su pecho, Valentina le contó todo con voz entrecortada.
—Quiere casarme con Eduardo Luján. Y lo peor es que no me preguntó. Solo lo impuso.
Alexander cerró los ojos, su respiración se volvió más lenta.
—Conozco a Eduardo. Es peor de lo que parece. Ambicioso, peligroso… y si tu padre eligió a ese niño mimado, es porque quiere destruirte desde adentro.
—No voy a casarme con él —afirmó ella—. Prefiero huir. Prefiero desaparecer antes de volver a esa cárcel.
Alexander le acarició la mejilla.
—No vas a huir. No estás sola. Vamos a luchar. Pero esta vez, lo haremos usando sus propias armas.
—¿Y si no hay forma de ganar?
—Entonces arderán con nosotros —respondió él.
Valentina sonrió levemente. Se apoyó en su pecho, dejando que sus dedos jugaran con la cicatriz en su costado. Esa marca que le recordaba todo lo que él ya había perdido. Y ahora estaba dispuesto a perder de nuevo, por ella.
Al amanecer, mientras desayunaban en silencio, el timbre del apartamento sonó. Un mensajero entregó un sobre. Alexander lo abrió con el ceño fruncido.
—¿Qué es? —preguntó ella.
—Una invitación formal del consejo universitario. Están considerando mi reintegro —dijo, leyendo lentamente—. Solicitan mi presencia para una audiencia especial dentro de tres días.
—Eso es algo bueno, ¿No?
—Depende de quién lo esté promoviendo. Y con qué intención —miró el documento con sospecha—. Esto puede ser una trampa muy bien armada. O una oportunidad para exponernos.
Valentina lo miró fijamente.
—Si decides ir, voy contigo. Esta vez, no dejaré que te enfrentes solo a mis demonios.
Alexander tomó su mano y la apretó con fuerza. El juego había cambiado. Y ahora, las piezas comenzaban a moverse rápido.
Por otra parte, en la mansión Soler, Gustavo observaba por la ventana mientras hablaba por teléfono.
—No, no la convencí. Pero se quedó con la duda en la cabeza. Hará falta presión adicional —hizo una pausa—. Eduardo se mantendrá cerca. Lo importante es que ellos se separen. Alexander Rivas debe romper con ella por iniciativa propia. Solo así podrá ser destruido sin manchar a mi hija.