Isabella Anderson siempre ha tenido el control de su vida: su apellido, su posición y cada decisión que toma. Para ella, Nicolás era solo eso… su guarura. Alguien más en su mundo, alguien que debía mantenerse en su lugar. Nicolás Miller, en cambio, no encajaba en esa etiqueta. Seguro de sí mismo, reservado y con un mundo mucho más grande del que Isabella imaginaba, empezó a romper cada idea que ella tenía sobre él. Entre miradas que dicen más que las palabras, discusiones cargadas de orgullo y una tensión imposible de ignorar, ambos comienzan a cruzar una línea que nunca debió existir. Porque a veces, lo más peligroso no es lo que pasa… sino lo que empiezas a sentir por quien juraste no mirar. Y es ahí donde la verdad pesa más: nunca fue solo su guarura.
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Capítulo 8 - Si sabes mi nombre, podrías usarlo desde el principio
—Hola, familia —saludó Nicolás al entrar.
—Hola, mi amor, ¿cómo estás? —preguntó Nora, abrazándolo.
—Bien, madre. Enérgico. Con la mejor actitud… a ver si esa niña no me saca canas verdes.
Alejandro alzó una ceja divertido.
—Tiene casi tu edad, ¿no?
—No sé, no le pedí la partida de nacimiento.
Nicolás tomó asiento.
—Por cierto, madre, la señora Sara me comentó que hace años no se ven. Podrían reunirse si te apetece. Se me hace una mujer bastante amable… lástima que la hija no lo sea.
—Así empezaron mamá y papá —intervino Manuela con picardía.
—Manuela, por Dios, calla esa boca —respondió Nora, aunque contenía la risa—. Hijo, estoy de acuerdo. Hace mucho no sé nada de Sara y antes éramos muy cercanas. Cuando se mudaron perdimos contacto. Según tengo entendido volvieron hace poco, ¿no?
—Hace como tres años —confirmó Alejandro—. Restauraron su empresa acá.
—Bueno, familia —dijo Nicolás levantándose—, me voy a mi primer día como niñero profesional.
Las carcajadas lo acompañaron hasta la puerta.
En la mansión Anderson
Isabella salió justo cuando él cerraba el coche.
—Te estabas como demorando, ¿no? Hace cinco minutos pregunté si ya habías llegado y me dijeron que no.
—Señorita, su padre me indicó a las ocho. Son las ocho y dos, y estoy puntual —respondió mirando su reloj.
—Si te dicen a las ocho, deberías estar antes. No justo a las ocho.
—Entendido.
Le abrió la puerta. Ella subió con elegancia.
En el trayecto, Isabella iba concentrada en su celular, escribiendo en el grupo con Lucas y Lucía, contándoles cada detalle del nuevo “escolta”.
Nicolás la observaba de vez en cuando por el retrovisor.
—Oye, tú.
Silencio.
—Te estoy hablando, Nicolás.
Él no apartó la vista del camino.
—Si sabes mi nombre, podrías usarlo desde el principio.
Isabella hizo una mueca.
—¿Podrías pasarme tu contacto? Saldré esta tarde y necesito avisarte para que me acompañes.
—Claro.
Intercambiaron números.
Al llegar, Nicolás bajó primero y le abrió la puerta. Isabella descendió sin mirarlo y caminó directo hacia la empresa.
—Hasta maleducada resultó ser —murmuró él entre dientes antes de subir al coche y dirigirse a la academia.
En la tarde
A las seis recibió el mensaje con la dirección y la hora.
Respondió con un simple: Ok.
A las siete estaba afuera.
Siete y media.
Ocho menos diez.
Finalmente, Isabella bajó.
—Qué pena, Nicolás. Estaba en una reunión. Creí que saldría antes.
—Habría sido útil avisar. Llevo bastante rato aquí.
—Se me quedó el celular en la oficina.
Él la miró apenas un segundo.
—Tenlo presente para la próxima.
Le abrió la puerta.
—Bueno, tampoco es para tanto —respondió ella, tranquila.
Él no dijo nada. Solo condujo.
En el restaurante
Era un lugar con mesas afuera. Lucas y Lucía ya estaban sentados.
Nicolás bajó primero y le abrió la puerta.
—Gracias —dijo Isabella esta vez.
Eso lo sorprendió.
—Interesante —comentó él con calma—. En las mañanas no hay modales y en las noches sí. ¿O será que funcionan solo cuando hay público?
—Piensa lo que quieras.
Isabella se reunió con sus amigos. Nicolás ocupó una mesa cercana que ella había reservado para que estuviera pendiente. Era un lugar público, pero igual había que estar alerta.
Lucía observó sin disimulo.
—Amiga… ese guarura está como quiere. ¿No te gusta?
Lucas añadió:
—Está justo como me lo recetó el doctor.
Isabella negó con la cabeza.
—Ay, por favor, Lucía. Es un naco escoltita. ¿Qué te vas a meter con él?
—Entonces, ¿te gusta o no te gusta? —insistió Lucas.
—Obvio no. Apenas lo conozco. No me metería con un guarurita de quinta. Solo está para cuidarme.
Lucía sonrió.
—Pues lo que sea que sea, de profesión no se le nota por encima. Yo voy pa’ encima con él y ya está.
Isabella rodó los ojos, pero no pudo evitar mirar hacia la mesa de Nicolás.
Él estaba serio… pero atento.
Y eso la incomodó un poco más de lo que esperaba.
—Ay, chicos, por favor —murmuró, intentando restarle importancia al tema.
La salida
Después de cenar y charlar un rato más, Isabella le escribió que ya se iban.
Nicolás pidió el coche.
Lucía y Lucas caminaron con ella hasta el auto.
—Isa, no vas a creer esto. Nos llamó el chofer. El carro se varó. ¿Podrían llevarnos? Así seguimos la charla un rato más… ¿cierto que no hay problema, señor…?
Lucía lo miró esperando.
Él sostuvo la mirada con calma.
—Nicolás.
Y por alguna razón, esa simple presentación tuvo más efecto del que Isabella quiso admitir.