Zoe Aldana despierta en el cuerpo de la chica más odiada de una novela: una joven de familia adinerada a la que todos desprecian. Según la historia original, su destino es servir de villana y terminar destruida. Pero Zoe no piensa seguir el guion.
Armada con una lengua afilada, una puntería letal y cero tolerancia hacia la hipocresía, Zoe empieza a desmontar las mentiras que la rodean. Lo que nadie esperaba es que detrás de la "princesa falsa" se escondiera una mujer capaz de poner de rodillas a las familias más poderosas de la ciudad.
Y luego está Iker Navarro: su prometido por arreglo, frío como el hielo, temido por todos… y peligrosamente empeñado en protegerla. Lo que empieza como un matrimonio forzado se convierte en algo que ninguno de los dos puede controlar.
Pero cuanto más secretos desentierra Zoe, más enemigos se gana. Traiciones familiares, conspiraciones mafiosas y un pasado oscuro que conecta a las dos familias más poderosas amenazan con destruir todo lo que ha construido.
En este mundo, la sangre no garantiza lealtad, el amor es el arma más peligrosa, y la única regla es sobrevivir.
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El nuevo departamento
El cielo de la tarde se teñía de un anaranjado suave cuando el auto negro de Sergio se detuvo frente a una casita rentada de dos pisos en las afueras de la ciudad.
Estaba en una callejuela tranquila, no muy lejos del colegio, pero lo bastante apartada del bullicio del centro.
Zoe bajó primero, la bolsa al hombro. Observó la construcción: sencilla, de paredes color crema con un ventanal amplio al frente. Había un pequeño jardín con sansevierias, y una escalera metálica que subía al segundo piso.
—¿Es esta la casa? —preguntó Sergio, revisando su teléfono.
Zoe asintió.
—Sí. La dueña ya autorizó la visita. La llave la dejó con la vecina de al lado.
Los tres entraron. Zoe abrió la puerta principal con la llave de respaldo.
El interior estaba limpio y sencillo.
Piso de cerámica blanca reluciente, una cocina diminuta en una esquina, un ventanal grande que daba al patio trasero bañado de luz. La habitación en la planta alta era amplia, con un pequeño altillo que podía servir como rincón de lectura.
Zoe recorrió cada rincón despacio, tocando las paredes, abriendo el armario viejo, revisando la ventilación. Una sonrisa asomó apenas: discreta pero genuina.
—Este lugar me sirve —dijo en voz baja.
Elena, que se había quedado parada en el umbral, la miraba con expresión preocupada.
—Zoe, mi vida, ¿estás segura de que quieres quedarte aquí?
Zoe volteó. Mirada tranquila, segura.
—Estoy segura, tía.
—Esto es suficiente. No es grande, pero es cómodo. Perfecto para estudiar y empezar de cero —añadió con convicción.
Elena seguía dudando. Sus ojos escrutaron el techo, la cocina, la sala vacía.
—Pero este lugar está lejos de ser cómodo para mí. No hay aire acondicionado, no hay sofá decente, ni siquiera el refrigerador es de este siglo. Mi vida, ¿por qué no vienes a mi casa mejor?
Zoe sonrió levemente.
—Justamente porque aquí puedo aprender a vivir. Empezar sola, sin depender de nadie.
Elena iba a responder, pero Sergio, que había permanecido callado, le posó la mano en el hombro con suavidad. Una señal discreta: dejar que Zoe tomara sus propias decisiones.
Elena lo miró un momento, bajó un poco la cabeza y suspiró.
—De acuerdo —dijo al fin—. Pero si pasa cualquier cosa, por mínima que sea, prométeme que me avisarás.
Zoe asintió.
—Lo prometo.
Sergio sonrió brevemente y añadió:
—Nosotros cubrimos la renta del primer mes. Considéralo un regalo. Después, tú te haces cargo.
Zoe estuvo a punto de negarse, pero Elena se le adelantó:
—Tómalo como cariño, no como ayuda.
Zoe terminó aceptando, con palabras bajas y sinceras:
—Gracias, tío. Gracias, tía.
Los tres se sentaron un rato en el piso de la sala vacía. Sin sofá. Solo la cerámica fría y la luz de la tarde entrando por la ventana.
La luz principal brillaba tenue, iluminando el piso de cerámica todavía medio húmedo por el trapeado.
Zoe llevaba una camiseta holgada y shorts, el cabello recogido a lo loco, las manos ocupadas limpiando el polvo de la ventana con un trapo. La casa estaba razonablemente limpia, pero se notaba que llevaba tiempo desocupada.
El sudor le goteaba de la sien.
Aunque agotada, Zoe se veía tranquila. Concentrada.
Hasta que el sonido de la puertita del jardín se escuchó afuera. Zoe se puso en alerta, agarró la escoba y caminó hacia la puerta.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
Tres golpes en la puerta de madera.
Zoe abrió con cautela. Los ojos se le entrecerraron al ver quién estaba parado en el umbral, cargando una bolsa de plástico grande y una caja de cartón.
—¿Iker?
El chico sonrió relajado.
—Hey.
Zoe abrió la puerta de par en par y lo fulminó con la mirada.
—¿Qué haces aquí?
Iker levantó la bolsa de plástico con la mano izquierda y un balde con la derecha.
—Traigo suministros. Mi ropa no cabía en la otra caja.
—Iker, contesta en serio.
El chico la miró con una media sonrisa y entró como si fuera su propia casa.
—Solo quiero ayudar a mi prometida a arreglar su casa nueva.
Zoe exhaló hondo.
—Ya te dije que no eres mi prometido. Eso es cosa de locos de tu familia, ¿entiendes?
Iker dejó las cosas en el suelo y se quitó la chaqueta.
—Da igual lo que digas. El estatus sigue igual: soy tu futuro esposo. Tu familia quizás te echó, pero la mía no.
Zoe chasqueó la lengua.
—No necesito tu ayuda.
Iker se dio la vuelta, ya solo con una camiseta negra ajustada. Para ser un chico de preparatoria, su físico era impresionantemente atlético: los músculos del brazo y el pecho se marcaban con claridad, lo que hizo que Zoe se quedara un segundo en blanco. Solo un segundo.
—Bueno, entonces digamos que soy voluntario. Gratis. Sin costo. —Iker sonrió—. Además, traje comida. Seguro no has cenado.
Zoe miró la bolsa de plástico que ahora estaba abierta: dos porciones de comida para llevar y una botella de agua.
—Iker, hablo en serio. Puedo con todo yo sola.
Iker se acercó un poco, los ojos mirándola a fondo pero sin presionar.
—Ya sé que puedes. Pero ¿no estás cansada también? De vez en cuando no tiene nada de malo aceptar ayuda.
Zoe lo observó. Por dentro, una parte de ella quería rechazarlo de plano. Pero otra parte estaba agotada.
Finalmente, suspiró y dio media vuelta.
—Haz lo que quieras. Pero después de esto, te vas.
Iker sonrió; sus pies ya iban rumbo a la escoba de repuesto para ayudar a limpiar la cocina.
—A la orden, capitana.
Zoe e Iker se pusieron a limpiar los últimos rincones polvorientos. Iker barría; Zoe frotaba los vidrios de la ventana, que estaba entreabierta para dejar entrar la brisa nocturna.
El aroma de la comida sobre la mesa empezaba a llenar la habitación, pero ambos seguían enfrascados en sus tareas.
Zoe caminó hacia la puerta del frente y la abrió de par en par.
—Para que ningún vecino sospeche o malinterprete. Casa nueva, un chico entra de repente… mejor evitar el chismorreo —murmuró.
Iker solo sonrió desde la cocina.
Pasaron unos minutos en silencio, solo el sonido del trapo y la escoba contra el piso. Hasta que de pronto Zoe frunció el ceño, se detuvo y miró a Iker, que seguía barriendo.
—Acabo de caer en algo.
Iker volteó, alzando una ceja.
—¿En qué?
Zoe lo miró fijo.
—¿Cómo supiste la dirección de mi departamento?
Iker dejó de barrer un instante, luego hizo una mueca.
—Por fin preguntas. Llevaba rato esperando a que te dieras cuenta.
Zoe bufó. El rostro se le enrojeció, entre vergüenza y molestia por haber sido descuidada.
—¡Contesta de una vez! ¿O me estabas acechando? ¿Siguiéndome como acosador? ¿Verdad?
Iker se rio quedamente, se recargó en el palo de la escoba y la miró con los brazos cruzados.
—¿Acecharte? No hace falta. Yo sé todo… Zoe.
Zoe se quedó helada. Esa última palabra salió de los labios de Iker con un tono profundo y distinto a su desenfado habitual.
Los ojos de Zoe se estrecharon, y retrocedió medio paso sin querer. Un escalofrío extraño le recorrió la nuca. No por el frío de la noche, sino por la forma en que Iker la miraba: penetrante, como si supiera algo que no debería saber.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Zoe en voz baja, más cautelosa.
Iker la observó unos segundos, luego esbozó una sonrisa ambigua: imposible de leer del todo.
—Sé lo que te hicieron. Sé que no eres la Zoe de antes, especialmente desde que te ayudé.
El corazón de Zoe latió más rápido.
La atmósfera de la habitación cambió de inmediato. El viento de afuera se coló por la ventana, haciendo ondear la cortina fina.
—No entiendo de qué hablas —dijo Zoe, pero la voz le tembló.
Iker avanzó un paso. Sin amenazar, pero suficiente para que Zoe se tensara por reflejo.
—Tranquila. No te voy a hacer daño. Solo digo…
Se detuvo un momento, luego la miró directo a los ojos.
—Sé más de lo que te imaginas.
Zoe lo escrutó, intentando leer la intención detrás de esos ojos afilados. Pero lo único que encontró fue misterio. Oscuridad. Profundidad. Lleno de secretos.
Y en su fuero interno, Zoe se estremeció.
Con razón en la historia original, Iker pudo matar a Zoe Aldana tan fácil. Este tipo tiene algo. Algo poderoso. Aunque espera… esto no es un mundo de novela, sino un mundo real también.