Luke Easton lo perdió todo al volver a casa. La mujer que amaba, el futuro que imaginó... todo esfumado en una traición que lo dejó vacío.
En las calles ardientes de Los Ángeles, buscando un nuevo comienzo, el destino le ofrece una oportunidad inesperada: convertirse en guardaespaldas.
Pero, ¿será esta nueva vida la redención que busca, o el destino tiene otros planes para él? El juego apenas comienza...
Novela extensa...
NovelToon tiene autorización de A.B.G.L para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Problemas...
...13...
La luz de la mañana se deslizaba por los ventanales del salón como un río de oro líquido, bañando a Ophelia Montgomery en un resplandor que parecía hecho a su medida. Su belleza era etérea, casi irreal, como si estuviera suspendida entre la luz y la penumbra —un espectro de carne y hueso que había decidido habitar el mundo de los vivos. Su rostro, delicado como la pétala de un lirio, contaba la historia de una elegancia innata: facciones finas y perfectamente equilibradas, piel pálida y luminosa que parecía atraer la luz en lugar de reflejarla.
Pero sus ojos eran el rasgo que arrebataba el aliento. Grandes, expresivos, de un tono ámbar cálido que quemaba con intensidad contra la frialdad del entorno de mármol y cristal. Había un brillo húmedo en ellos, como si guardaran océanos de emociones contenidas o pensamientos profundos que se negaban a revelarse por completo. Sus pestañas, largas y suaves como plumas de cisne, enmarcaban esa mirada con una elegancia casi melancólica, como si cada parpadeo fuera un adiós a un sueño que acababa de terminar.
Su cabello, de un rubio ceniza tan claro que se confundía con el blanco en ciertos ángulos, caía en mechones suaves y ligeramente desordenados sobre sus hombros y su espalda. Algunos hilos se adhiraban sutilmente a su piel, humedecidos por la leve bruma matutina que se colaba por las ventanas, como si la propia atmósfera quisiera aferrarse a ella. Sus labios, finos y de un tono rosado natural, permanecían apenas entreabiertos, imprimiendo en su rostro una expresión de sorpresa contenida o de susurro inacabado. Todo en ella era sutil, elegante, casi silencioso —como si el mundo entero hubiera acordado hablar en voz baja para no asustarla.
Para Luke, su presencia era una contradicción viviente: una mezcla de vulnerabilidad que invocaba el instinto protector, de elegancia que exigía respeto, y de misterio que prometía secretos enterrados en las profundidades de su ser. Parecía pertenecer más a un recuerdo borroso o a un sueño lúcido que a la realidad misma, y aún así, allí estaba, tangible, palpable, tan real como el peso de las armas bajo su traje.
Extrañamente, Luke sintió una necesidad casi visceral de mantenerla a la vista, de asegurarse de que cada movimiento que hacía estuviera dentro de su campo de visión. Era una sensación nueva, ajena a su entrenamiento militar y a su disciplina profesional, pero se aferró a ella como a un faro en medio de la niebla.
Ophelia sonreía con amabilidad mientras escuchaba a Alex, su rostro iluminándose con una luminosidad que no tenía nada que ver con la luz exterior. Mientras Alex le explicaba que Luke se encargaría de su seguridad personal, detallando los protocolos y las medidas que se tomarían, ella asintió con una seriedad que contrastaba con su apariencia frágil.
—…por lo tanto, señorita Montgomery, Easton estará a su disposición en todo momento —concluía Alex—. Cuenta con una formación militar de alto nivel y experiencia en protección de personas de alto perfil.
En ese instante, sus miradas se conectaron. Como dos polos opuestos que finalmente encuentran su camino el uno al otro, la vista de Luke se posó en los ojos ámbar de Ophelia, y en ese encuentro visual, el tiempo pareció detenerse. Ella sonrió entonces, una sonrisa cálida y cordial que rompió la tensión del momento como un rayo de sol atraviesa una nube de tormenta.
Algo en el cuerpo de Luke se encendió. No fue un estallido, sino un encendido lento, como el de una antorcha que se va alimentando de la oscuridad. Sintió cómo el aire se le quedaba en los pulmones, cómo su mandíbula se tensaba, cómo una corriente de calor recorría sus venas con la urgencia de un río que encuentra su cauce.
—Mucho gusto, Luke Easton —dijo Ophelia, su voz suave como la seda, pero con una claridad que cortaba el aire—. He escuchado muy buenas cosas de ti por parte de mi abuelo.
Extendió su mano hacia él, delicada y delgada, con los dedos ligeramente curvados en un gesto de bienvenida. Luke tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo la sequedad le quemaba la garganta. Recobró su semblante serio, la máscara profesional que había construido durante años volviendo a cubrir su rostro con la firmeza de un muro de piedra.
—El gusto es mío, señorita Montgomery —respondió, su voz profunda y controlada, a pesar del torbellino que se desataba en su interior—. Estaré a su servicio.
Al estrechar su mano, sintió su cálida piel contra la suya. Era un tacto que no esperaba: no fría como la porcelana que parecía ser, sino cálida, viva, con una textura suave que recordaba al pétalo de una rosa. En ese instante, una corriente eléctrica recorrió su brazo derecho, ascendió por su hombro y se extendió hasta la médula de su espina dorsal, provocando un escalofrío que hizo temblar sus músculos por un instante.
Ophelia lo observó con una expresión enigmática, como si hubiera sentido también ese contacto que iba más allá de lo físico. Sus ojos ámbar parecían leerlo, penetrarlo, llegar a rincones de su alma que él creía cerrados para siempre.
—Creo que nos llevaremos bien —dijo ella, con una sonrisa que ahora tenía un matiz de complicidad—. Me gusta la gente seria. Da una sensación de seguridad.
Luke asintió, soltando su mano con cuidado, como si temiera romperla. La tensión en el aire era palpable, sana pero intensa —como la antesala de una tormenta que promete limpiar el aire o destruirlo todo.
—Mi deber es proporcionarle esa seguridad, señorita —respondió, su voz firme, aunque su mente aún revoloteaba alrededor de ese contacto tan simple y tan perturbador a la vez.
Alex los observó con una mirada perceptiva, como si supiera que algo había cambiado en el aire, que la dinámica entre su nuevo guardaespaldas y la heredera de los Montgomery no sería la de un simple profesional y su cargo. Pero no dijo nada, limitándose a hacer una señal para que Luke se retirara.
—Easton, puedes volver al centro de operaciones. Nos comunicaremos cuando necesitemos tus servicios.
Luke asintió, dando un último vistazo a Ophelia, quien aún lo observaba con esos ojos ámbar que parecían guardar el secreto de su propia existencia. Luego, dio media vuelta y salió del salón, sintiendo la mirada de ella clavada en su espalda como un fuego que no ardía, pero que calentaba con insistencia.
En el pasillo, el fresco del aire acondicionado le golpeó la cara, pero no lograba disipar el calor que aún recorría su cuerpo. Sabía entonces que este trabajo sería diferente a cualquier otro que hubiera realizado. Sabía que Ophelia Montgomery no sería solo un cargo a proteger, sino un enigma que podría desarmar su disciplina, una llama que podría encender o consumir todo lo que había construido con tanto esfuerzo.
Y, aunque lo negara con todas sus fuerzas, una parte de él —pequeña pero persistente— estaba ansiosa por descubrir qué se ocultaba detrás de esa belleza etérea y esos ojos ámbar que parecían verlo más allá de su armadura de hierro.