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CERO EN CONDUCTA MI QUERIDA SECRETARIA

CERO EN CONDUCTA MI QUERIDA SECRETARIA

Status: Terminada
Genre:CEO / Completas
Popularitas:10.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Chiquitas

romance, contrato, amor, diversión

NovelToon tiene autorización de Chiquitas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5: Café, caos y un teclado volador

Eran las ocho y quince de la mañana. Alexander Zenith estaba sentado en su escritorio de ébano, revisando los indicadores financieros de la Bolsa de Londres. El silencio en el piso 50 era tan perfecto que se podía escuchar el roce de su pluma sobre el papel. Él amaba ese silencio; era el sonido del control.

De repente, el estruendo de un ascensor abriéndose y una voz estridente destrozaron la paz.

—¡Buenos días, mundo! ¡Cuidado, que ahí voy! ¡Permiso, señora, que esto quema!

Alexander cerró los ojos y apretó su pluma con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. No necesitaba mirar el reloj para saber que su "nueva secretaria" acababa de llegar... quince minutos tarde.

Elena entró a la oficina principal cargando tres portavasos de cartón llenos de café, una bolsa de papel que goteaba grasa de lo que parecían ser empanadas recién hechas, y su enorme bolso de tela donde sobresalía un rodillo de madera por alguna razón que Alexander no quería ni preguntar.

—¿Qué es esto? —preguntó Alexander, levantándose lentamente de su silla como un depredador que observa una invasión en su territorio.

—¡Ay, jefe, no me mire así! —Elena dejó caer todo sobre la mesa de cristal de la recepción, haciendo un ruido seco—. El metro se quedó parado en la 42 por culpa de un gato que se metió en las vías. Y como llegaba tarde, pensé: "Elena, el jefe debe tener un hambre de perro con ese humor que se carga", así que pasé por el puesto de Doña Rosa. ¡Pruébelas! Son de queso con ajo, se le va a quitar lo amargado en un mordisco.

Alexander caminó hacia ella, rodeando el escritorio. Sus ojos grises se fijaron en la mancha de grasa que empezaba a formarse sobre el cristal de diseño italiano.

—Elena, te envié un manual de trescientas páginas sobre la imagen corporativa. La página cinco dice claramente: "No se permite comida con olores fuertes en el área ejecutiva". Y la página doce dice: "La puntualidad no es una opción, es un requisito".

—Ya le dije que el manual lo usé para nivelar la pata de mi cama, que cojeaba —respondió Elena mientras sacaba una empanada y le daba un mordisco generoso—. Además, el ajo no es un olor fuerte, es un perfume natural. Y mire, le traje su café. Negro y amargo, como su alma.

Alexander se quedó sin palabras. Nadie, absolutamente nadie, se había atrevido a decirle que su alma era amarga mientras masticaba una empanada en su cara.

—Limpia este desastre —ordenó él, señalando la mancha de grasa—. Y después, siéntate en ese escritorio. Tienes que transcribir los informes del comité de ayer. Y por lo que más quieras, Elena, no toques nada que parezca caro.

Elena se limpió las manos en sus jeans (porque hoy se había negado a ponerse falda, alegando que "tenía que trabajar, no modelar") y se sentó frente a la computadora de última generación.

—Pan comido, jefe. Yo en la universidad era la reina de la mecanografía.

Cinco minutos después, el silencio volvió a la oficina. Alexander intentó concentrarse, pero un sonido rítmico empezó a taladrarle los oídos.

Click. Click. Click. ¡PUM!

—¡Epa! —gritó Elena.

Alexander levantó la vista.

—¿Qué pasó ahora?

—Es que este teclado es muy sensible, jefe. Parece que le da miedo que lo toquen. Le di un poquito fuerte a la tecla de "Enter" y... bueno, creo que se saltó un resorte. Pero no se preocupe, aquí tengo un poquito de cinta plástica en mi bolso y lo arreglo en un santiamén.

—¡No le pongas cinta plástica a un teclado de mil dólares! —Alexander se levantó de un salto—. Aléjate de la computadora, Elena. Ahora mismo.

—¡Ay, qué exagerado! —Elena se levantó, pero al hacerlo, su bolso enganchó el cable del mouse, que a su vez tiró de uno de los portavasos de café que aún estaba en la mesa.

Todo pareció ocurrir en cámara lenta. El café negro y caliente voló por el aire, describiendo una parábola perfecta, y aterrizó directamente sobre la tablet de Alexander y, peor aún, sobre un fajo de contratos originales que esperaban su firma.

Alexander se quedó congelado. El café chorreaba por el borde del escritorio, manchando su alfombra persa.

—Mis contratos... —susurró él, con una voz que prometía un apocalipsis.

Elena, en lugar de entrar en pánico, sacó un montón de servilletas de papel baratas de su bolsillo y empezó a frotar los papeles con entusiasmo.

—¡No se mueva, jefe! ¡Si lo secamos rápido no pasa nada! El café le da un toque así como de "documento antiguo", ¿no cree? ¡Parece un mapa del tesoro! ¡Mire qué bonito quedó este párrafo sobre las acciones, ahora parece que lo escribió un pirata!

Alexander sintió que una vena empezaba a saltar en su frente. Estaba a punto de gritar, de despedirla, de mandarla a la comisaría por daños agravados... pero entonces la miró. Ella estaba allí, de rodillas en el suelo, frotando su alfombra de diez mil dólares con servilletas de Doña Rosa, con un trozo de masa de empanada todavía en la comisura de los labios y una mirada de preocupación tan genuina que lo desarmó.

—Elena —dijo él, tratando de respirar hondo para no perder los estribos—. Suelta las servilletas.

—Pero jefe, si le pongo un poco de talco esto sale...

—¡Suelta las servilletas y sal de mi oficina! —rugió Alexander—. Ve a la cocina, busca a Liam y dile que... que te enseñe cómo usar una cafetera que no explote. Y por el amor de Dios, no hables con nadie en el camino.

Elena se levantó, sacudiéndose las manos.

—Está bien, está bien. Qué genio. Solo intentaba ayudar. Por cierto —se detuvo en la puerta y lo señaló con el dedo—, tiene una manchita de café en la corbata. Se ve mejor así, lo hace parecer más humano. ¡Nos vemos en un rato, "Pirata Zenith"!

Elena salió de la oficina tarareando una bachata, dejando a Alexander solo en medio de su imperio manchado de café y olor a ajo. Él se desplomó en su silla y miró el techo. Cien capítulos. Solo iba por el quinto y ya sentía que su vida nunca volvería a ser la misma.

—Un pirata... —susurró Alexander, mirando su contrato manchado—. Me ha llamado pirata.

En ese momento, Liam entró a la oficina, olió el ambiente y vio el desastre.

—¿Qué pasó aquí? ¿Hubo un motín?

—Peor, Liam —dijo Alexander con voz fúnebre—. Ha llegado Elena Davenport. Y creo que mi empresa no va a sobrevivir a su periodo de prueba.

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Sabina Altamirano
el papel del personaje se me hace muy infantil,ni parece que haya pasado siquiera la universidad,como llegar a un trabajo,hacer cambio como si fuera tu casa decir que contrato de un hotel no es importante lo va llevar a la quiebra,si. oy de acuerdo que se le festejé a los empleados,pero hacerlo en el trabajo como si fuera en el patio de su casa,eso perece ilógico
Teresa Nancy Fernandez
me encantó tu novela👏👏👏
chiquita: Teresa gracias por tu apoyo, me alegra un montón leer tu comentario🥰🥰🥰
total 2 replies
Lili Hebe Villarruel
👏👏👏
chiquita: Gracias gracias 🫂🫂🫂🫂🫂 Lili súper agradecida por tu apoyo 😍😍😍😍😍
total 1 replies
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