Humillada, abandona, perdida y con el corazón completamente destrozado, Lucina se reencuentra con su familia para sanar y recuperar su vida. Su sentimiento de venganza esta latente en ella, pero no contaba con que su corazón fuera cautivado por el hombre que la salvo de la muerte. Ahora, lucha contra sus propios sentimientos y la intensa cercanía de Franco, quien no esta dispuesto a dejarla escapar de sus manos.
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Hay decisiones que cambian la vida para siempre.
Años atrás, Selene se había marchado, dejándole claro a Franco que su relación se había basado únicamente en una simple atracción y que jamás lo había amado. Para su sorpresa, el rechazo de Selene lo hizo comprender que él sentía lo mismo. Sí, la atracción era innegable, pero nunca hubo amor verdadero. Ahora, al tenerla de nuevo frente a él, lo confirmó; no sentía absolutamente nada, solo un profundo rechazo.
Después de deshacerse de ella, decidió bajar a la cocina. Necesitaba despejarse. Allí encontró a Estrella sentada sobre la encimera, comiendo pastel con una sonrisa llena de picardía.
Su hermana, era una mujer alegre, espontánea y sin complicaciones aparentes. Pero también era una mujer inteligente y responsable. Por eso, cuando se enteró de las intenciones del abuelo, se enfureció más que nadie.
— ¿Te gustó la nueva jugada del abuelo? — Preguntó con tono burlón al ver entrar a su hermano.
Franco tomó un vaso de agua y negó con cansancio. Sentía que su mente explotaría en cualquier momento.
— Estoy harto de que siempre quiera imponer su voluntad.
— A veces creo que es cosa de la edad. — Hablo mientras llevaba el pastel a su boca. — Mamá dice que antes era más tolerable.
— Pues ahora es insufrible.
Estrella soltó una carcajada y le extendió un plato con una porción generosa de pastel.
— Feliz cumpleaños, hermanito.
Franco la miró con una falsa acusación. Realmente pensó qué pasaría mucho más tiempo antes de ver nuevamente a su hermana.
— Pensé que lo habías olvidado.
— Jamás. Eres mi alma gemela. — Le guiñó un ojo. — Tus regalos están en tu habitación. Mamá quería sorprenderte, pero el abuelo arruinó todo.
— Lo sé. — Dijo mientras sonreía con sinceridad. — Aunque ustedes son mi mejor regalo. Y gracias por volver a casa.
— Ay, qué lindo.
Su hermana se lanzó sobre él para abrazarlo con fuerza mientras revolvía su cabello.
— ¡Basta! — Protestó él, apartándose mientras intentaba arreglarse.
Pero su hermana solo sonreía sin control. Había extraño esos momentos con su familia. Realmente no veía la hora de volver.
— Por cierto… — Dijo Franco con calma repentina. — …necesito que me consigas una nueva secretaria. Pero esta vez… que sea hombre.
Estrella abrió los ojos exageradamente ante la hazaña de su hermano.
— Oye, acabo de llegar. ¿Y ya me quieres poner a trabajar?
— Para eso volviste, ¿no? — Dijo él ignorando su reclamo.
— Eres un… ¿Y ahora qué pasó?
Franco tomó otro bocado de pastel antes de responder. Sabía que su hermana era la mejor para ese problema. Sobre todo porque ella detestaba a ese tipo de personas.
— Lo mismo de siempre.
Estrella rodó los ojos con fastidio. Realmente no entendía cómo algunas personas no se esforzaban para superarse, sino que utilizaban su físico solo para escalar socialmente.
— Bien. — Dijo finalmente. — Mañana llamaré a la agencia y pediré entrevistas de inmediato.
Después de despedirse de su hermana, Franco decidió regresar a su habitación. Necesitaba un momento de calma después de todo lo ocurrido aquella noche. Sin embargo, apenas comenzó a subir las escaleras, se encontró con su madre esperándolo a mitad del camino.
Samara se acercó de inmediato y lo abrazó con ternura. Su expresión reflejaba preocupación, pero también la firmeza de una mujer que jamás permitiría que nadie se impusiera sobre sus hijos. Siempre le había molestado cualquier intento de controlarlos, y mucho más si se trataba de decisiones tan personales como aquella.
— Lo siento, hijo. — Hablo con culpa. — No quería que llegáramos a esto. Tu padre y yo, en realidad queríamos prepararte una sorpresa por tu cumpleaños, pero todo se arruinó.
Franco correspondió el abrazo de su madre con suavidad y luego la miró con una sonrisa tranquila.
— No es tu culpa, mamá. — Intentó consolarla. — Sabes mejor que nadie que el abuelo siempre ha sido así. Y no te preocupes por la sorpresa… mientras pueda estar con ustedes, lo demás no importa.
Samara negó lentamente con la cabeza. Sabía que su hijo estaba molesto por lo sucedido.
— Sí importa. Porque esta vez no se trata de tus estudios, ni de tus gustos, ni de cosas pasajeras. — Afirmo con incertidumbre. — Esta vez se trata de tu vida privada, y no voy a permitir que nadie decida por ti. Tu padre está muy molesto… y yo también. Además… — Dejó salir un suspiro pesado. — …esa mujer… no comprendo qué es lo que quiere realmente.
Franco apoyó una mano en la baranda y pensó por un momento. A decir verdad, a él también le sorprendió ver a Selene allí. Al parecer debería investigar un poco sobre lo que está sucediendo.
— También me sorprendió verla con el abuelo. — Tomó las manos de su madre y la miró tratando de brindarle calma. — No te preocupes, mamá. Aunque su actitud no fue la misma de antes, ella no me interesa.
Samara frunció el ceño. Era evidente que esa mujer no traía nada bueno, por lo tanto no permitiría que se acercara a su hijo, por nada en el mundo.
— No la quiero cerca de ti. No me agradó su comportamiento y temo que esté planeando algo junto a tu abuelo. — explicó finalmente con intranquilidad. — No entiendo por qué hace esto. Antes realmente parecía una persona distinta, mucho más agradable. Pero ahora…
Franco le dedicó una mirada serena a su madre, para que se calmara. Pero ella suspiró con preocupación.
— Lo sé, mamá. Pero no te preocupes. Sabes que siempre he sabido manejar situaciones complicadas.
— Sí, pero no una como esta. — Samara no podía evitar preocuparse por su familia. — Se trata de tu abuelo, y a pesar de todo lo queremos. Pero está cruzando límites que nunca debió tocar. Tu padre no sabe qué pensar.
Franco asintió despacio entendiendo la situación en la que su padre se encontraba en ese momento.
— Creo que debería ir a hablar con él.
Samara asintió mientras suavizaba su expresión. Franco dejó un beso sobre la frente de su madre antes de dar media vuelta y dirigirse hacia el despacho de su padre.
Tocó la puerta y, al escuchar el permiso para entrar, pasó al interior. Encontró a su padre de pie frente a la gran ventana que daba al jardín, con la mirada perdida en la oscuridad de la noche.
Sin decir nada, Franco se acercó al pequeño bar del despacho, tomó una botella y sirvió dos tragos. Luego caminó hasta su padre y le ofreció uno. Andrew lo tomó de inmediato permaneciendo en silencio mientras observaba el silencio de la noche.