Seiscientos años de leyenda nos han contado la historia del invicto, del ronin que jamás perdió un duelo. Pero la historia olvidó mencionar la batalla número 62: la que Musashi libró cada noche contra su propia sombra.
Este libro no es una crónica de cortes y acero, sino el mapa de un laberinto mental. Descubre al hombre detrás del mito, aquel que comprendió que vencer a mil enemigos es insignificante comparado con la tarea de dominarse a uno mismo. Aquí no encontrarás al héroe de piedra, sino al ser humano que sangró en silencio, enfrentando demonios que ninguna katana podría cortar.
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El Pincel de Hierro y el Peso de la Paz
Al amanecer del día siguiente, Musashi se desprendió de su identidad con la misma indiferencia con la que un árbol suelta una hoja muerta. No buscó un altar mayor ni esperó a que un monje oficiara su renuncia. Simplemente entró en un pequeño templo de camino, un lugar donde el aroma a madera vieja y humedad superaba al del incienso, y recargó su bokken contra un pilar desconchado.
Aquella pieza de madera, el remo que había segado la vida de Sasaki Kojiro, descansó junto a las humildes ofrendas de arroz de los campesinos. No hubo palabras de despedida. Musashi se dio la vuelta y se alejó por el sendero, sintiendo un vacío extraño en el costado donde siempre había colgado un peso. Si algún aldeano lo tomó después para alimentar su fogón o si algún niño lo usó para jugar a la guerra, le dio igual. Aquel trozo de roble ya no contenía su espíritu; solo era madera muerta que olía a sangre seca y salitre.
No tenía un mapa ni una meta. Se impuso una sola regla, una que le parecía más difícil que enfrentar a diez hombres en un callejón: no volver a matar.
Caminó hacia el norte porque el viento le golpeaba la espalda y no tenía fuerzas para llevarle la contraria. A medida que avanzaba, su nombre se le adelantaba como una sombra gigante. En las aldeas, los niños lo señalaban con dedos sucios, imitando duelos que no comprendían. Los maestros de los dojos locales, hombres que vivían de la reputación de sus escuelas, cerraban las puertas con doble cerrojo cuando veían aparecer su figura desgarbada. Musashi no llamaba a ninguna puerta. Seguía de largo, un espectro de su propia fama, buscando algo que el acero no le había permitido ver.
...El Sabor de la Humildad...
El hambre, esa vieja conocida, volvió a visitarlo. Pero ahora el hambre tenía un regusto diferente. Antes, Musashi peleaba por su comida; su fuerza era su moneda de cambio. Ahora, pedía. Descubrió que el mundo es mucho más cruel con un hombre que pide que con uno que amenaza. En algunas aldeas le daban las sobras del perro; en otras, le lanzaban piedras igual que cuando era el "niño demonio" en Harima. La gran diferencia es que ya no devolvía los golpes. Dejaba que las piedras le golpearan los hombros y seguía caminando, con la mirada perdida en el horizonte.
Una tarde, en las tierras de Owari, se topó con un grupo de campesinos desesperados. Un buey de tiro, la única riqueza de la familia, se había hundido en una zanja de barro tras una tormenta. Los hombres tiraban de las cuerdas sin éxito, maldiciendo y llorando. Musashi se acercó sin decir palabra. Metió sus pies en el lodo podrido, hundió los hombros bajo el vientre del animal y empujó.
Usó la fuerza que había refinado para matar—la coordinación perfecta de piernas, espalda y muñecas—para salvar la vida de una bestia. El buey pesaba más que tres hombres armados, y el barro intentaba succionarlo hacia el fondo. Cuando finalmente el animal salió a tierra firme, Musashi se desplomó a un lado, cubierto de lodo, heces y un cansancio que le hacía vibrar los párpados. El dueño del buey, un hombre con la cara surcada de arrugas, le ofreció dos bolas de arroz envueltas en hojas.
—Gracias, abuelo —le dijo el campesino.
Musashi se quedó helado. Tenía apenas treinta y un años, pero el espejo de la fatiga no mentía. Comió el arroz despacio. No le supo a la gloria de los duelos ganados; le supo simplemente a arroz. Y por primera vez en mucho tiempo, eso fue suficiente.
...El Círculo Roto...
Buscando refugio del invierno, terminó en un templo abandonado en los suburbios de Kioto. Allí, en un rincón cubierto de polvo, encontró un tesoro olvidado: pinceles viejos de cerdas de jabalí y una piedra de tinta reseca. Se sentó en posición de seiza, con la espalda recta por hábito, y mojó el pincel en un cuenco con agua de lluvia.
Realizó el mismo gesto que su tío Dorin le había enseñado décadas atrás. Pero en cuanto el pincel tocó el papel de arroz, su mano tembló. No era el temblor del miedo, sino el de una energía que no sabía ser sutil. Intentó trazar un círculo, el Enso, el símbolo de la totalidad y el vacío.
El resultado fue una mancha chueca, agresiva, con bordes que parecían salpicaduras de sangre negra. Lo intentó de nuevo, y de nuevo. Cada trazo era un tajo. Arrugó el papel con una rabia que le nacía en el centro del pecho y lo lanzó contra la pared. Se quedó mirando sus palmas, aquellas manos que podían sentir la dirección del viento y la intención de un enemigo antes de que este se moviera. Esas manos habían roto cráneos de un solo golpe, pero no eran capaces de dibujar un círculo simple.
—Recuerda el pincel —le susurró la memoria de Dorin—. Pesa menos que la espada, pero deja marcas más grandes.
—Mentira —masmurró Musashi a las sombras del cuarto—. El pincel no llena el estómago. No para el frío que se mete en los huesos. No para esto.
"Esto" era el hueco. Un abismo negro que se tragaba sus pensamientos. Ni Kojiro, ni los otros sesenta muertos habían servido para taparlo. Al contrario, cada muerto parecía haber hecho el agujero más profundo.
...La Maldición de la Fama...
Intentó vivir como un hombre común, pero el destino tenía otros planes. Cargó leña en los bosques, cavó zanjas para los señores locales, trabajó por una miseria que apenas le alcanzaba para malvivir. Una vez, lo contrataron como guardia de una caravana de mercaderes que cruzaba los pasos de montaña.
La primera noche, una banda de bandidos hambrientos atacó el campamento. Los demás guardias desenvainaron sus espadas con gritos de terror. Musashi se quedó sentado junto al fuego, con las manos metidas en las mangas de su túnica raída. No se movió. No intervino mientras los bandidos mataban a dos hombres, robaban las especias y se perdían en la oscuridad.
A la mañana siguiente, el jefe de la caravana, lívido de rabia, lo golpeó en la cara.
—¡Eres Musashi! —le gritó, con el dedo índice temblando de furia—. ¡Podrías haberlos masacrado a todos con una rama! ¿Para qué te pagamos?
—Ya no mato —respondió Musashi, limpiándose el hilo de sangre que le bajaba por el labio. Su voz era plana, desprovista de emoción.
—Entonces no sirves para nada —escupió el jefe—. Eres un bulto de carne inútil. Lárgate antes de que te use de carnada para los lobos.
Lo corrió sin paga. Esa noche, mientras caminaba bajo las estrellas, Musashi entendió la segunda parte de la promesa que se había hecho en el bosque de bambú: nunca serviría a otro hombre. Pero la verdad era más amarga: ni siquiera sabía cómo servirse a sí mismo. Estaba atrapado en el limbo de los que ya no quieren ser monstruos pero aún no saben ser humanos.
...El Reflejo en el Poz**o**...
Los años pasaron como hojas arrastradas por un río. Se convirtió en un fantasma errante. A veces pintaba pájaros en las paredes de los templos, o ramas de ciruelo que siempre le salían torcidas, cargadas de demasiada tinta, como si el pincel quisiera golpear el papel en lugar de acariciarlo. Escribía la palabra Ken (espada) una y otra vez, para luego quemar el papel, como si intentara exorcizar un demonio.
Su piel nunca sanó. El pelo, ahora con algunas hebras grises, seguía siendo un nido de enredos. La gente dejó de llamarlo "El Santo de la Espada". Ahora era simplemente "el mendigo loco de los pinceles". Aquel insulto le gustaba. Había algo de libertad en ser nadie.
Una noche, en un camino solitario cerca de Kumamoto, se detuvo frente a un pozo de piedra para beber. Tenía casi cuarenta años. Se inclinó y la luz de la luna le devolvió su propio reflejo. Vio las costras rojas que aún le subían por el cuello, vio las arrugas profundas que el cansancio había grabado alrededor de sus ojos, y vio una tristeza que no recordaba haber invitado a pasar.
Le habló a su propio reflejo, con una voz rota por años de silencio.
—Maté a todos los que tenía que matar. Vencí a los mejores. Dejé el acero. ¿Y ahora qué? ¿Dónde está la paz que prometían los libros?
El pozo no contestó. El agua permaneció inmóvil, devolviéndole la imagen de un hombre que había ganado todas las batallas exteriores pero que estaba perdiendo, de forma estrepitosa, la guerra interior.
Por primera vez en su vida, el silencio no fue su aliado. Fue una carga que le pesó más que el remo de madera en la isla de Ganryu. El eco del vacío estaba empezando a gritar, y Musashi no tenía nada con qué callarlo.