¿Qué pasa cuando solo quieres dormir, pero el universo te convierte en la villana más temida del imperio?
Tras morir por exceso de trabajo en su vida pasada sin haber tenido jamás unas vacaciones, nuestra protagonista despierta en un mundo de fantasía. ¿Su reacción? ¡Por fin el descanso eterno! No me importa dónde estoy ni conozco a nadie, solo sé que no pienso mover un dedo. Su plan es perfecto: ser una vaga profesional y recuperar todos sus años de sueño acumulado.
El pequeño problema es que ha reencarnado en el cuerpo de la Duquesa Cassandra, la villana más fría y despiadada del reino, famosa por su mirada sombría (que en realidad es solo cara de sueño) y su temible poder militar.
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Capítulo 6: Arrodillarse es un verbo que solo aplico con bombones
Las campanas de la catedral no habían terminado de sonar cuando el portón principal de mi mansión casi vuela en pedazos. No necesitaba asomarme a la ventana para saber quién era; ese nivel de escándalo histérico solo podía significar una cosa: el fideo oxigenado había vuelto al ataque.
El Príncipe Jarek entró al gran salón como un torbellino azul y dorado, con las botas cubiertas de polvo y el rostro tan encendido que parecía una manzana madura a punto de estallar. Detrás de él, Brigit venía implorando perdón con la mirada, intentando en vano amortiguar la entrada del heredero.
—¡¡Cassandra!! —bramó Jarek, señalándome con un dedo tembloroso mientras yo disfrutaba de un té con masitas, con el minidragón celestial acurrucado en mi regazo como un gato gordo—. ¡Esto es el colmo de tus malditas locuras! ¡Lady Ariadna llegó al Templo llorando, cubierta de una sustancia inmunda que huele a alcantarilla imperial! ¡El Sumo Sacerdote está convocando al consejo supremo! ¡El Templo exige que vayas ahora mismo y te disculpes de rodillas ante la Santa!
Dejé la taza sobre el plato con una parsimonia que irritó aún más al príncipe. Bostecé, acomodándome los encajes del vestido.
—¿De rodillas? Qué concepto tan anticuado —comenté, apoyando la mejilla en mi mano mientras miraba al vacío—. La verdad, con este dolor de espalda que tengo por culpa del corsé, arrodillarse es un deporte de alto riesgo. Aunque, pensándolo bien, frente al Duque Gideon sí que me arrodillaría sin pensarlo dos veces. Qué hombre, por favor. A ese monumento a la virilidad le rezo todas las noches. Si me pide que me arrodille, le hago una reverencia completa con coreografía incluida. Qué pedazo de bombón.
Un silencio sepulcral cayó sobre el salón.
Brigit soltó un quejido ahogado y se tapó la boca con el delantal, mirando al techo como pidiéndole a los dioses que la tragara la tierra. Los guardias de la entrada carraspearon al mismo tiempo, mirando hacia las paredes para disimular.
—¡¡¿Qué acabas de decir?!! —Jarek pegó un grito que casi hace que se le mueva el copete engominado—. ¡Te escuché! ¡He escuchado perfectamente tus delirios pecaminosos! ¿¡Cómo te atreves a mencionar a ese rebelde traidor en mi presencia, y encima de esa manera tan... tan vulgar!?
—¡Ah, maldita sea! ¿Lo volví a decir en voz alta? —me quejé, dándome un golpecito en la frente—. Tengo que revisar los cables de mi cabeza, de verdad. El filtro me vino fallado de fábrica en este mundo.
—¡No te burles de mí! —Jarek dio un paso al frente, golpeando el suelo con el tacón de su bota—. ¡No tienes derecho a mirar, pensar ni mencionar a ningún otro hombre en este imperio porque eres MI prometida! ¡Tu deber es entregarme el Ejército de las Sombras y comportarte como la futura emperatriz!
Me levanté de la silla de golpe, haciendo que el dragoncito se despertara y soltara un bufido de descontento. Miré al príncipe desde lo alto de mis nuevos y elegantes centímetros de estatura, entornando los ojos con una frialdad que helaba la sangre, mezclada con la más pura indignación de una ex-empleada que no se iba a dejar pisotear por el hijo del jefe.
—A ver, escúchame bien, ricitos de oro —le solté, apuntándolo con el dedo—. Primero muerta, enterrada y comida por los gusanos antes de ser la prometida de un niño mimado como vos. ¿Emperatriz? ¿De verdad te crees que voy a pasar el resto de mi vida aguantando tus berrinches de nene de jardín de infantes? Prefiero mil veces al Duque Gideon, que es un hombre de verdad, rudo, peligroso y que tiene un lomo que es un escándalo público, antes que casarme con un fideo rubio oxigenado que necesita que la guardia le limpie los mocos cada vez que una mosca lo asusta. Tu anillo te lo podés meter bien en el fondo del cofre real. El ejército se queda conmigo, y tus exigencias te las guardás donde no te da el sol. ¿Te quedó claro o querés que te lo explique con un dibujito?
Jarek se quedó completamente pálido, con la boca abierta, incapaz de articular una sola palabra. Estaba temblando de la rabia y de la humillación, completamente expuesto frente a todos los sirvientes que simulaban limpiar los muebles con un apuro sospechoso.
—Yo... yo... ¡te voy a destruir, Cassandra! —alcanzó a amenazar con la voz quebrada.
—No creo que tengas el presupuesto para eso, ricitos —le respondí con una sonrisa burlona.
—Vaya... veo que llegué en medio de una discusión familiar bastante animada.
Una voz profunda, magnética y peligrosamente suave resonó desde la entrada del salón.
Jarek y yo nos giramos al mismo tiempo. Apoyado contra el marco de la puerta de madera, con los brazos cruzados y vistiendo su clásica capa negra, estaba el mismísimo Duque Gideon Vance. Había entrado usando sus habilidades de sigilo y, a juzgar por la intensa rojez que cubría sus mejillas y la forma en que evitaba mirarme directamente a los ojos, era evidente que había escuchado toda la última parte del discurso. Especialmente la parte del "lomo" y del "escándalo público".
El temible Duque de la Noche, el hombre que hacía temblar a las provincias del norte, estaba completamente colorado, tratando de mantener su postura seria mientras se acomodaba el cuello de la camisa con un nerviosismo que resultaba adorable.
Jarek, al verse acorralado entre la duquesa que lo acababa de destrozar y el líder rebelde más peligroso del reino, dio un respingo de pánico.
—¡V-Vance! ¿¡Qué haces aquí!? ¡Esto es propiedad privada! ¡Guardias! —chilló el príncipe, pero sus hombres estaban demasiado ocupados mirando al dragón celestial como para moverse.
Yo, en cambio, solté una carcajada limpia y desvergonzada. Me apoyé en la mesa, miré a Gideon de arriba abajo con desparpajo y le guiñé un ojo de la manera más pícara posible.
—Pero miren quién vino a visitarme... El bombón de chocolate en persona —le dije con un tono cantarín, disfrutando de cómo sus orejas se ponían aún más rojas—. Pasá, pasá, ponete cómodo. Estábamos hablando de vos justo ahora. ¿Es verdad lo de la tableta de chocolate premium o me vas a hacer quedar como una mentirosa frente al ricitos?
Gideon soltó una tos seca, completamente descolocado por mi falta de decoro. Se tapó la mitad de la cara con la capa, desviando la mirada hacia el Agujero de la pared que todavía no habían terminado de arreglar.
—Duquesa... por favor... conténgase —susurró Gideon con la voz un poco ronca, visiblemente superado por la situación—. He venido por asuntos estrictamente estratégicos... No para... para ser objeto de sus comentarios anatómicos.
A mi lado, Brigit emitió un gemido de sufrimiento puro y se cubrió la cara con las dos manos, encogiéndose en su lugar.
«¿Qué le pasa a la Duquesa?», pensaba la pobre doncella, temblando de la angustia psicológica. «Antes era fría, calculadora y daba miedo... ¡Ahora es una loca sin censura que le coquetea al enemigo público en la cara del príncipe heredero! ¡Alguien que me despida, por favor, ya no gano lo suficiente para este nivel de estrés!».
Jarek, viendo que nadie le prestaba atención y que el ambiente se había vuelto ridículamente rosa entre el duque sonrojado y yo, dio un pisotón final.
—¡Esto no se va a quedar así! ¡Son unos traidores! ¡Los voy a colgar a los dos! —gritó el príncipe, saliendo disparado por el pasillo mientras se tropezaba con la alfombra y casi pierde la corona en la huida.
Gideon y yo nos quedamos solos en el salón. El dragoncito en mi regazo soltó un bostezo y yo miré al duque con una sonrisa depredadora. Mis vacaciones se estaban poniendo cada vez más interesantes.