Él es peligroso, distante y está rodeado de mujeres que harían lo que fuera por su poder. Sin embargo, Elena ha tomado una decisión: el hombre más temido del ejército será suyo. Aunque deba romper su propia timidez para reclamar el corazón de hielo que nadie ha logrado incendiar.
En la guerra del deseo, la vulnerabilidad es el arma más letal.
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capitulo 7
El día del despliegue amaneció envuelto en una niebla espesa que parecía querer ocultar el destino de los miles de hombres que partían hacia el norte. El cuartel era un hervidero de caos: relinchos de caballos, el chocar del metal y gritos de órdenes que se perdían en el aire frío.
Yo no debería haber estado allí, en medio del patio principal. Mi trabajo era quedarme en la oficina, archivando los últimos formularios de baja, pero el Capitán Vane me había encomendado una misión de "extrema urgencia": llevar los sellos reales de movilización al destacamento de retaguardia antes de que cruzaran las puertas de la ciudad.
O quizás, simplemente, yo había buscado cualquier excusa para ver a Alistair una última vez antes de que el frente de guerra se lo tragara.
Corría por el patio, esquivando carretas de suministros y soldados que cargaban fardos de heno. El suelo estaba embarrado y mi vestido verde oscuro, el más resistente que tenía, ya estaba manchado hasta las rodillas. Me sentía fuera de lugar, una pequeña figura civil en un mundo de hierro, pero el deseo de ver esa capa negra una vez más me empujaba a través de la multitud.
—¡A un lado, muchacha! —gritó un jinete, obligándome a saltar hacia una zona de suministros cerca de las fraguas.
Fue entonces cuando el aire se llenó de un olor dulce y punzante: brea quemada.
Al principio fue solo un hilo de humo negro que salía de uno de los carros de pólvora que esperaba turno para salir. Nadie pareció notarlo en el bullicio, pero yo lo vi. Una chispa de una de las fraguas cercanas, transportada por un viento traicionero, había aterrizado justo sobre la lona mal ajustada de un barril de resina.
—¡Fuego! —grité, pero mi voz, siempre tan malditamente tímida, se perdió en el estruendo de los tambores militares—. ¡Fuego en el carro de suministros!
Nadie me escuchó. El hilo de humo se convirtió en una lengua de fuego que lamió la madera del carro. Presa del pánico, corrí hacia el guardia más cercano, pero en ese momento, una pequeña explosión interna del carro lanzó astillas ardiendo en todas direcciones. Los caballos que tiraban del carro contiguo, asustados por el ruido y el calor, relincharon de terror y se encabritaron, rompiendo sus riendas.
El caos se desató en un segundo.
La gente empezó a correr, pero yo me quedé paralizada. Uno de los caballos, un semental enorme y desbocado, cargó directamente hacia donde yo estaba. El animal, con los ojos inyectados en sangre y las patas traseras lanzando coces al aire, era una masa de músculo imparable. La pared de piedra estaba a mi espalda. No tenía salida.
Cerré los ojos y me encogí, esperando el impacto que acabaría con mi vida antes de que hubiera empezado siquiera a vivirla.
—¡Cuidado!
El grito fue como un trueno. Antes de que el caballo pudiera pisotearme, sentí un brazo de hierro rodearme la cintura con una fuerza bruta. Fui arrancada del suelo con tal violencia que el aire abandonó mis pulmones. Un cuerpo duro, sólido como una roca, me envolvió por completo mientras rodábamos por el suelo de piedra y barro, alejándonos de los cascos del animal por apenas unos centímetros.
El olor a cuero, sudor y ese jabón cítrico me golpeó los sentidos incluso antes de que abriera los ojos.
—¿Estás loca? ¿Qué demonios haces aquí fuera? —la voz de Alistair Thorne vibró contra mi oído, cargada de una furia salvaje.
Estábamos en el suelo, ocultos tras una pila de cajas de madera. Él estaba encima de mí, protegiendo mi cuerpo con el suyo. Su peso era abrumador, pero en ese momento, bajo el estruendo del fuego y los gritos, me sentí más segura que en toda mi vida.
Abrí los ojos. El rostro de Alistair estaba a milímetros del mío. Tenía una mancha de hollín en la mejilla y sus ojos grises ya no eran de hielo; eran puro fuego. Su respiración era agitada, pesada, y podía sentir su corazón martilleando contra mi pecho con una violencia que igualaba la mía.
—Yo… traía los sellos… —logré articular, aunque mis labios temblaban.
Sus manos, todavía enguantadas en cuero negro, me sujetaban por los hombros con una fuerza que casi dolía. Sus ojos bajaron por mi rostro, escaneando cada centímetro como si buscara una herida, una grieta. Su mirada se detuvo en mis labios y, por un segundo eterno, la furia en su rostro se transformó en algo mucho más oscuro y hambriento.
La sensualidad del momento era casi insoportable. Estábamos cubiertos de barro, rodeados por el peligro de un incendio que los soldados ya intentaban sofocar, pero la tensión eléctrica entre nosotros era lo único que importaba. Sentía la dureza de su pecho contra mis pechos, la presión de sus muslos poderosos entre los míos mientras intentaba mantener el equilibrio sobre mí. Su cuerpo gritaba protección, pero también reclamación.
—Podrías haber muerto —gruñó, y por primera vez, detecté una nota de miedo en su voz. No miedo por él, sino por mí—. Si vuelves a cruzar esa puerta sin escolta, te juro que yo mismo te encerraré en las mazmorras para que no salgas hasta que termine la guerra.
—¿Se preocupa por mí, Excelencia? —susurré, movida por una audacia que solo nace del borde de la muerte. Mi mano, temblorosa, subió y rozó la tela de su uniforme, justo sobre su corazón desbocado.
Alistair se quedó rígido. Sus dedos se cerraron con más fuerza en mis hombros, y una pequeña exhalación se escapó de sus labios. Sus ojos se oscurecieron tanto que parecían negros. Por un instante, creí que iba a besarme allí mismo, en medio del barro y la ceniza, ignorando a su ejército y su dignidad.
—Me preocupo por la eficiencia de mis escribientes —respondió, pero sus palabras carecían de la frialdad habitual. Era una mentira que ambos sabíamos que lo era.
Sus ojos volvieron a bajar a mi boca. Su pulgar rozó mi mejilla, dejando un rastro de hollín y calor. La forma en que me miraba… era como si quisiera devorarme, como si estuviera luchando contra el instinto de reclamarme delante de todo el mundo. Su cuerpo estaba tenso, vibrando con una energía sexual contenida que me hacía arder por dentro.
—Señor, el fuego está controlado. El destacamento espera —la voz de un oficial rompió el hechizo.
Alistair cerró los ojos un segundo, apretando la mandíbula con tal fuerza que creí que se le romperían los dientes. Se apartó de mí bruscamente, poniéndose en pie y ofreciéndome una mano para ayudarme a levantar.
Me puse en pie, temblorosa, intentando limpiar mi vestido. Él no me miraba ahora. Estaba de espaldas, dando órdenes secas a los soldados, recuperando su máscara de hierro con una velocidad asombrosa. Pero yo vi cómo sus manos temblaban ligeramente mientras ajustaba su cinturón de espadas.
—Llévenla de vuelta a la oficina —ordenó a dos guardias, sin volverse—. Y asegúrense de que no salga de allí bajo ninguna circunstancia.
—Excelencia —le llamé.
Él se detuvo, pero no se giró.
—Tenga cuidado en el norte —dije, mi voz apenas un susurro que el viento casi se lleva.
Él no respondió con palabras. Solo asintió levemente con la cabeza, montó en su caballo negro con un movimiento fluido y, sin mirar atrás, espoleó al animal y salió al galope por las puertas del cuartel, seguido por el estruendo de miles de cascos.
Me quedé allí, en medio del patio lleno de humo y ceniza, viendo cómo la figura del hombre que amaba desaparecía en la niebla. Mi cuerpo todavía sentía el peso del suyo, el calor de su aliento y el roce de sus manos.
Él me había salvado. Había arriesgado su propia seguridad por la mía.
La timidez que me había acompañado toda la vida se sintió, por primera vez, como una piel vieja que ya no me servía. Alistair Thorne creía que podía irse a la guerra y olvidarme. Creía que podía dejarme atrás como a una pieza más del mobiliario.
Pero no sabía que ese destello de protección que acababa de mostrar era la grieta definitiva. Ahora sabía que bajo el hielo había un hombre que vibraba con mi presencia.
Caminé de vuelta a la oficina, escoltada por los guardias, con la cabeza alta. Mi corazón ya no era una sombra; era un campo de batalla. Y si Alistair Thorne iba a luchar contra los enemigos del reino en el norte, yo iba a luchar contra sus propios demonios aquí, en su propia casa.
La guerra había comenzado, y yo no pensaba ser una espectadora nunca más.
lo mejor que podrías hacer es concentrarte en el trabajo y cuando todo el lío de la guerra pase dar el paso adelante con el
por el momento hay que priorizar después te vas a desahogar 😉