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CAPÍTULO 4- La cena del rechazo
La inquietud no le permitió ignorarlo.
Sofía sabía que aquello no era normal. Durante años, el ala oeste había sido un lugar olvidado incluso para las órdenes más triviales. Nada llegaba allí sin un motivo… y casi nunca era bueno.
Aun así, reunió el valor necesario.
Se dirigió al pasillo principal y detuvo a uno de los sirvientes.
—Necesito hablar con el duque —dijo con firmeza, aunque su voz traicionaba un leve temblor—. Es importante.
El sirviente dudó por un instante, evaluándola, pero finalmente asintió.
—Transmitiré el mensaje.
Sofía entrelazó las manos mientras lo veía alejarse. Cada segundo de espera se le hizo eterno.
Minutos después, el sirviente regresó.
—El duque la recibirá ahora.
El corazón de Sofía dio un vuelco.
Caminó tras él, abandonando el ala oeste y entrando, después de tanto tiempo, en los pasillos del ala principal.
El contraste era brutal.
Luz, elegancia, vida…
Todo lo que a Sasha le había sido negado.
Finalmente, se detuvo frente al despacho.
—Adelante.
Sofía entró e hizo una reverencia.
El duque no levantó la vista de los documentos.
—Habla.
—Mi señor… la señorita Sasha desea hablar con usted.
Silencio.
La pluma se detuvo.
El duque alzó la mirada lentamente.
—¿Sasha? —repitió, como si el nombre no le perteneciera.
—Sí, mi señor.
Un instante de evaluación.
Luego, con frialdad:
—Dile que baje a la hora de la cena.
Sofía parpadeó, sorprendida.
—¿Mi señor…?
—Que baje —cortó él—. Comerá con nosotros.
No había espacio para dudas.
—Sí, mi señor.
Sofía salió con el corazón en la boca.
De tanto martillar en su pecho. Y regreso donde estaba su señorita.
Cuando Sofía me dio el mensaje…
Me sorprendí.
No porque dudara de mi plan.
Sino porque había funcionado más rápido de lo esperado.
—El duque… aceptó —dijo ella, aún sin creerlo del todo.
Una pequeña sonrisa se formó en mis labios.
—Entonces es hora.
Por primera vez…
Yo iba a salir del ala oeste sin esconderme.
Comencé a prepararme.
No como una niña.
Sino como alguien que iba a presentarse ante enemigos.
Cada detalle importaba.
Cada gesto.
Cada palabra.
Sofía me ayudó en silencio, aún nerviosa, ajustando mi vestido con manos ligeramente
temblorosas.
Diez minutos antes de la hora indicada, salimos.
Prefería esperar.
No ser esperada.
Las primeras en llegar fueron ellas.
La duquesa.
Y Simone.
Ambas se detuvieron en seco al verme.
El silencio cayó como un golpe.
Simone frunció el ceño, confundida.
La duquesa… simplemente me observó.
Luego entró él.
Y, por un instante…
El duque se quedó petrificado.
Como si estuviera viendo un fantasma.
Yo lo sabía.
No era por mí.
Era por ella.
Porque yo era el reflejo vivo de Sara
Echeverría.
Di un paso al frente.
Me incliné con elegancia.
—Buenas noches.
Al levantar la mirada, lo miré directamente a los ojos.
Sin miedo.
Sin emoción.
—No sé si debo dirigirme a usted como padre… o como duque.
El ambiente se tensó.
—Pero agradezco que me haya permitido salir.
Simone miró a su padre, confundida.
No entendía.
Pero algo en su expresión indicaba que, en el fondo, recordaba.
—Duquesa —continué, girándo me hacia la mujer—. Es un placer conocerla.
Pausa.
—Hermana.
El silencio se volvió más pesado.
Finalmente, el duque habló.
—Padre está bien.
Cortante.
Incómodo.
—Pasen.
Nos sentamos.
La comida fue servida.
El sonido de los cubiertos era lo único que rompía el silencio.
Hasta que él habló.
—¿Qué querías decirme?
Dejé los cubiertos con calma.
Me limpié la boca.
Lo miré.
—Padre, quiero pedirle permiso para visitar la
biblioteca.
La duquesa reaccionó primero.
—No es necesario. Ya sabes lo básico.
—Discrepo —respondí con serenidad—. Debo aprender lo necesario para el futuro.
El duque entrecerró los ojos.
—No puedes salir del ala oeste.
—Por eso pido permiso —contesté—. Iré solo a recoger libros. No permaneceré en el ala principal.
La duquesa soltó una risa fría.
—¿Tu futuro? No tienes ninguno.
Silencio.
La miré.
—Lo tendré —respondí—. A menos que su intención sea mantenerme encerrada hasta morir.
Su expresión cambió.
—Cuando llegue el momento, me casarán. Y cuando eso ocurra… tendré responsabilidades.
Incliné ligeramente la cabeza.
—¿O acaso usted no cumple con las suyas como duquesa?
El golpe fue directo.
—¡Insolente! —estalló ella—. ¿Así te educan?
Se levantó de golpe.
—Eres una salvaje. Y nunca serás más que una vergüenza.
No reaccioné.
No era necesario.
Giré hacia el duque.
—Espero su respuesta, padre.
Pausa.
—Sería lamentable que la hija de este ducado fuera vista como una ignorante.
Me levanté.
Hice una reverencia.
—Disculpen las molestias.
Y entonces—
La bofetada.
El sonido seco rompió el aire.
Mi rostro giró por el impacto.
—Jamás saldrás de ese lugar —escupió la duquesa.
Silencio.
El duque se puso de pie.
—Retírate.
No me defendió.
No la detuvo.
Nada.
Asentí.
Y me fui.
—Simone, a tu habitación.
—Tú, ven conmigo —ordenó a la duquesa.
Todos obedecieron.
O eso parecía.
Sentí su presencia antes de escucharla.
—¿Qué haces aquí?
Simone estaba en el ala oeste.
Mirando todo.
Como si estuviera descubriendo un secreto.
—Solo vine a hablar —dijo.
Me observó con curiosidad.
—No sabía que tenía una hermana… pero creo que te recuerdo.
Frunció el ceño.
—Y a una mujer… parecida a ti.
Su voz se suavizó.
—A veces sueño con ella… cantándo me.
Guardé silencio.
—Eres hermosa —añadió—. Ese vestido era mío… pero te queda mejor.
La miré.
Sin emoción.
(Parece un loro…)
Durante horas habló.
Preguntó.
Insistió.
Y yo…
Respondí lo justo.
Sin acercarme.
Sin confiar.
Porque en ese lugar…
Incluso la inocencia podía ser peligrosa.
Una sirvienta entró.
-La duquesa ha ordenado que baje señorita Simone.
-Buenas noche.
hermana hablamos después.
La invitación llegó como una anomalía.
Durante diez años, nadie había cruzado el umbral del ala oeste para ofrecerme nada que no fuera silencio, órdenes o desprecio.
Y, sin embargo… algo había cambiado.
No por voluntad del duque.
Sino porque yo lo había provocado.