Una historia de amor y realeza 👑
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Capítulo 4: La mirada que no debía existir
Polet llegó al banquete con el corazón latiendo con fuerza.
En cuanto cruzó las puertas del gran salón, algo cambió.
Las miradas comenzaron a girarse hacia ella.
Nadie sabía quién era aquella joven que acababa de entrar tomada del brazo del duque Lancaster… pero todos coincidían en algo:
Era imposible ignorarla.
A pesar de sus nervios, Polet caminaba con una elegancia natural, casi imponente. Su presencia no era escandalosa, no buscaba llamar la atención… y aun así lo hacía.
Los rumores…
eran mentira.
No era fea.
No era horrible.
Era todo lo contrario.
Su cabello castaño oscuro caía en ondas suaves hasta la altura de su cintura. Su piel morena clara brillaba con delicadeza bajo las luces del salón. Sus ojos color café tenían una profundidad que atrapaba, y sus cejas bien definidas enmarcaban perfectamente su rostro.
Sus labios, suaves y carnosos, y su figura… aunque no perfecta según los estándares del reino, resultaba armoniosa, femenina y envidiable.
Delgada, con curvas sutiles, con una presencia que hablaba por sí sola.
Y ese vestido.
Color café.
Simple.
Diferente.
Mientras todas lucían tonos llamativos, ella destacaba precisamente por su sencillez.
Y su aroma…
dulce, ligero, inolvidable.
A donde pasaba, dejaba una sensación difícil de describir.
Los murmullos comenzaron.
Los cuchicheos crecían entre las damas.
—¿Quién es ella…?—
—¿Por qué nunca la habíamos visto?—
—Es… hermosa…—
—
El duque Lancaster la dejó por un momento, confiándola a su doncella de compañía.
Cristina.
Quien había crecido junto a Polet desde pequeñas.
Cristina era todo lo que el reino consideraba perfecto: piel blanca como la nieve, facciones delicadas, belleza evidente.
Pero aun así…
no opacaba a Polet.
Sin embargo, Polet no lo veía así.
Su inseguridad le susurraba otra verdad.
Creía que todas las miradas eran para Cristina… no para ella.
—
De pie entre la multitud, Polet se perdió en sus pensamientos.
Pensó en su madre.
En sus hermanos.
En lo diferente que sería ese momento si ellos estuvieran ahí.
Imaginó a su madre acomodándole el cabello, corrigiendo cada detalle.
A su hermana mayor enseñándole a sonreír con elegancia.
A su pequeño hermano… mirándola con admiración y diciéndole lo hermosa que se veía.
Una sonrisa triste apareció en su rostro.
Los extrañaba.
Más de lo que podía admitir.
—
El sonido de las trompetas la hizo volver a la realidad.
—¡Todos en silencio!— anunció una voz firme.
—¡El Rey Elliot Varennes Primero y la Princesa Aurora Varennes hacen su entrada! ¡Muestren sus respetos!—
El salón entero se paralizó.
Y entonces…
aparecieron.
El Rey descendía nuevamente, acompañado de Aurora. La elegancia, el poder, la presencia… todo en él dominaba el ambiente.
Las jóvenes comenzaron a acomodarse el cabello, a enderezar la postura, a intentar ser vistas.
Pero Polet…
solo lo observaba.
Con una atención distinta.
Sus ojos recorrieron cada detalle de él… pero no con ambición.
Con reconocimiento.
Porque ella…
ya lo conocía.
Conocía su historia.
Su dolor.
Había vivido parte de él.
Apenas tenía ocho años cuando coincidió con Elliot, con Rosetta… con la Reina Viuda. Pero siempre fue una presencia invisible.
Una niña más.
Mientras Aurora era su amiga… ella simplemente estaba ahí.
Observando.
Recordando.
Y, sin darse cuenta…
enamorándose.
Pero ese amor nunca creció.
Porque ella misma lo apagó.
Por respeto.
Porque sabía que el corazón del rey pertenecía a alguien más.
A Rosetta.
Y siempre sería así.
—
De pronto…Elliot levantó la mirada.
Y sus ojos se encontraron.
Polet sintió que el aire le faltaba.
Pero algo la sorprendió.
No fue su autoridad lo que la impactó…fue su tristeza.
Profunda.
Silenciosa.
Dolorosa.
Ella la reconocía. Porque también vivía con una.
—
Reaccionó de golpe.
Desvió la mirada, nerviosa, sintiendo que no debía estar viéndolo así.
Comenzó a moverse entre la multitud, intentando desaparecer.
Pero ya era tarde.
Elliot… ya la había visto.
—
La música comenzó a sonar y las parejas empezaron a ocupar el centro del salón.
Polet, intentando calmarse, se dirigió a la mesa de bocadillos.
Tomó un pequeño dulce, sin siquiera saber qué era, solo para tener algo en las manos.
—Hermosa noche, ¿no crees?—
Una voz masculina la sacó de sus pensamientos.
Un joven se había acercado a ella. Polet lo miró con confusión.
No lo conocía.
Ni siquiera se había presentado.
Pero eso no le impidió comenzar a hablar… de sí mismo.
De sus logros.
De su familia.
De todo.
Polet apenas asentía, incómoda, buscando una salida.
Y entonces…
—¿Polet?—
Esa voz.
Su voz.
Aurora apareció a su lado como un salvavidas.
—¡Al fin te encuentro!— dijo con una sonrisa brillante mientras tomaba su brazo.
Polet suspiró internamente, aliviada.
—Disculpa, me la llevo.— dijo Aurora con naturalidad, sin esperar respuesta del joven.
Y así, sin más…la rescató.