Ethan es un joven que vive la vida a través de un cristal hasta que el destino le enseña que no todo lo que brilla es oro.
NovelToon tiene autorización de Tintared para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El choque de los espectros
Una semana exacta duró el espejismo de la nueva mina de oro. Para cuando el acaudalado caballero de mediana edad se marchó de París con la billetera mermada y el orgullo intacto, Anelly se encontró una vez más sola en la inmensidad de la capital. Fiel a su naturaleza parasitaria y sin la menor pizca de previsión, se dedicó a dilapidar el dinero obtenido en una vorágine de tonterías banales: bolsos de piel exótica, vestidos de seda que apenas usaría una vez y zapatos que se amontonaban en el vestidor de su hotel. Pasaba las tardes en los spas más lujosos de la ciudad, sumergida en baños de esencias y masajes con aceites caros, intentando borrar de su piel el olor a pólvora y tragedia que había dejado el norte de Francia.
Creía que el mundo seguía bajo su control. Su orgullo estaba intacto, sus armarios llenos y se sentía completamente lista para iniciar su próxima cacería. El tablero de París estaba limpio, o eso pensaba ella.
No sabía que Ethan Dragomir guardaba la última esquina de la Rue du Faubourg Saint-Honoré.
El transilvano la esperaba justo afuera de una de las tiendas de alta costura más exclusivas de la avenida. El aire de la tarde era frío, pero Ethan permanecía inmóvil, apoyado en su bastón con empuñadura de plata, mimetizado entre las columnas de piedra del edificio. Su tez blanca de mármol y sus ojos de obsidiana cortaban la luz crepuscular de la ciudad.
Las puertas de cristal de la boutique se abrieron y Anelly emergió a la acera. Llevaba los brazos cargados de bolsas de papel satinado con logotipos dorados, moviéndose con esa cadencia altiva que simulaba una nobleza de cuna. Al principio, sus ojos azules pasaron de largo por la silueta de Ethan; para ella, los hombres en la calle eran simplemente parte del paisaje o potenciales chequeras vivientes.
Ethan no esperó a que lo descubriera por azar. Con un movimiento calculado, rítmico y preciso, cortó su trayectoria.
El impacto fue inevitable. Los hombros de ambos chocaron con la fuerza justa para desestabilizar a la rubia, haciendo que un par de sus lujosas bolsas resbalaran por sus brazos. Anelly soltó un bufido de indignación, frunciendo el ceño y levantando la mirada con los labios listos para soltar una reprimenda cargada de desprecio aristocrático.
—¿Es que no ve por dónde cami...? —las palabras se le congelaron en la garganta.
Anelly se quedó sin aliento. El suelo pareció moverse bajo sus zapatos de diseñador. Frente a ella no había un caballero parisino torpe; estaba el fantasma de los Cárpatos.
Sin embargo, el hombre que la miraba desde las alturas ya no tenía la mirada rota ni las manos temblorosas del artesano de dieciocho años que ella había desvalijado en el invierno de su desgracia. Este Ethan poseía unos pómulos afilados de una nobleza gélida, un corte de ropa que eclipsaba al de cualquier magnate local y una presencia tan imponente que parecía absorber la luz de la calle.
Una corriente de aire helado recorrió la espina dorsal de Anelly, provocándole un escalofrío físico que la hizo dar un paso hacia atrás.
Ethan no pronunció una sola palabra. Simplemente sostuvo la mirada, estiró las comisuras de los labios y le dedicó una sonrisa demoníaca, lenta, desprovista de cualquier rastro de calor o humanidad. Era la sonrisa de quien posee el control absoluto del tiempo, del espacio y de sus vidas; una declaración silenciosa de que la cacería había cambiado de bando. Ethan quería jugar con su mente, desgastar sus emociones y ver cómo el pánico devoraba la fachada de porcelana que tanto le había costado construir.
El instinto de supervivencia de Anelly, agudizado por años de engaños, reaccionó antes que su intelecto. No intentó dar explicaciones, no ensayó una de sus mentiras corporativas ni buscó seducirlo. Supo, con una certeza aterradora, que el hombre que tenía enfrente era capaz de destruirla allí mismo.
Apretando las bolsas contra su pecho con las manos temblando de forma incontrolable, Anelly dio media vuelta e intentó huir rápidamente entre la multitud del bulevar. Caminaba a tropezones, mirando de reojo por encima del hombro, con el corazón golpeándole las costillas. Sabe perfectamente que en su juego el tiempo se ha agotado y que el monstruo que ella misma forjó en Transilvania finalmente ha venido a cobrar la deuda.