Daniela lo tiene todo: belleza, carisma y un futuro brillante como la mejor estudiante de su clase. Pero la perfección es una fachada frágil. Cuando un secreto familiar sale a la luz, el mundo que conocía se desmorona, dejándola atrapada en una red de mentiras y una traición devastadora de la persona que más amaba. Frente a un destino que ya no reconoce, Daniela deberá tomar una decisión radical: aceptar la derrota o transformarse en alguien que nadie esperaba.
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Capítulo XXIV Comparaciones y arrepentimiento
El murmullo en la entrada principal del Hospital Central cambió de tono de manera drástica en cuestión de segundos. El habitual vaivén de médicos, enfermeras y familiares de pacientes se congeló cuando tres imponentes camionetas blindadas de color negro satinado se estacionaron en perfecta formación frente a la rampa de acceso.
De la primera y la tercera camioneta descendieron rápidamente cuatro hombres con trajes oscuros y auriculares, posicionándose estratégicamente para controlar el perímetro. La demostración de poder y seguridad era tan abrumadora que incluso los vigilantes del hospital dieron un paso atrás, intimidados.
Andrés, quien ya esperaba en el vestíbulo tras despedirse con aspereza de Laura, caminó hacia la camioneta del centro y abrió la puerta trasera con un gesto de absoluto respeto.
Leonardo Sterling descendió del vehículo. Vestía un traje gris hecho a la medida, sin corbata y con los primeros botones de la camisa blanca abiertos, lo que le otorgaba un aire de elegancia impecable pero peligrosamente informal. Llevaba unas gafas oscuras que se retiró con tranquilidad, revelando esos ojos negros que parecieron escanear la fachada del hospital con absoluto desprecio. El sol del mediodía caía con fuerza, reflejándose en las estructuras de vidrio del edificio que ahora, legalmente, le pertenecía en su mayor parte.
Al ver su llegada desde el ventanal del segundo piso, Daniela sintió un vuelco en el estómago. Se despojó de la bata médica, arregló su cabello frente al espejo del consultorio y bajó las escaleras mecánicas del vestíbulo central, intentando que sus tacones resonaran con la misma seguridad que él desprendía.
Cuando las puertas automáticas se abrieron, Leonardo clavó su mirada en ella. No esperó a que llegara hasta el vehículo; acortó la distancia con pasos firmes y elegantes, deteniéndose justo frente a ella en medio del vestíbulo. El personal del hospital observaba la escena en un silencio sepulcral.
—Llegas tarde para el almuerzo, doctora —dijo Leonardo, con una voz grave que barrió con cualquier rastro de la discusión mañanera, sustituyéndola por una calidez perfectamente fingida para el público que los rodeaba.
—Tenía pacientes que atender, Sterling. Mi tiempo en este lugar no te pertenece —replicó ella en un susurro, sosteniéndole la mirada.
Leonardo esbozó una sonrisa de medio lado, ladina y posesiva. Sin previo aviso, extendió su mano y la tomó firmemente por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo con una familiaridad que hizo que a Daniela se le cortara la respiración. Se inclinó sutilmente y depositó un beso lento y deliberado en la comisura de sus labios, asegurándose de que cada médico y administrativo que miraba desde los pasillos entendiera el mensaje: Daniela era intocable.
—Todo lo que te rodea me pertenece ahora, mi vida —susurró él contra su oído, enviándole un escalofrío por la espina dorsal—. Andrés me informó que tu padre estuvo aquí haciendo control de daños. Nos vamos de aquí ahora mismo. Tenemos mucho de qué hablar mientras almorzamos.
Sin darle tiempo a replicar, Leonardo la guió con firmeza hacia la camioneta blindada, manteniendo su mano apoyada en la parte baja de su espalda.
Daniela subió al vehículo consciente de que la visita de su padre había desatado una nueva alerta en el radar de su esposo, y que el almuerzo que les esperaba estaría lejos de ser pacífico.
Mientras Daniela comenzaba a asimilar la arrolladora atención y el estatus que le brindaba ser la legítima esposa de Leonardo Sterling, al otro lado de la ciudad, en la grandeza del apartamento que compartían Diego y Amanda empezaba a hundirse en una auténtica pesadilla.
Las consecuencias de sus intrigas y de haber expuesto el escándalo familiar no tardaron en pasarle factura de la forma más dolorosa y humillante posible. Diego, lejos de mostrarse agradecido o enfocado en el futuro matrimonio que habían planeado para consolidar sus ambiciones, se encontraba en un estado de desquiciamiento absoluto. La llamada de esa mañana con Leonardo, sumada al despliegue de poder del Sterling en el Hospital Central, lo habían sumido en una obsesión enfermiza.
Diego ya no veía a Amanda como su cómplice ni como la mujer que había elegido; ahora solo la veía como el consuelo de segunda mano tras haber perdido a la verdadera joya.
Aquella tarde, Amanda entró a la biblioteca de la casa y encontró a Diego sirviéndose un tercer vaso de whisky, con la mirada perdida y el ceño fruncido. Ella, intentando mantener la fachada de la novia perfecta, se acercó con suavidad para acariciarle el hombro.
—Diego, mi amor, tienes que calmarte —dijo Amanda con voz mimosa—. Deja que Daniela se hunda sola con ese demente. Nosotros tenemos que seguir con los preparativos de la boda, mi papá ya está organizando los contratos de...
—¡Cállate, Amanda! —la interrumpió Diego bruscamente, apartando el hombro de su toque con un desprecio que la dejó helada—. ¿De verdad no te das cuenta de lo que hiciste? Por culpa de tus celos absurdos y tus ganas de pisotearla, la empujaste directo a los brazos del único hombre que tiene el poder para borrarnos del mapa.
—¿Me estás echando la culpa a mí? —preguntó Amanda, con los ojos llenos de lágrimas de indignación—. ¡Yo lo hice por nosotros! Ella no merecía estar contigo.
Diego soltó una carcajada amarga, clavando sus ojos en ella con una frialdad que Amanda nunca le había visto. Fue en ese instante cuando comenzó la tortura psicológica de las comparaciones.
—¿Por nosotros? Por favor, Amanda. Mírate —escupió Diego, recorriéndola de arriba abajo con una mirada despectiva—. Daniela nunca habría sido tan sumamente estúpida. Ella tiene clase, tiene una carrera, tiene una mente brillante que resolvía problemas en lugar de crearlos. Tú solo sabes gastar el dinero de tu padre y armar berrinches de niña consentida.
—¡No te atrevas a compararme con ella! —gritó Amanda, con el orgullo completamente herido—. ¡Yo soy la que está aquí contigo! ¡Ella te olvidó en un segundo!
—¡Porque ella sí vale la pena! —rugió Diego, estrellando el vaso de cristal contra el piso de la biblioteca, haciendo que Amanda diera un brinco del susto—. Tu hermana se casó con un Sterling y en veinticuatro horas se convirtió en la dueña del hospital más importante de la ciudad. ¿Y tú qué has hecho? Solo sabes llorar y quejarte. Daniela siempre fue mucha más mujer que tú en todos los sentidos, y yo fui un maldito imbécil por cambiarla por alguien tan insignificante.
Cada palabra de Diego se clavó como un puñal envenenado en el pecho de Amanda. Las comparaciones eran constantes, despiadadas y diarias. En la intimidad, en el desayuno, frente a los empleados; Diego no perdía oportunidad para recordarle que ella solo era la sombra de su hermana mayor.
Mientras Daniela caminaba con la frente en alto, respaldada por el imperio Sterling y ganándose el respeto del mundo médico, Amanda Talavera comenzaba a consumirse en el infierno de su propio veneno, dándose cuenta de que, en su intento por destruir a Daniela, solo había logrado cavar su propia tumba emocional.