En la ciudad de las sombras de neón, el valor de una persona se mide por su capacidad de someter o su utilidad para ser sometida. Para Fah, la balanza siempre se había inclinado hacia lo segundo. Con su silueta andrógina, sus hombros rectos y ese corte wolf cut que le otorgaba una fortaleza visual que su corazón se negaba a sostener, Fah se había convertido en el accesorio perfecto para la crueldad. En los pasillos de la escuela, ella no era una joven con sueños; era un escudo, un cargador de bolsos caros, una billetera abierta y una dignidad pisoteada por quienes confundían su nobleza con debilidad.
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Presentacion en sociedad
Fah miró el traje que descansaba sobre la cama. Era negro azabache, de corte italiano, ajustado perfectamente a su complexión atlética. No era el uniforme escolar holgado ni la ropa que las chicas populares le obligaban a usar; este traje emanaba una elegancia peligrosa.
Cuando se lo puso, sintió que la tela era como una armadura. Se miró al espejo: se veía fuerte, distinguida, casi como una persona diferente. Solo sus ojos, aún algo temerosos, delataban a la chica que había saltado del puente.
Mientras tanto, en la suite principal, Dará había dejado atrás la suavidad de la pijama guinda y la rigidez de la ropa táctica. Su transformación para la noche fue absoluta. Se deslizó dentro de un vestido de seda negro, largo hasta el suelo, con una abertura que subía por su pierna y una espalda descubierta que revelaba la ausencia de cicatrices visible (o quizás, solo las que ella permitía ver). Era la personificación de la elegancia letal. Sus tacones de aguja resonaban en el mármol mientras caminaba hacia el vestíbulo.
Fah esperaba nerviosa en la base de la gran escalera. Cuando Dará apareció en lo alto, el tiempo pareció detenerse. Fah nunca había visto a alguien tan intimidantemente hermosa. Dará bajó lentamente, su mirada fija en Fah, evaluando el efecto del traje.
Al llegar al último escalón, Dará extendió su mano enguantada hacia Fah.
—Estás impecable, Fah —dijo Dará, su voz volviéndose un murmullo posesivo—. Esta noche, no eres mi sombra. Eres mi compañera. Vamos a juego; negro sobre negro. Una advertencia para quien ose mirarnos de más.
Fah tomó la mano de Dará con delicadeza, sintiendo el cuero suave del guante contra su piel. El contraste era perfecto: la figura andrógina e impecable de Fah con el traje, y la feminidad depredadora y elegante de Dará con el vestido.
Llegaron a un club nocturno exclusivo, propiedad de la mafia. La música de bajo profundo vibraba en las paredes de terciopelo. Al entrar, el silencio se extendió como una ola. Los hombres armados en la puerta se cuadraron inmediatamente. Los jefes de otras facciones, que reían ruidosamente con copas de cristal, se congelaron.
Dará caminó con la cabeza en alto, su mano firmemente entrelazada con la de Fah. No era un secreto que Dará era la jefa, pero la presencia de Fah, vestida a juego y tomada de la mano con ella, enviaba un mensaje inconfundible.
Se dirigieron a la zona VIP, que dominaba la pista de baile. Dará no se sentó; se quedó de pie, con Fah a su lado, mirando hacia la multitud.
—Míralos, Fah —susurró Dará al oído de la chica, el calor de su aliento contrastando con el frío de la sala—. Todos estos hombres poderosos nos temen. Y tú... tú eres la única que tiene mi permiso para estar aquí, a mi lado. Esta noche, todos sabrán que quien te toque a ti, me toca a mí.
Fah miró a la multitud que bajaba la mirada ante ellas. Por primera vez en su vida, no sintió miedo. Sintió el abrazo protector de la oscuridad.