Ayla Eisen y Ragnar crecieron bajo la sombra de una tragedia idéntica: la enfermedad que les arrebató a sus madres, dejando a sus padres, empresarios y amigos de toda la vida, sumidos en el dolor, pero ahora, ellos han decidido sellar su destino con un contrato inquebrantable; obligándolos a contraer nupcias, donde se ven atrapados en un matrimonio sin amor, pero unidos por una promesa desesperada hecha sobre las lápidas de sus esposas; que consiste en usar su unión para financiar la batalla contra el mal que destruyó a sus familias, en una casa llena de silencios y recuerdos, en la cual deberán decidir si su alianza es solo un negocio doloroso o si, entre las cenizas de su pérdida, puede nacer la fuerza para sanar... y quizás, aprender a amar
"Nuestras madres nos heredaron su ausencia con su partida pronta, pero nuestros padres nos vendieron al mismo dolor; ahora estamos encadenados por un contrato que se firmó con sangre y se selló sobre sus tumbas."
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Capítulo 23
Intentar dormir después de lo ocurrido hace unos momentos, era un intento de engaño a mi lógica racional, el cerebro no dejaba de bombardearme con imágenes mientras permanecía sentada en el suelo, con la espalda pegada a la madera fría, escuchando los latidos desbocados de mi propio corazón, que aún resonaban como un eco tardío del asedio de Ragnar; los dedos, aun temblorosos y torpes, subieron a mis labios que estaban todavía hinchados, calientes e impregnados con el sabor del whisky, pero, sobre todo, marcados por la revelación implícita que nos había dejado a ambos al borde del abismo.
El implacable tiburón blanco de los negocios; ese hombre que leía los contratos entre líneas y anticipaba los movimientos de sus peores rivales, había descifrado los espasmos de mi cuerpo con una precisión clínica, ¡sí!, mi inocencia que era un secreto que yo pretendía ocultar bajo una capa de cinismo intelectual y batas de laboratorio, había quedado expuesto en el primer acercamiento de este lobo audaz bajo la luz del recibidor. Sin embargo, no hubo burlas, ni comentarios soeces, pero a estas alturas ya yo no sabía que era peor; si su retirada diplomática o una mofa directa.
Cuando el sol comenzó a filtrarse por las cortinas, pintando la habitación de un tono grisáceo lúgubre, me quedó claro que estaba a unas cuantas horas de convivir diez años de mi vida con quien descubrió mi secreto más íntimo y no fue capaz de creerlo.
Los dos días que faltaban para el gran evento, según las revistas, trascurrieron como en un colegio, huyendo del profesor; ni yo lo quería ver a él, por la gran vergüenza que sentía, ni él a mí; por lo que me refugiaba en el ala de oncología pediátrica o en los laboratorios de investigación.
Al llegar el famoso día tan esperado por los medios de comunicación y nuestros padres, un espectáculo diseñado para deleitar a la alta sociedad y consolidar imperios, yo miraba el vestido de novia que colgaba del armario; sin lugar a dudas era una monstruosidad de alta costura que parecía más una armadura de encaje que un símbolo de amor. —De la nada una asfixia insoportable entró a mi pecho.
Escuché un golpe suave en la puerta que me sobresaltó, pero no fue como la de hace un momento con la insistencia de las estilistas, solo era un golpe rítmico, pausado de tres toques.
Al abrir, me encontré con Ragnar. — Podemos hablar un momento Ayla.
—¿A qué juegas, Ragnar? Las maquilladoras llegarán en media hora y nuestros padres...
—Al diablo con los maquilladores y con nuestros padres —Interrumpió, dando un paso hacia el interior de la habitación, obligándome a retroceder, pero había algo en su mirada, como una mezcla de respeto o tregua silenciosa, que me hizo confiar repentinamente en él por primera vez desde que firmamos el maldito compromiso.
—Lamento lo ocurrido aquella anoche. —Soltó de repente, sin mirarme. Decir esas palabras parecieron costarle un esfuerzo supremo. — No debí presionarte de esa manera y menos por un tema como Malik Al-Zahrani. —Yo no soy un monstruo, Lía, aunque me esfuerce en parecerlo, no voy a volver a presionarte o ponerte un dedo encima. —¡Claro está!, si tu no quieres...
—Descubriste mi secreto —Dije apenas en un murmullo, sintiendo que el viento que estaba entrando por la ventana se llevaba mis palabras, despojándolas de su peso vergonzoso. —Supongo que ahora tienes una ventaja más en este matrimonio por contrato, una mujer inexperta que puedes moldear a tu antojo.
Ragnar soltó una risa seca, desprovista de humor.
—¿Ventaja? —Repitió, con una suavidad que me erizó la piel.
—¡Dios, Lía!, eres tan brillante para la ciencia, pero tan ingenua para lo demás, no lo veo como una ventaja, sino como una condena.
—¿Qué dices?
—Saber que puedo llegar a ser el primero y que no tienes defensas contra lo que esto implica, me obliga a ser consciente de cada maldito paso que dé contigo.
—¿Y qué queda, Ragnar? —Pregunté, molesta al escuchar lo que pensaba de que sea una mujer casta a estas alturas; busqué su mirada, obligándolo a sostener el contacto visual. —En unas cuantas horas seremos marido y mujer, por diez años; ante la ley y ante el mundo, nos espera una boda sin amor, llena de espinas por la codicia de nuestros padres.
Él guardó silencio analizando mis palabras.
—Además tenemos que regresar a la realidad ya casi llegan los estilistas para prepararme para este maldito circo que va a empezar, no te preocupes que tengo claro que no vas a cambiar nunca, que tus preferencias son particularmente incompatibles conmigo, no necesitas levantar muros, para eso tengo el ala este de esta pecera gigante; no voy a torturarte o importunarte para que me pongas un dedo encima, me lo dejaste muy claro desde el principio, que no querías a una carcelera, únicamente una esposa en el papel.
Mis palabras quedaron suspendidas en el aire de esas cuatro paredes, tan pesadas como el plomo, trazando una línea divisoria incuestionable entre los dos, le ofrecí la salida perfecta para mi orgullo, la indiferencia mutua, como una especie de pacto, sosteniendo una máscara de frialdad científica que por dentro se caía a pedazos.
Ragnar me miró fijamente, sus ojos azules, se contrajeron en una expresión indescifrable de contrariedad; dio un paso hacia mí, acortando la distancia con esa severidad peligrosa que lo caracterizaba, pero antes de que pudiera articular una palabra, el pomo de la puerta se sacudió violentamente.
—¡Ayla! ¡Ayla, abre de inmediato! —La voz severa e inflexible de mi padre, estaba cargada con la urgencia del hombre que no tolera un solo retraso en sus cronogramas corporativos, resonó desde el pasillo. —Los estilistas llevan diez minutos esperando en el vestíbulo. —No toleraré un desplante ante la prensa. ¡Abre la puerta!
El rostro de fastidio de Ragnar fue inmediato. Giré la llave y abrí la puerta, mi padre entró como una tromba marina, impecable en su traje de etiqueta, pero con el ceño fruncido y el reloj de oro en la muñeca dictando cada segundo de su impaciencia, se detuvo en seco al ver a Ragnar de pie junto a mi cama, su expresión pasó de la indignación a una fría aprobación ejecutiva, asumiendo de inmediato que estábamos repasando los detalles del acuerdo.
—Ragnar... —Dijo mi padre, modulando su tono al instante para adoptar su voz más protocolaria. —No sabía que estás en esta ala de la casa; tu padre te está buscando en el despacho principal para revisar los últimos detalles del comunicado de prensa que se emitirá tras la ceremonia, es de pésimo gusto que te encuentren aquí antes de que la boda comience. —Es mejor que salgas de la habitación; Lía necesita ser transformada en una hermosa novia que todos los socios están esperando ver.
Él no se inmutó ante la orden de mi padre, recuperó su postura erguida, la máscara de absoluta indiferencia que tanto odiaba que pusiera y admiraba a la vez. Pesadamente se acomodó los puños de la camisa con una lentitud exasperante.
—Ya me retiraba, señor Leonardo. —Respondió, con una voz profunda llena de esa calma glacial que no delataba la menor emoción. —Solo estaba asegurándome de que mi futura esposa recordara los términos de nuestro itinerario de hoy.
Me miró una última vez, fue una mirada rápida, pero cargada de una advertencia silenciosa, como si quisiera dejar claro que nuestra conversación no había terminado, sino que sencillamente quedaba aplazada por la función que estaba próxima a iniciar; se dio la vuelta y salió con paso firme, dejando tras de sí el sutil aroma a perfume de madera que lo envolvía.
—Bien, muévanse. —Sentenció mi padre, haciendo una señal hacia el pasillo donde el ejército de estilistas aguardaba. —Vamos carajo, no tenemos ni un minuto que perder, el altar de la catedral no va a esperar por los retrasos de nadie.
En un abrir y cerrar de ojos, mi cuarto fue invadido por diseñadores, maquilladores y peluqueros que se movían con la precisión de cirujanos plásticos, pronto fui empujada hacia el tocador, donde mis ojeras fueron sepultadas bajo capas de bases de maquillaje, mis labios delineados con un carmín pálido elegante y mi cabello recogido en un intrincado moño alto que tiraba de mi cuero cabelludo, recordándome a cada segundo que ya no me pertenecía.
El proceso fue una tortura silenciosa, mientras tres personas tiraban del corsé de mi vestido de novia, ajustándolo hasta el punto de hacerme contener el aliento, comprendí la magnitud del espectáculo que se avecinaba; nuestros padres no habían escatimado en un solo centavo; habían transformado lo que debería ser un compromiso humano en una demostración por todo lo alto de poderío financiero y conexiones de alta alcurnia.
Cuando las puertas de la catedral se abrieron de par en par, el despliegue de lujo me golpeó como una ráfaga de viento helado, el pasillo había sido convertido en un vergel surrealista de paredes cubiertas por completo de rosas blancas importadas y orquídeas exóticas que exhalaban un aroma denso, casi anestésico; junto a miles de velas de cera pura que parpadeaban en candelabros de plata antigua, reflejándose en el suelo de mármol pulido que brillaba como un espejo.
Caminé del brazo de mi padre, sintiendo las miradas de ochocientos invitados de la alta sociedad, entre políticos, magnates de la industria, celebridades y diplomáticos. Los flashes de las cámaras de la prensa exclusiva autorizada estallaban a los lados, capturando cada milímetro de mi marcha nupcial y lo peor era que todo el diseño estaba pensado para maravillar, gritándole al mundo que la fusión de nuestros apellidos creaba un imperio intocable, una opulencia obscena construida sobre los cimientos de mi propia reclusión y de la ausencia de las únicas personas que realmente me importaban.
Al final del pasillo, junto al altar, esperaba Ragnar.