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Brillo en sociedad
El carruaje avanzaba por las calles empedradas con un ritmo constante y suave. A través de la ventana, veía pasar la ciudad: edificios de piedra, faroles de hierro forjado y gente vestida con elegantes ropajes caminando por las aceras. Era como estar dentro de un sueño, o de una película de época increíblemente real.
—¿Está nerviosa, señora? —preguntó Lila, que iba sentada frente a mí, ajustándose su propio vestido de sirvienta.
—Un poco —admití, sonriendo—. Pero más que nada, tengo curiosidad.
Miré mi reflejo en el pequeño espejo de mano que llevaba. Hoy no parecía la misma mujer frágil de hace unos días. Lila había hecho un trabajo magistral: me había peinado el cabello recogido en un elegante moño alto, dejando algunos mechones suaves que enmarcaban mi rostro, y me había maquillado sutilmente, resaltando mis ojos verdes.
Llevaba un vestido de seda color azul zafiro, con bordados de perlas que brillaban cada vez que me movía. Me sentía... poderosa.
—Está preciosa, señora —dijo Lila con orgullo—. El Duque no podrá quitarle los ojos de encima.
Justo en ese momento, sentí una mirada pesada sobre mí. Levanté la vista y me encontré con los ojos grises de Kaelen. Él iba sentado a mi lado, inmóvil, con las manos cruzadas sobre su regazo, vestido con su uniforme oscuro de siempre, que lo hacía ver aún más imponente.
No había dicho ni una palabra en todo el camino, pero sabía que me estaba observando.
—¿Tengo algo en la cara, Su Excelencia? —pregunté con tranquilidad, rompiendo el hielo.
Kaelen parpadeó, un poco sorprendido por mi descaro, pero luego su expresión se suavizó mínimamente.
—Solo... compruebo que no vayas a ponerte a llorar o a desmayarte en cuanto pongas un pie fuera —dijo con su típico sarcasmo—. La antigua Elena solía ponerse histérica en eventos públicos.
—Pues puedes estar tranquilo —respondí, enderezando la espalda—. Hoy no habrá desmayos.
El carruaje se detuvo. Llegamos.
Se abrió la puerta y primero bajó él. Kaelen extendió su mano hacia mí con elegancia. Dudé un segundo, pero la tomé. Su mano era grande, cálida y firme. Al bajar, sentí la mirada de decenas de personas clavándose en nosotros.
Estábamos frente al Palacio de Invierno, un lugar majestuoso lleno de luces y música. Todos los nobles del reino estaban allí.
—Recuerda mis palabras, Elena —susurró Kaelen cerca de mi oído, mientras caminábamos lentamente hacia la entrada, con mi mano apoyada en su brazo—. Mantén la cabeza alta, sonríe y no hables demasiado a menos que te pregunten. Y... sobre todo, no te acerques a la Lady Valeria.
—¿Lady Valeria? —pregunté en voz baja.
—Es... una amiga muy cercana mía —dijo él, y hubo algo en su tono que me hizo sentir una punzada extraña en el pecho—. Y es muy venenosa. Evítala.
Entramos al gran salón y la música calló por un segundo. Todos se giraron a mirarnos. Los susurros empezaron de inmediato.
"Mira, es la Duquesa Blackwood..."
"Pensé que estaba enferma..."
"Se ve muy diferente..."
Sentí las ganas de esconderme, pero recordé mi promesa. No soy la misma. Soy fuerte. Respiré hondo, levanté la barbilla y regalé al público una sonrisa serena y segura.
Kaelen me guió hasta el centro de la sala. Allí nos recibió el mismísimo Rey, un hombre mayor y sabio que nos sonrió con amabilidad. Todo fue protocolos, saludos formales y preguntas sobre mi salud. Respondí con educación, firmeza y sin titubear. Veía cómo Kaelen me miraba de reojo, y aunque no lo decía, parecía... satisfecho.
Pero la paz no duró mucho.
—¡Kaelen! Querido —una voz dulce pero cargada de veneno cortó el aire.
Una mujer alta y espectacular se acercó a nosotros. Vestía de rojo sangre, con joyas carísimas y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Era innegablemente hermosa, pero había algo en ella que ponía los pelos de punta.
Me miró de arriba abajo con desdén, luego clavó sus ojos en mí.
—Vaya... así que sobreviviste, pequeña rata —dijo en voz alta, lo suficientemente fuerte para que los que estaban cerca escucharan—. Pensé que la muerte te habría hecho un favor y te llevaría lejos de aquí.
Sentí cómo la sangre me hervía. La antigua Elena se habría echado a llorar y habría buscado refugio detrás de su marido.
Pero yo no.
Sonreí aún más amplia, dando un paso al frente, quedando cara a cara con ella.
—Lamento decepcionarla, Lady Valeria —dije con voz clara y dulce, pero firme como el acero—. Pero parece que el destino tiene otros planes para mí. Y dicen que lo que no mata, fortalece... ¿no es así?
La mujer abrió los ojos sorprendida, sin esperar esa respuesta. Miró a Kaelen buscando apoyo, esperando que él me regañara.
Pero Kaelen... Kaelen no dijo nada. Simplemente cruzó los brazos y una media sonrisa pícara apareció en sus labios. Estaba disfrutando el espectáculo.
—Además —continué, ajustándome bien del brazo de mi esposo—, mientras yo esté aquí, soy la Duquesa Blackwood. Y le agradecería que recordara su lugar cuando se dirija a mí.
Valeria se quedó pálida de la rabia, incapaz de responder.
—Bueno —intervino Kaelen entonces, con voz autoritaria—. Parece que mi esposa se siente mucho mejor. Si nos disculpan... vamos a bailar.
Me tomó de la cintura con firmeza y me llevó hacia la pista de baile justo cuando la orquesta empezaba a tocar una melodía lenta y romántica.
Estábamos rodeados de gente, pero en ese momento, solo existíamos él y yo. Sus manos me sostenían con fuerza, mis manos en sus hombros.
—¿En serio tenía que ser tan agresiva? —susurró él, aunque sus ojos brillaban de diversión.
—Usted me dijo que no me avergonzara, mi Señor —respondí mirándolo a los ojos, mientras nuestros cuerpos se movían al ritmo de la música—. Y tampoco me gusta que me insulten.
Kaelen me apretó un poco más contra él, acercando su rostro al mío hasta que nuestras frentes casi se tocaban.
—Eres peligrosa, Elena Voss —murmuró—. Muy peligrosa... y creo que empiezo a gustarme esta nueva versión tuya.
Mi corazón dejó de bailar al ritmo de la música y empezó a latir descontrolado solo por estar tan cerca de él.