ella es bióloga marina volviendo a su pueblo costero para salvar el arrecife. el es el hijo del empresario que quiere construir el resort que lo destruiría. se odiaban en el colegio.diez años después la química no se fue
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el tercero en la marea
La camioneta negra no era de Ricardo.
Tenía placas federales y un hombre de traje gris apoyado en la puerta. Alto, moreno, con una cicatriz fina en la ceja izquierda.
Diego Morales.
Marina se quedó quieta detrás del cristal del laboratorio. Tenía 27 años sin verlo, pero su cuerpo recordó al instante la forma en que le latía el corazón cuando tenía 17 y él era el capitán del equipo de natación.
"Abre, Marina", dijo Mateo al teléfono, como si le hubiera leído la mente. "Es de la PROFEPA. Si no hablas con él, van a venir con orden de cateo".
Ella colgó sin responder.
Bajó las escaleras con las fotos originales en la mano, el corazón en la garganta. Diego la vio y sonrió. Esa sonrisa torcida que siempre había sido problema.
"Marina López", dijo, extendiéndole la mano. "Pareces bien. Más dura".
"No te doy la mano, Diego".
"Justo. Siempre fuiste directa". Encogió los hombros y guardó la mano. "Soy inspector federal. Vine por el caso de Punta Negra. Tu denuncia entró esta mañana. Muy rápido para ser anónima".
Marina apretó la carpeta contra su pecho.
"¿Qué quieres?"
"Hablar. Sin grabadoras". Miró hacia atrás, donde Mateo acababa de llegar en su camioneta, con la cara de quien acaba de enterarse de que la bomba que desactivó tenía un segundo temporizador. "Y sin él. Esto es entre tú y yo".
Mateo se detuvo a tres metros.
"Si le haces algo, Diego, te juro que los correos de tu hermano salen mañana en _El Universal_".
Diego levantó las manos en rendición.
"Tranquilo, Vargas. Ya no juego sucio. Me pagaron una vez por eso. Me costó caro". Miró a Marina. "¿Entramos? Tengo café. Y tengo una oferta".
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La oficina del laboratorio olía a cloro y a sal vieja.
Diego dejó la grabadora sobre la mesa, apagada.
"Oficialmente, vengo a incautar tu equipo y tus muestras. Extracción ilegal de material marino sin permiso vigente".
Marina se quedó helada.
"El permiso está vigente. Mateo lo renovó".
"El permiso tiene tu firma falsificada". Diego dejó una copia sobre la mesa. "Lo revisé hace una hora. Tu firma es la de hace diez años. No coincide con la de tu pasaporte".
Marina miró a Mateo. Él palideció.
"Yo... yo pensé que valía con que yo firmara como autoridad. Fue una estupidez".
"Fue un delito", corrigió Diego. "Uno que te puede costar la licencia. Y a ella, todo".
El silencio que siguió fue peor que un grito.
Marina se sentó despacio. Diez años peleando por no ser la chica que hacía trampa, y ahora esto.
"¿Qué quieres, Diego?"
"Quiero que me des las fotos originales". Se inclinó hacia adelante. "Y quiero que me dejes manejar esto. Yo detengo la obra. Yo hago que Ricardo Vargas firme un acuerdo de restauración. Y yo hago que no te quiten la licencia".
"¿A cambio de qué?" preguntó Mateo, con la voz baja y peligrosa.
"A cambio de que Marina trabaje conmigo en el proyecto de restauración nacional". Diego la miró. "Me mandaron desde Ciudad de México por ti, Marina. Te he seguido desde que publicaste el artículo de _Acropora_ en 2023. Necesito gente como tú. Y necesito sacarte de aquí antes de que Ricardo te haga algo".
Marina se rió sin humor.
"¿Sacar? ¿Así le llamas ahora a secuestrarme de mi pueblo?"
"No". Diego se puso serio. "Le llamo protegerte. Porque Ricardo no va a dejar esto así. Y porque yo sé lo que es tener a un Vargas como enemigo".
Mateo dio un paso adelante.
"¿Qué sabes tú?"
Diego lo miró con algo parecido a lástima.
"Sé que tu papá me pagó para que hundiera a Marina en la secundaria. Sé que tú aceptaste. Y sé que hace tres meses él me ofreció 200 mil pesos para que 'encontrara irregularidades' en el informe de ella".
Mateo se quedó sin color.
"Eso es mentira".
"Tengo el audio". Diego sacó el teléfono. "¿Quieres escucharlo?"
No hizo falta. La cara de Mateo lo dijo todo.
Marina sintió que el suelo se le abría otra vez. Primero el rumor. Ahora esto.
"¿Por qué me lo cuentas ahora?" le preguntó a Diego.
"Porque quiero que confíes en mí". Se inclinó más. "Y porque si te quedas aquí, te van a usar para destruirlo a él. Y te van a destruir a ti en el proceso".
Mateo se metió entre los dos.
"No vas a llevártela, Diego. No otra vez".
"¿Otra vez?" Diego sonrió de lado. "Así que sí te acuerdas. Pensé que lo habías borrado".
Marina se puso de pie.
"Basta. Los dos".
Tenía la cabeza a punto de estallar. Tenía pruebas, tenía un delito propio, tenía a su ex y a su casi-novia del pasado peleando por ella como si fuera un trofeo.
"Voy a entregarte las fotos, Diego", dijo. "Pero bajo una condición".
"Dime".
"El acuerdo de restauración lo firmo yo. Con mi nombre. Y Mateo está en la mesa". Miró a Mateo. "Si él se va, yo me voy. Y publico todo. Incluso lo del permiso falsificado".
Diego estudió su cara un segundo. Luego asintió.
"Trato. Pero te advierto: Ricardo no va a dejarlo pasar. Y cuando se ponga feo, no voy a poder protegerlos a los dos".
"Entonces mejor que aprenda a pelear", dijo Mateo, mirándola a ella.
Marina no respondió. No podía. Porque por primera vez en diez años, no sabía si quería pelear contra él o con él.
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Esa noche, a las 2 AM, recibió un mensaje.
Número desconocido: _"Sal de San Cristóbal. Ahora. Te están siguiendo."_
No era Diego. El número era de prepago.
Marina miró por la ventana. Abajo, una camioneta negra estaba estacionada frente a su casa. Con las luces apagadas.
Escribió rápido un mensaje a Mateo: _"No vengas solo."_
Él respondió en 30 segundos: _"Ya voy. Lleva el pasaporte. Si pasa algo, nos vamos juntos."_
Marina se quedó mirando el teléfono.
Juntos.
Diez años después, esa palabra todavía le hacía temblar las manos.