Hay deseos que se ignoran y otros… que te consumen.
Cedric Becker lo tiene todo bajo control: poder, respeto y un compromiso que sellará el futuro de su imperio. Cree en el amor… pero nunca lo ha vivido. Nunca lo ha necesitado… hasta ahora.
Hasta que ella vuelve.
Adara Lobo es peligro envuelto en piel suave. Es la fantasía que nunca debió permitirse, la mirada que lo desarma, el pecado que lo llama por su nombre sin tocarlo… y aun así lo quema.
Se desean en silencio.
Se provocan sin rozarse.
Se pierden… sin haberse tenido.
Porque hay miradas que desnudan más que cualquier caricia.
Y hay tentaciones que no se apagan con una sola vez.
Entre promesas ajenas, cuerpos que arden en secreto y decisiones que pueden destruirlo todo… lo suyo no es amor.
Es obsesión.
Es hambre.
Es un error que ninguno está dispuesto a dejar y cuando el deseo se convierte en adicción huir deja de ser una opción.
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Compromisos que atan.
Japón lo recibe con precisión, no con calidez ni con cercanía. Sino con esa elegancia contenida que roza lo intimidante. Desde el momento en que el avión privado de Cedric Becker toca tierra, todo está calculado: los tiempos, los movimientos, las miradas. Dos vehículos negros lo esperan en pista privada, escoltados por hombres que no necesitan hablar para imponer respeto. Cedric desciende con la serenidad de quien ha vivido toda su vida entre pactos peligrosos y decisiones sin retorno, ajusta el botón de su traje oscuro y avanza sin vacilar.
No es una visita cualquiera, es una declaración.
La residencia de los Takahashi se alza como una fortaleza moderna combinada con tradición ancestral. Madera, piedra, jardines perfectamente podados y una calma que engaña… porque bajo ese silencio habita poder.
El líder lo espera de pie.
—Becker-san —saluda con una leve inclinación.
—Takahashi-san —responde Cedric con la misma precisión.
No hay sonrisas amplias. Solo respeto y acuerdos implícitos.
El hijo mayor observa en silencio, mientras el abogado —el sobrino— toma nota mental de cada gesto. Todo en esa familia es estrategia.
Todo… menos ella.
Akane Takahashi entra sin hacer ruido y aun así, lo cambia todo.
Cedric la observa con detenimiento, sin disimulo. Es hermosa, sí. Pero no de una forma provocativa, sino delicada. Elegante. Su presencia no invade… se impone con sutileza. Cabello oscuro perfectamente recogido, piel de porcelana, y una mirada que, aunque serena, guarda algo más profundo. Algo que él reconoce.
—Becker-san —inclina la cabeza.
—Akane-san.
Sus miradas se sostienen apenas un segundo más de lo necesario.
No hay chispa, pero tampoco rechazo. Eso, en su mundo, ya es suficiente.
Antes de la ceremonia, los dejan solos en un despacho amplio, de líneas minimalistas y una vista impecable a los jardines. La puerta se cierra con suavidad y el silencio pesa.
Akane es la primera en hablar.
—Supongo que es correcto que hablemos antes de formalizar algo que afectará nuestras vidas.
Cedric asiente lentamente.
—Estoy de acuerdo.
Ella se mueve con gracia, sirviendo té con manos firmes. No tiembla. No duda.
—Quiero ser directa —dice, entregándole la taza—. Este matrimonio no es por amor.
Cedric sostiene su mirada.
—Lo sé y tampoco lo esperaba.
Akane se permite una leve curva en los labios.
—Bien. Eso facilita las cosas.
Da un pequeño sorbo antes de continuar.
—Acepto este compromiso porque es mi deber. Porque honra a mi familia… y porque fortalece nuestra posición —hace una pausa breve —No necesito amor, Becker-san.
Cedric deja la taza sobre la mesa con calma.
—Nunca me he enamorado. Siempre he sido un alma libre.
La confesión cae sin peso… pero con verdad.
Akane lo estudia.
—Entonces estamos en igualdad de condiciones.
Él asiente.
—No puedo prometerte sentimientos que no tengo —añade—. Pero sí puedo prometer respeto. Lealtad. Y que haré lo necesario para que este matrimonio funcione.
Ella lo observa en silencio unos segundos más.
—Eso es suficiente —luego agrega, con firmeza—: Mientras no haya deshonra… podemos convivir en paz.
Cedric entiende perfectamente lo que eso significa.
Fidelidad pública.
Respeto absoluto.
Ningún escándalo.
—Lo mismo espero de ti —responde.
Akane inclina la cabeza.
—Lo tendrás porque de lo contrario mi padre me cortaría la cabeza.
No hay más que decir, no hay romance y mucho menos hay ilusión. Solo un acuerdo sólido… entre dos personas que entienden perfectamente el mundo en el que viven.
Esa misma noche, la ceremonia se lleva a cabo con una elegancia impecable. Luces tenues, detalles tradicionales, invitados selectos y miradas que analizan cada movimiento. Cedric viste de negro absoluto; Akane, en un conjunto que resalta su belleza sin necesidad de exagerar.
Se ven bien juntos.
El líder Takahashi alza su voz con autoridad.
—Este compromiso une no solo a dos personas… sino a dos imperios —las miradas se centran en ellos —En un mes, al firmar el acta matrimonial, este acuerdo será definitivo.
Cedric no aparta la vista, no hay duda en su postura ni tampoco hay vacilación porque esto ya está decidido.
Tres días después, Alemania vuelve a recibirlo.
La mansión Becker no ha cambiado, pero él sí trae consigo el peso de una decisión que no tiene marcha atrás. En el despacho principal, Bastian lo espera junto a Aurora.
—¿Entonces? —pregunta su hermano, directo.
Cedric se sirve una copa antes de responder.
—Todo está acordado.
Aurora cruza los brazos.
—Esto me sigue sin gustar.
—No tiene que gustarte —responde él con calma—. Tiene que funcionar.
Bastian lo observa con atención.
—¿La conociste?
—Sí.
—¿Y?
Cedric toma un sorbo antes de responder.
—Es adecuada.
Aurora arquea una ceja.
—Qué romántico.
—No estamos escribiendo un cuento de hadas —replica Cedric—. Es un trato.
Aurora se acerca un poco más.
—Los tratos también se rompen.
—Este no.
Bastian interviene antes de que ella continúe.
—¿Estás seguro?
Cedric lo mira directamente.
—Sí.
El silencio se instala un segundo y con eso, el tema queda cerrado o al menos… eso creen.
Esa misma noche, durante la cena, el ambiente es más ligero. Sabine sonríe con esa felicidad que aún no la abandona. Ava conversa con Massimo, y los niños llenan el espacio con su energía.
Hasta que ocurre.
—¡Tío Cedric! —dice Giulia emocionada—. ¿Sabes quién viene en unos días?
Cedric corta un trozo de carne sin levantar la vista.
—¿Quién?
—¡La tía Adara! —añade Helmut.
El cuchillo se detiene por una fracción de segundo, Pero es tiempo suficiente para que Cedric trague mal.
La carne se le queda atascada y tose con fuerza.
—Cedric —dice Sabine, dándole palmadas en la espalda—. Despacio.
Aurora baja la mirada, ocultando una sonrisa maliciosa.
—¿Te emocionaste? —murmura con falsa inocencia.
Cedric toma agua, carraspea… y recupera la compostura.
—No sabía que venía.
—Claro que viene —responde Giada—. Siempre viene para las celebraciones.
Aurora levanta la vista hacia él esta vez no disimula.
—Va a ser… interesante.
Cedric no responde, pero su mente ya no está en la mesa, ni en Japón, ni en su compromiso. Está en unos ojos negros, en una mirada que nunca olvidó. En una tentación que está por regresar y por primera vez desde que aceptó ese matrimonio algo dentro de él duda.
Akane Takahashi.