En un mundo de poder y violencia, Luca vive sin sentir… hasta que Elena irrumpe en su vida. Entre traiciones y enemigos, el amor se vuelve su mayor debilidad… y su única salvación.
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capitulo 4
🖤 Bajo la Piel del Hielo (Versión Oscura)
Capítulo 4 — Antes de que te mate
Elena no sabía cuánto tiempo llevaba limpiando.
Las manos le ardían.
La espalda le dolía.
Y el estómago… vacío.
Pero no se detuvo.
No porque quisiera.
Porque entendía algo muy claro:
Ahí no ganaba el más fuerte.
Ganaba el que resistía más.
—Más rápido —ordenó la mujer otra vez.
Elena no respondió.
Solo siguió.
El trapo sucio, el piso igual o peor.
—Te hacés la dura, pero todos terminan igual —murmuró un hombre desde atrás.
Elena levantó apenas la mirada.
—¿Todos?
El hombre sonrió.
Una sonrisa desagradable.
—Sí.
Se acercó.
Demasiado.
—Gritando… rogando… suplicando.
Se inclinó hacia ella.
—Y vos no vas a ser diferente.
Elena sostuvo su mirada.
—Entonces vas a decepcionarte.
El hombre rió.
—No.
Su tono cambió.
Más frío.
—Vos vas a sufrir.
Silencio.
—Mucho.
Elena no respondió.
—Antes de que el jefe decida matarte… —continuó—
—se va a asegurar de que entiendas lo que es perder todo.
Elena apretó el trapo.
—¿Y vos? —preguntó— ¿Disfrutás repetir lo que dice?
Eso le borró la sonrisa.
—Cuidado con lo que decís.
—¿Por qué? ¿También necesitás sentirte importante?
El hombre dio un paso más.
Pero otra voz lo detuvo.
—Basta.
Silencio inmediato.
Todos se giraron.
Un hombre acababa de entrar.
Alto. Traje oscuro. Mirada firme.
Distinto a los demás.
Más peligroso.
—Dejala —ordenó.
—Pero Dante—
—Dije que la dejen.
Dante Rivas.
La mano derecha de Luca.
El único en la mansión que no necesitaba levantar la voz para que lo escuchen.
El hombre retrocedió.
Molesto.
Elena lo observó.
Dante también la miró.
La evaluó.
—Así que vos sos el problema —dijo.
Elena se limpió las manos lentamente.
—Depende para quién.
Dante no sonrió.
Pero tampoco se molestó.
—Te conviene bajar la cabeza.
—No.
Silencio.
—No sabés con quién estás tratando —continuó él.
Elena lo sostuvo.
—Y vos no sabés con quién estás hablando.
Eso llamó su atención.
Apenas.
—Interesante —murmuró.
Miró a los demás.
—Sigan trabajando.
Luego volvió a Elena.
—Te voy a dar un consejo.
Elena no respondió.
—No lo desafíes más de lo necesario.
—¿Por qué? —preguntó finalmente.
Dante la observó fijo.
—Porque Luca no perdona.
Silencio.
—Ni olvida.
Elena inclinó apenas la cabeza.
—Entonces debe vivir bastante mal.
Dante la miró unos segundos más.
Y se fue.
Esa misma noche…
El ambiente en la mansión era distinto.
Más silencioso.
Más privado.
En otra parte de la casa…
Muy lejos de la suciedad y el ruido…
Luca no estaba solo.
Una mujer reía suavemente.
Vestida elegante. Sentada cerca de él.
—Estás distante hoy —dijo ella, apoyando una mano en su hombro.
Luca no la miró.
—No.
—Sí —insistió—. No estás prestando atención.
Se acercó más.
—Eso no te pasa nunca.
Luca giró la cabeza apenas.
La miró.
Pero no con interés.
—Entonces andate.
La mujer se tensó.
—Siempre sos así.
—Sí.
—¿Y por qué me llamaste?
Silencio.
Luca tomó un vaso.
Bebió.
—Porque puedo.
La mujer soltó una risa breve.
Pero no era feliz.
—Sos imposible.
—Y vos reemplazable.
Silencio.
La mujer bajó la mirada.
—No cambiás nunca.
Luca se levantó.
—No tengo por qué.
Se acercó a la ventana.
Miró hacia afuera.
Oscuridad.
Pero su mente…
No estaba ahí.
—Podés irte —dijo sin mirarla.
La mujer dudó.
Pero se fue.
Sin decir más.
Minutos después…
Dante entró.
—La chica.
Luca no se giró.
—¿Qué pasa?
—No se quiebra.
Silencio.
—Todavía.
Dante lo miró.
—Es distinta.
Luca soltó una risa baja.
—No.
Se giró lentamente.
—Todas son iguales.
—Esta no.
Silencio.
Luca lo observó.
—Entonces rompela más.
Dante no respondió.
—Quiero verla caer —continuó Luca—. No escuchar que resiste.
—Va a tardar.
Luca dio un paso.
—Entonces hacela sufrir más.
Silencio.
—Pero sin matarla.
Dante asintió.
—Entendido.
Antes de irse, dijo:
—Los chicos ya están hablando.
—¿Qué dicen?
Dante lo miró.
—Que no va a durar.
Luca sonrió.
Oscuro.
—Nadie dura.
Mientras tanto…
Elena estaba otra vez en el cuarto.
Peor que antes.
Más cansada.
Más débil.
Pero despierta.
Pensando.
Porque ahora sabía algo importante:
Esto no era solo odio.
Era personal.
Muy personal.
—¿Qué hiciste…? —susurró.
No sabía a quién.
A él.
A su pasado.
O a sí misma.
Pero una cosa era segura:
No iba a rendirse.
Aunque todos esperaran que lo hiciera.