"Para mi familia, mi peso era el tamaño de mi vergüenza. Para mi esposo, yo solo era un contrato que cumplir."
Elena siempre fue "la gorda" de la familia, el blanco de las burlas de su madre y la sombra de su perfecta hermana. Cuando las deudas de su padre alcanzan el límite, deciden venderla a un hombre que todos rumorean es un viejo decrépito y cruel.
Pero el destino tiene otros planes. El hombre que la espera en el altar no es un anciano, sino Thiago, un CEO tan frío como apuesto que solo se casó para heredar una fortuna. Entre el desprecio de su nueva familia y el desamor de un esposo que ama a otra, Elena llegará a su límite. Es hora de dejar de ser "la gordita buena" y demostrarles que, cuando el corazón se congela, la venganza es el mejor postre.
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 3
El trayecto hacia la mansión fue un silencio sepulcral. Yaneth miraba por la ventana, viendo cómo las luces de la ciudad se convertían en jardines perfectamente podados. A su lado, Thiago no había soltado su teléfono ni una sola vez. Sus dedos volaban sobre la pantalla, cerrando negocios que valían más que la vida de toda la familia de ella.
Cuando el auto se detuvo frente a una estructura de cristal y piedra blanca, Yaneth sintió que el aire le faltaba. Era una fortaleza de lujo.
—Bájate —dijo Thiago, con voz neutra—. Mis padres están esperando. Trata de sonreír, a mi madre le encantan las bodas, aunque esta sea un trámite.
Al abrirse las puertas dobles de la mansión, el contraste con su propia casa fue ensordecedor. No hubo gritos, ni miradas de asco. Una mujer elegante, de unos cincuenta años, corrió hacia ella con los brazos abiertos.
—¡Yaneth, querida! ¡Finalmente en casa! —exclamó Beatriz, la madre de Thiago, envolviéndola en un abrazo que olía a gardenias—. Estás preciosa. No hagas caso a la cara de amargado de mi hijo, es un adicto al trabajo.
—Bienvenida a la familia, hija —dijo un hombre robusto y de mirada amable que Yaneth reconoció de inmediato: era el "socio" con el que su padre decía que se casaría—. Soy Roberto. Siento que mi hijo haya tenido que heredar mi parte del trato, pero créeme, estarás mejor con él que con un viejo como yo.
—¡Papá, no la asustes! —intervino un joven rubio, acercándose con una sonrisa traviesa. Era Bruno, el hermano menor—. Hola, soy Bruno, el hermano guapo. Y ella es nuestra hermana, Sofía.
Sofía, una chica de mirada dulce, se acercó y le tomó la mano a Yaneth.
—Qué bueno que estás aquí. Thiago necesitaba a alguien que le bajara los humos. Vamos, cenemos algo, debes estar agotada.
Yaneth estaba en shock. Por primera vez en su vida, nadie comentaba sobre su peso, nadie miraba cuánto espacio ocupaba su cuerpo en el salón. Se sentía... vista, pero no juzgada. Thiago, sin embargo, se mantenía a un metro de distancia, observando la escena como quien mira un documental.
—Suficiente por hoy, mamá —interrumpió Thiago, cortando las risas—. Yaneth necesita descansar. Ha sido un día largo para ambos.
Thiago le hizo una seña y ella lo siguió por las escaleras monumentales. El eco de sus pasos era lo único que se escuchaba. Al llegar a un pasillo privado, él abrió una puerta doble. Era una habitación que parecía sacada de una revista: techos altos, una cama inmensa y un balcón con vista a la ciudad.
—Este es tu cuarto —dijo él, entrando solo un paso—. El mío está al final del pasillo, a la derecha.
Yaneth se quedó junto a la puerta, con las manos entrelazadas sobre su vestido.
—¿No vamos a... dormir juntos? —preguntó, con la voz apenas en un susurro.
Thiago se dio la vuelta. No había odio en sus ojos, pero sí una fatiga emocional muy vieja.
—No lo tomes a mal, Yaneth. Pero ya compartí cama con una mujer antes y... me fue mal. Muy mal. Prefiero mi espacio y asumo que tú agradecerás el tuyo.
Él caminó hacia el ventanal, dándole la espalda.
—Escúchame bien. De mí no esperes amor. No soy ese tipo de hombre y este matrimonio es, ante todo, un acuerdo. Pero no soy un monstruo. Tendrás riendas libres para hacer lo que quieras. Si quieres remodelar la casa, hazlo. Si quieres comprar ropa, tienes tarjetas a tu nombre. Mientras no dejes mal el apellido de mi familia, no me meteré en tu vida.
Yaneth asintió lentamente, sintiendo una mezcla de alivio y una punzada de soledad.
—Estoy acostumbrada a eso —respondió ella, tratando de que su voz no temblara—. A no molestar, a no ser una carga. No te preocupes, no seré un problema para ti.
Thiago se giró, sorprendido por la respuesta tan directa. La observó por un segundo más de lo habitual, notando por primera vez la tristeza digna en sus ojos.
—Como quieras —dijo él, suavizando un poco el tono—. Si quieres salir, avísale a seguridad, te asignarán un guardia. Si algún día te aburres y quieres trabajar, avísame. Siendo mi esposa serás bien atendida en la empresa, puedo ponerte en el departamento que prefieras. No quiero que te sientas una prisionera.
—Gracias, Thiago.
Él se detuvo en el umbral de la puerta antes de salir.
—Buenas noches, Yaneth. Hay comida en la nevera de la pequeña cocina de este piso si tienes hambre. No dejes que las palabras de tu madre te sigan persiguiendo aquí. En esta casa, nadie te va a prohibir cenar.
La puerta se cerró suavemente. Yaneth se dejó caer en la cama de seda, sintiendo el peso del vestido de novia. Estaba en una mansión, rodeada de gente que parecía quererla, y casada con un hombre que le ofrecía libertad en lugar de afecto.
Sacó su teléfono y vio un mensaje de Fabián: ¿Sigues viva, nena? ¿El viejo usa dentadura o todavía tiene dientes para morderte? Cuéntamelo todo.
Yaneth sonrió con tristeza y empezó a escribir: "No es un viejo, Fabián. Es un iceberg. Pero al menos, aquí tengo mi propia habitación".
Mientras se quitaba las joyas, Yaneth se miró al espejo. La "gordita" que todos humillaban ahora tenía el apellido más poderoso de la ciudad. Thiago le había dado libertad, y ella pensaba usarla. No para ser amada, sino para prepararse. Porque algún día tendría que volver a ver a sus padres y a Rebeca, y para entonces, ya no sería la chica que bajaba la mirada.