Francisco Valois, un magnate que perdió la vista y su imperio tras un atentado, acepta un matrimonio de conveniencia con Andrea, quien promete ser sus ojos y devolverle el poder. Mientras Francisco la desprecia creyéndola una oportunista, Andrea oculta una verdad devastadora: padece una enfermedad terminal y ha planeado su muerte para donarle sus córneas y asegurar el futuro del hombre que ama en secreto.
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capitulo 10
La noche había descendido sobre la mansión no como un velo, sino como una mortaja de terciopelo. El aire estaba cargado, denso por la electricidad de una tormenta que se negaba a estallar, suspendida sobre el valle como una promesa de purificación o de ruina. En el interior, las paredes de mármol parecían sudar la misma angustia que Francisco llevaba clavada en el pecho desde que descubrió la verdad sobre los bloqueadores beta de Andrea.
—Necesito aire —había dicho ella, con una voz que era apenas un hilo de seda rozando el silencio de la biblioteca.
Francisco no protestó. Simplemente extendió su mano, y esta vez no fue ella quien lo guio a él. Sus dedos se entrelazaron con una naturalidad dolorosa, y caminaron juntos hacia el jardín de invierno, ese espacio donde el cristal separaba la civilización del caos de la naturaleza.
Al cruzar el umbral hacia el exterior, la primera gota de lluvia golpeó el suelo de piedra con el sonido de un cristal rompiéndose. Luego vino otra, y otra, hasta que el rumor del agua sobre las hojas de los magnolios creó una sinfonía que aisló al mundo exterior.
Francisco se detuvo bajo la pérgola, pero Andrea dio unos pasos más, dejando que la lluvia fina la empapara. Él podía oír el siseo del agua sobre su ropa, el aroma a tierra mojada mezclándose con la fragancia de ella, y ese matiz metálico, casi eléctrico, que siempre precedía a las grandes tormentas.
—Estás mojándote —dijo él, aunque su voz no contenía reproche, solo una ternura que le resultaba extraña en su propia garganta.
—Siento que el fuego se apaga así, Francisco —respondió ella. Se giró hacia él. A través de su visión nublada, Francisco no veía rasgos, pero veía una silueta de luz blanca, un aura que vibraba contra la oscuridad del jardín—. El calor en mi pecho... la lluvia es lo único que lo calma.
Ver sin ojos
Francisco caminó hacia ella, ignorando el bastón que había dejado olvidado en el estudio. Sus pies conocían el camino, pero era su instinto el que lo empujaba. Se detuvo a centímetros de ella. La lluvia empezaba a arreciar, empapando su camisa, pero no le importaba.
—¿Sabes? —comenzó él, buscando con sus dedos la mano de ella en la penumbra—. Pasé treinta años creyendo que la vista era mi mayor activo. Creía que conocer el color de los ojos de un enemigo o la curva de una cifra en un balance me daba el control.
Hizo una pausa, deslizando su mano por el antebrazo de Andrea hasta llegar a su hombro. Sus dedos temblaban, no de frío, sino de una intensidad que lo desbordaba.
—Pero ahora... ahora te veo mejor de lo que jamás vi a nadie. Te veo en la forma en que tu voz cambia cuando intentas ser fuerte. Te veo en el ritmo de tus pasos, que siempre buscan protegerme antes que a ti misma. Te veo en este silencio que compartimos. Andrea, eres la primera persona a la que miro de verdad, y ha tenido que ser en la oscuridad total.
Andrea soltó un suspiro entrecortado. El contacto físico era como un cable de alta tensión conectando dos mundos en ruinas.
—No digas eso —susurró ella—. Soy solo una sombra de lo que solía ser.
—No —replicó él con ferocidad, acortando la distancia hasta que sus frentes se tocaron—. Eres la luz que me enseñó que mi jaula no tenía barrotes, sino miedo. Eres mi socia, mi GPS... y mucho más de lo que me atrevo a nombrar.
Francisco movió sus manos con una delicadeza reverencial. Enmarcó el rostro de Andrea entre sus palmas. Sus pulgares acariciaron sus pómulos, sintiendo la humedad de la lluvia y el calor febril que emanaba de su piel. Ella se inclinó hacia su toque, cerrando los ojos, entregándose a esa ceguera compartida que, por un momento, se sentía como la libertad más absoluta.
El mundo alrededor desapareció. Solo existía el sonido de la lluvia golpeando las hojas y el latido —ese latido errático y valiente— que Francisco sentía palpitar contra sus propios dedos en la base del cuello de ella.
—Tengo miedo, Francisco —confesó ella, y su voz se quebró—. Tengo miedo de que, cuando la luz regrese para ti, yo ya no sea más que un recuerdo borroso.
—Entonces no dejaré que la luz regrese si eso significa perderte —sentenció él.
Francisco se inclinó. Sus labios buscaron los de ella con una urgencia contenida, un hambre que había estado creciendo en los pasillos de esa mansión de mármol. Sus respiraciones se mezclaron, calientes contra el frío de la lluvia. Estaban a un milímetro del beso que sellaría su pacto contra el destino.
Pero el beso nunca llegó.
El colapso del tiempo
En el momento justo en que sus labios iban a rozarse, Andrea sintió que el suelo se convertía en agua. El latigazo en su pecho, ese que llevaba días acechando, se transformó en un vacío absoluto. Su corazón, cansado de luchar contra una arritmia que ya no respetaba la química de los medicamentos, decidió tomarse un descanso mortal.
Sus manos, que segundos antes se aferraban a los brazos de Francisco, perdieron toda su fuerza.
—¿Andrea? —murmuró Francisco, sintiendo cómo ella se desplomaba contra su pecho.
Al principio, creyó que era una entrega, un desmayo de pasión. Pero el peso era muerto. La inercia la arrastró hacia abajo y Francisco, reaccionando con los reflejos de un hombre que se niega a dejar caer su único tesoro, se lanzó al suelo con ella. Sus rodillas golpearon la piedra del jardín, pero no sintió dolor.
—¡Andrea! ¡No! ¡Mírame! —gritó, su voz desgarrando la cortina de la lluvia.
La sostuvo en sus brazos, acunando su cabeza contra su hombro. Sus dedos buscaron frenéticamente el pulso en su cuello. No encontró nada. Por un segundo eterno, el mundo de Francisco se volvió más negro que la ceguera. Fue un vacío sideral, un silencio donde no existía el eco, ni el aroma, ni el tacto.
—¡No me hagas esto! ¡No ahora! —suplicó, pegando su rostro al de ella—. ¡Andrea, respira! ¡Te lo ordeno!
Francisco empezó a gritar pidiendo ayuda, su voz retumbando en los muros de la mansión. Marcos y el personal de servicio corrieron hacia el jardín, pero Francisco no soltaba a Andrea. La apretaba contra su pecho, empapado, temblando violentamente. Sus dedos, que antes la habían "dibujado" con deseo, ahora trataban de insuflarle vida mediante la pura voluntad.
Sintió, finalmente, un leve espasmo bajo su palma. Un latido. Débil. Lejano como el trueno en el horizonte, pero estaba allí.
—Está viva... está viva —sollozó él, y las lágrimas que no había derramado ni el día de su accidente se mezclaron con el agua de la tormenta que finalmente estallaba sobre ellos.
Marcos llegó a su lado, intentando apartarlo para cargarla.
—Señor, déjeme llevarla. El médico está en camino.
—¡No! —rugió Francisco, apartando las manos de su asistente.
Con una fuerza que nació del puro terror a la pérdida, Francisco se puso en pie con Andrea en brazos. Se movió con una seguridad sobrenatural, como si el dolor y la necesidad hubieran restaurado sus ojos. Cruzó el jardín, entró en la casa y no se detuvo hasta llegar al gran salón, donde la depositó suavemente en el sofá, justo en el mismo lugar donde ella se había arrodillado una vez para recoger sus cristales.
Francisco se quedó de rodillas a su lado, sosteniendo su mano fría, apretándola contra sus labios. El personal corría de un lado a otro, llamando a ambulancias, preparando desfibriladores, pero para él, el tiempo se había congelado en ese instante de vulnerabilidad extrema.
Se dio cuenta, con una claridad aterradora, de que la mansión de mármol ya no era su refugio, sino una tumba si ella no estaba en ella. La "jaula" no era su ceguera; la jaula era el miedo a amar a alguien que tenía los días contados.
—No te vayas —susurró al oído de la mujer inconsciente, mientras las luces de la ambulancia empezaban a teñir de azul y rojo las paredes del salón—. No te vayas ahora que por fin puedo verte.
Andrea seguía pálida, con la respiración superficial, pero su mano se cerró débilmente sobre un dedo de Francisco. Un gesto casi imperceptible, un ancla en medio de la tempestad.
Francisco Valdivia, el hombre de piedra, el león herido, se hundió en el silencio de la espera. Sabía que la guerra contra los Valois había sido un juego de niños. La verdadera batalla, la que decidiría si su vida volvería a tener luz o se sumergiría en la oscuridad definitiva, acababa de comenzar en el pulso errático de la mujer que, en menos de un mes, le había devuelto el alma solo para amenazar con llevársela consigo al abismo.
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