En la ciudad prohibida, las reglas no solo están escritas en piedra, sino también en el corazón de un hombre que juró nunca amar.
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Capítulo 03: Entre Líneas
El ático de Li Wei estaba sumido en un silencio tenso mientras él examinaba el nuevo plano modular de Mei Ling. El sol de la mañana entraba de lleno, iluminando las partículas de polvo que danzaban entre los dos. Li Wei no decía nada. Sus ojos escaneaban las columnas, los cálculos de carga y la nueva distribución de los apartamentos de lujo. Mei Ling lo observaba, notando por primera vez las pequeñas arrugas de cansancio en las comisuras de sus ojos y la forma en que su mandíbula se tensaba cuando encontraba algo que le sorprendía.
—Este módulo de soporte... —dijo Li Wei finalmente, señalando una sección del plano—. Es una técnica de encaje de madera tradicional, pero aplicada al acero y al carbono. ¿Cómo piensa asegurar la flexibilidad sísmica con una estructura tan rígida?
—No es rígida —respondió Mei Ling, acercándose para señalar los puntos de unión—. El diseño permite que la estructura respire. Se mueve con el viento, como los juncos en el Palacio de Verano. He integrado amortiguadores de masa viscosa dentro de las formas ornamentales. La belleza *es* la función, señor Li.
Li Wei levantó la vista. Estaban tan cerca que Mei Ling podía ver el reflejo de los rascacielos en sus pupilas. La arrogancia seguía allí, pero había sido reemplazada por un respeto involuntario.
—Sigue siendo un riesgo —dijo él—. El costo de fabricación de estos módulos es un 20% superior al estándar de la industria.
—Pero el valor de reventa de la propiedad aumentará un 40% debido a la exclusividad estética y la eficiencia energética —rebatió ella—. Los compradores de alto nivel en Beijing están cansados de lo estándar. Quieren identidad. Usted vende estatus, yo le estoy dando una leyenda.
Li Wei soltó una risa seca, un sonido extraño que no llegaba a ser alegre pero que rompió el hielo de la habitación.
—Tiene una lengua muy afilada, señorita Mei. Es peligroso tener tanta confianza en una ciudad que devora a los soñadores para desayunar.
—He sobrevivido a la facultad de arquitectura y a un mercado dominado por hombres como usted. No me asusta Beijing —respondió ella, sosteniéndole la mirada.
Él dio un paso hacia ella, acortando el espacio personal. Mei Ling sintió el impulso de retroceder, pero se obligó a quedarse firme. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Li Wei, un contraste desconcertante con su reputación gélida.
—Hombres como yo... —repitió él en voz baja—. ¿Y cómo cree que soy yo, Mei Ling? ¿Un hombre que solo ve números? ¿Una máquina de hacer dinero sin alma?
—Sus acciones lo dicen todo —dijo ella, aunque su voz sonó menos firme de lo que pretendía—. Usted ha demolido barrios históricos para construir centros comerciales que parecen aeropuertos. Ha borrado el pasado para construir un futuro de plástico.
—He construido infraestructuras que dan trabajo a miles de personas —replicó él, y por primera vez, hubo una chispa de emoción real en su voz, una sombra de resentimiento—. El pasado es una carga pesada cuando tienes que alimentar a una nación de mil cuatrocientos millones. La nostalgia no construye hospitales.
—Pero la identidad es lo que hace que valga la pena vivir en esa nación —dijo ella suavemente—. No tiene que ser una elección entre progreso y alma. Podemos tener ambos.
Li Wei guardó silencio durante un largo momento. Se giró hacia la ventana, observando la marea de coches que ya llenaba las avenidas de Beijing. El poder que ostentaba parecía una jaula dorada en ese momento.
—Mi padre siempre decía que el liderazgo es la capacidad de ignorar el ruido del corazón para escuchar la música de la lógica —dijo él, casi para sí mismo—. Durante quince años, he seguido esa regla. Y ahora llega usted, con sus planos inspirados en fénix y sus ojos llenos de juicio, a decirme que mis reglas están equivocadas.
—No todas sus reglas están equivocadas, señor Li —dijo Mei Ling, dando un paso hacia su espalda—. Su lógica es impecable. Sus matemáticas son perfectas. Pero un edificio no es solo una suma de materiales. Es un espacio donde la gente ama, llora y sueña. Si ignora eso, no está construyendo arquitectura, está construyendo almacenes de personas.
Li Wei se giró bruscamente. La intensidad en su rostro era abrumadora. Por un momento, Mei Ling pensó que él iba a gritar, que la iba a echar de su ático por su insolencia. Pero en lugar de eso, él extendió la mano y tomó un lápiz de grafito de su escritorio.
—Venga aquí —ordenó él.
Mei Ling se acercó a la mesa de dibujo. Li Wei comenzó a trazar líneas sobre el plano de ella. No eran líneas agresivas, sino sugerencias de flujo, ajustes en la base que reforzaban la estructura que ella había creado.
—Si movemos el atrio central tres metros hacia el norte, podemos crear un túnel de viento natural que reduzca la necesidad de refrigeración artificial —dijo él, su mente procesando datos a una velocidad increíble—. Y si usamos cristal fotovoltaico en las "plumas" del fénix, el edificio será autosuficiente.
Mei Ling observó cómo él trabajaba. Sus movimientos eran elegantes, precisos. Se dio cuenta de que él no solo entendía el negocio, sino que también entendía el espacio. Había un arquitecto frustrado bajo la capa del CEO despiadado.
—Usted... usted es bueno en esto —admitió ella, asombrada.
Li Wei se detuvo y la miró de reojo, con una media sonrisa que transformó su rostro por completo. Fue una visión fugaz, pero Mei Ling sintió que algo se agitaba en lo más profundo de su ser.
—No le diga a nadie que sé dibujar, señorita Mei. Arruinaría mi reputación de hombre sin imaginación.
Pasaron las siguientes dos horas trabajando juntos. La hostilidad inicial se transformó en una colaboración eléctrica. Sus manos se cruzaban sobre el papel, sus hombros se rozaban mientras discutían sobre materiales y perspectivas. Mei Ling descubrió que Li Wei tenía una mente brillante que desafiaba la suya de maneras que nadie había logrado antes. Él la obligaba a ser más rigurosa, ella lo obligaba a ser más creativo.
—Está bien —dijo Li Wei finalmente, dejando el lápiz—. Esto... esto tiene potencial. Mucho potencial.
Mei Ling sintió una oleada de euforia.
—¿Entonces el proyecto está aprobado?
—Aprobado para la siguiente fase —corrigió él, retomando su máscara profesional—. Pero quiero que trabajemos en esto juntos. No quiero que su "idealismo" se descontrole. Vendrá aquí todas las mañanas a las siete. Trabajaremos en el diseño final antes de que mi jornada corporativa comience.
—¿Trabajar con usted? ¿Aquí? —Mei Ling procesó la idea. Significaba pasar horas a solas con el hombre más poderoso de Beijing, un hombre que la atraía y la repelía en igual medida.
—Es mi condición, señorita Mei. O aceptamos este nuevo diseño colaborativo, o volvemos a su "Ala del Fénix" original y yo la rechazo de nuevo —dijo él, con un brillo desafiante en los ojos—. ¿Qué elige?
Mei Ling miró el plano, el fruto de su genio y la lógica de él fusionados en algo superior. Miró a Li Wei, que esperaba su respuesta con una calma tensa.
—Elijo el futuro, señor Li —respondió ella—. Estaré aquí mañana a las siete.
Li Wei asintió, una satisfacción fría bailando en sus rasgos.
—Entonces tenemos un trato. Puede irse, Mei Ling. Tengo una ciudad que dirigir.
Mei Ling recogió sus cosas y caminó hacia el ascensor. Mientras las puertas se cerraban, vio a Li Wei parado frente al cristal, mirando hacia abajo, hacia la Ciudad Prohibida. Sabía que las reglas habían cambiado. Ya no era solo una cuestión de negocios o de arquitectura. Entre las líneas de sus planos, algo nuevo y peligroso había comenzado a dibujarse, y ninguno de los dos estaba preparado para las consecuencias.